El cronopio del jazz

‘Escribo, luego improviso’ fue la premisa que acompañó al argentino en algunos de sus textos. ‘El perseguidor’, publicado en 1959, y ‘Rayuela’, con más de medio siglo de lectura, muestran la influencia del género musical en la propuesta literaria de este reconocido autor.

/ EFE

Los primeros beneficiados con la decisión de Julio Cortázar de optar por la literatura y no por la música fueron sus vecinos. La razón no puede ser diferente al derecho al silencio, ese cómplice que por simple lógica está más relacionado con la capacidad de vestir con letras, palabras y sentidos una página en blanco que con la actividad de conquistar oídos al vaivén del viento. Al comienzo, sus ejercicios armónicos y escalas en la trompeta, instrumento por excelencia del autor, fueron complejos para él y para su vecindario, pero por fortuna, con el paso de los meses la situación cambió para bien. El momento de aprendizaje dio su giro hacia la ausencia de ruido y todo se debió a los compromisos del argentino que lo obligaban a viajar desde Francia hasta Nicaragua y de ahí a México, por lo que pasaba más tiempo en el avión que en su vivienda en París.

A pesar de su amor sincero por la trompeta, el primer idilio musical de Julio Cortázar fue el piano. Comenzó a desplazar sus dedos sobre las negras y las blancas a los ocho años. Su contacto con el monstruo percutivo, que tiene un lugar privilegiado dentro del sonido occidental, fue obligado, pero tan pronto tuvo voluntad para hacerlo, eliminó el trato con las teclas y jamás volvió a desplazar esa etapa de acceso a la caja mágica. De lo que no pudo separarse jamás fue de las obras de compositores como Johann Sebastian Bach (1685-1750) y Frédéric Chopin (1810-1849), ambos presentados por una tía, la directa responsable de alimentar su vocación como melómano. Siempre dijo el escritor que pocos recuerdos tenía en su cabeza que no estuvieran relacionados con el arte sonoro, primero motivados por los grandes autores clásicos y después acompasados con el ritmo del jazz.

Antes de arribar a la década del 20, época en la que la radio empezaba a imponer sus derroteros en Argentina, la programación estaba distribuida de forma inequitativa con varias horas destinadas a la música clásica, una porción pequeña para el tango y las sobras para el denominado sonido popular. Dentro de este colectivo, Cortázar escuchó, antes de llegar a la adolescencia, un foxtrot y algo se le movió por dentro. Ese fue el paso inicial para descubrir al pianista, compositor y cantante estadounidense Jelly Roll Morton, cuyo verdadero nombre era Ferdinand Joseph LaMenthe. De ahí saltó a dos de los exponentes más importantes del jazz. Louis Armstrong lo cautivó gracias a su versatilidad al proporcionar la comunión entre la trompeta y la voz, mientras que Duke Ellington le enseñó el camino hacia la eficiencia y la constancia, dada su producción múltiple.

“El jazz es maravilloso, pero la música clásica es como la gran literatura y mi amor por el jazz es algo que corre paralelo a mi amor por la música clásica... Si oyes la música medieval, la música de cámara de Mozart o los últimos cuartetos de Beethoven, sabes que es todo lo que se puede conseguir en música. Si tuviera que elegir discos para salvar del diluvio entre jazz y música clásica —cosa que no querría—, aún con mucho dolor escogería algunos de música clásica”, comentó Julio Cortázar a Antonio Trilla en una entrevista espontánea realizada en Madrid, en 1983. Durante la charla, el escritor confesó que era un músico frustrado y que su verdadera pasión era el boxeo, un deporte que le ayudó a contar historias redondas y a entender que una novela se puede equiparar a las vivencias de un púgil sobre el cuadrilátero con doce asaltos encima.

Así como podía hablar y pontificar sobre las hazañas de Cassius Clay (el inolvidable Muhammad Ali), los desplazamientos de Nicolino El Intocable Locche o la mente poderosa de Carlos Monzón, también podía liderar una discusión sobre las bondades del género sincopado. Incluso, su sabiduría en el tema descrestó a Gabriel García Márquez, quien escribió en su honor El argentino que se hizo querer de todos, un texto publicado a manera de homenaje póstumo.

En esas páginas, el nobel colombiano relató: “A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en que momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas de perro con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonius Monk. No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible”.

