El cuento erótico de Voltaire

En los albores de su creación literaria, cuando apenas había cumplido los veinte años, el joven Voltaire, que habría de convertirse en una de las grandes figuras del periodo de la Ilustración, escribió un hermoso cuento erótico que pasa inadvertido cuando se habla del pensador francés.

Voltaire en 1718, retrato por Nicolás de Largillière.
Voltaire en 1718, retrato por Nicolás de Largillière.

El mozo de cuerda tuerto nació del embrujo que provocó en su generación la traducción de Las mil y una noches. El sitio donde transcurre la historia no es París, su ciudad natal. Es Bagdad.

Mesrur, el protagonista, tenía la ventaja de que el ojo que le hacía falta desde el nacimiento era el que miraba lo malo de la vida. Tener el ojo para ver el bien le permitía tener siempre viva la esperanza de ser amado por la princesa Melinade.

Y el amor llegó. Cuando la vio en su carruaje tirado por caballos, corrió detrás sin cansancio. Pero una bestia se cruzó en el camino y los caballos se desbocaron rumbo a un abismo. El mozo saltó a la carroza, cortó las tiras, liberó a los caballos y salvó a la joven que sólo atinó a decir: “Cuanto tengo es tuyo”.

Caminaron un largo rato, pero ella no se dejó tocar porque el mozo estaba sucio. Cansada, sobre sus zapatos de lentejuelas, cayó dos veces, y en la segunda el tuerto vio más de la cuenta y perdió la razón.

“... únicamente pensó en la distancia que la fortuna había puesto entre Melinade y él, y no recordó siquiera que era un enamorado, porque faltó a la delicadeza que dicen inseparable de todo verdadero amor, y que a veces constituye su encanto y en la mayoría de las ocasiones su hastío; se sirvió de los derechos que a la brutalidad le daba su estado de mozo de cuerda, fue feliz y brutal”.

Llegó la noche y con la oscuridad llegaron los asedios del amante. Mesnur pidió a Mahoma “ser a los ojos de Melinade lo que ella sería a mi ojo si fuera de día.” Al amanecer era un joven de noble porte y dos ojos, al que se le abrían las puertas de un palacio y a quien los criados atendían como a un príncipe.

Pero la realidad llegó cuando una mujer arrojó agua por una ventana y cayó sobre el tuerto, que dormía su más reciente borrachera. La princesa ya no estaba, pero “Mesnur no tenía el ojo que ve el lado malo de las cosas”.

De esa manera, Voltaire asomaba con su ingenio al período de la Ilustración, en el que reina la razón y en el que lo divino no interviene sobre los asuntos humanos. Con el tuerto Mesnur, que cuando se emborracha tiene dos ojos y el amor de una princesa, la imaginación redime las agresiones de la realidad.

 

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