El jazz, en varias de sus modalidades, late y está vivo en los libros creados por Julio Cortázar. Él no solamente concibió artículos periodísticos sobre el género, como hizo en La vuelta al piano de Thelonius Monk, especie de crónica inspirada por su asistencia a un concierto en Ginebra, Suiza, en 1966. La obra cumbre para los devotos del estilo de las síncopas es el cuento El perseguidor (1959), en el que el saxofonista Johnny Carter (Charlie Parker, en la realidad) se la pasa detrás de una idea que nunca se deja alcanzar. El personaje afirma que su cotidianidad va 15 minutos delante suyo, planteando una metáfora singular en la que la forma interpretativa de Bird, cuya concepción armónica le permitía improvisar unos solos realmente complejos y a gran velocidad, parecía siempre estar a la cabeza de cualquier formato sonoro. Según Cortázar, si Parker tuviera participación en una carrera, su instrumento sería el primero en llegar a la meta.

“Su importancia se encuentra en la manera en que puede salirse de sí misma... permitiendo todos los estilos, ofreciendo todas las posibilidades, cada uno buscando su vía. Desde ese punto de vista está probada la riqueza infinita del jazz; la riqueza de la creación espontánea, total... cada músico crea su obra, es decir que no hay un intermediario, no existe la mediación de un intérprete... la improvisación, una creación que no está sometida a un discurso lógico y preestablecido sino que nace de las profundidades”, aseguró en una oportunidad el escritor argentino. Para él, este estilo musical era el único que le permitía todas las imaginaciones al mismo tiempo, y además le acolitaba su derecho (y su deseo también) de improvisar, de cambiar sobre la marcha y de hacer añicos cualquier postulado literario preconcebido.

El perseguidor puede ser uno de los solos de trompeta que tanto fastidiaban a los vecinos de Julio Cortázar, mientras que Rayuela (1963) es una jam session con banda ampliada. No sólo está llena de imágenes y sonidos del género, sino que es una amalgama de free jazz traducido al castellano explícito y directo. En este texto el argumento está motivado por la improvisación, hay cambios de tonalidades, libertades y pactos entre los personajes encabezados por el narrador, Horacio Oliveira. Es una novela que el mismo autor propone que sea leída de acuerdo con el índice o siguiendo la intuición del lector.

“(Y) Babs se retorcía en las rodillas de Ronald, excitada por la manera de cantar de Satchmo, el tema era lo bastante vulgar para permitirse libertades que Ronald no le hubiera consentido cuando Satchmo cantaba Yellow Dog Blues, y porque en el aliento que Ronald le estaba echando en la nuca había una mezcla de vodka y sauerkraut que titilaba espantosamente a Babs”, se registra en Rayuela. Pero no sólo el cantante y trompetista Louis Armstrong (Satchmo) aparece allí. Figuran y desfilan renglón tras renglón artistas como Benny Carter, Champion Jack Dupree, Edward Kennedy, Duke Ellington, Stan Getz, John Birks, Dizzy Gillespie, Lionel Hampton y Jon Coltrane, entre muchos otros.

“También Wong y Etienne habían cerrado los ojos, la pieza estaba casi a oscuras y se oía chirriar la púa en el viejo disco, a Oliveira le costaba creer que todo eso estuviera sucediendo. ¿Por qué allí, por qué el Club, esas ceremonias estúpidas, por qué era así ese blues cuando lo cantaba Bessie? ‘Los intercesores’, pensó otra vez, hamacándose con Babs que estaba completamente borracha y lloraba en silencio escuchando a Bessie, estremeciéndose a compás o contratiempo, sollozando para adentro para no alejarse por nada de los blues de la cama vacía, la mañana siguiente, los zapatos en los charcos, el alquiler sin pagar, el miedo a la vejez, imagen cenicienta del amanecer en el espejo a los pies de la cama, los blues, el cafard infinito de la vida”, es un fragmento de Rayuela en el que Cortázar alude a la cantante de jazz y blues Bessie Smith.

Tanta es la relación de la novela del argentino con la música que la escritora Pilar Peyrats Lasuén creó Jazzuela, una especie de guía sonora en la que se condensan las citas musicales que hace Julio Cortázar y ejemplifica la existencia de cada artista y cada canción. El argentino inventó la especie de los cronopios, no concibió el jazz, pero aplicó su libertad en la literatura y se encargó de darle evolución a la frase “escribo, luego improviso”.

 

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