El cuerpo habla y la palabra calla

En una era de posconflicto, "La mirada del avestruz" estuvo en el escenario hasta el pasado 25 de junio. Esta es una obra de danza contemporánea inspirada en los hechos de conflicto armado de nuestro país.

‘La mirada del avestruz’ es una obra de danza contemporánea inspirada en los hechos de conflicto armado Colombiano.Carlos Lema

“Hay un grito en mi boca que mi boca no grita”, puede ser una frase que recurrentemente transita por aquellas víctimas que entre el sabor amargo, la impotencia y el desconcierto hacen que su expresividad se oprima como un ave enjaulada, como un rostro alegre sin sonrisa, como el mar sin un leve movimiento, como el viento sin poder mover las hojas secas. El silencio entonces se disfraza en una tela negra que cubre la boca, los ojos atando los pies y manos. Las palabras cesan el sonido implorando el escucha, pretendiendo desahogar a causa de un nudo en la garganta que deja al ser humano tieso y seco. La libertad es violada por recuerdos monstruosos de manos negras que aturden, matan y perforan; mientras reviven aquellas remembranzas, aparece la sensación de regurgitar en palabras de dolor que en muchas ocasiones son trancadas por la manifestación de algún trauma, por amenazas y puñales puestos en el cuello.

¿Es entonces la palabra en la boca suficiente para liberar la carga de un conflicto por más de sesenta años? Como decía Sigmund Freud, “La voz del intelecto es apagada, pero no descansa hasta haber logrado hacerse oír, y siempre termina por conseguirlo después de ser rechazada infinitas veces”; más que un intelecto, aquella que permite resurgir entre cenizas es puesta a través del cuerpo y su gran cúmulo de movimientos, precisamente para ser escuchada observada y manifestada, una expresión innata del ser humano que no debe ser desvalorada porque como el sonido, evoca momentos concretos de memorias únicas.

‘La mirada del avestruz’ es entonces una composición escénica y de danza contemporánea que reviste el conflicto interno colombiano a través de la corporalidad y que según el director de la obra, el español Tino Fernández:

“Con la danza contemporánea estamos aprendiendo a leer el cuerpo y si uno se deja involucrar siendo los códigos claros desde adentro, pueden ser mucho más potentes que la palabra, porque con la palabra podemos mentir, decimos también algo concreto, con el cuerpo no, yo puedo definir mil colores en un solo color y eso me parece que es lo interesante de la danza, aprender a re-leer. Por eso yo creo que la fuerza de la obra también es ver ese cuerpo que se va manchando con la tierra, que nos va contando, que se va lacerando de alguna forma, de caer, de subir, de llegar al límite del esfuerzo. Está repetición y esa angustia de decir, decir y decir… hasta llegar al agotamiento”.

Durante la obra la expresividad es tan clara que de alguna manera se cuela entre los huesos mientras la imaginación vuela hacia los miles de hechos que en algún momento se han presenciado en nuestras cabezas como realidades pasajeras pero que se astillan en lo más hondo del corazón. Todo esto comienza en el escenario disfrazado con cortinas rojo sangre y el suelo de tierras que se aparecen con un olor a campo puro. El vaivén de un cuerpo herido que se cura, renace y vuelve a caer; labores infinitas de esclavitud que consumen con el tiempo quemado por el sol, palabras dichas pero jamás escuchadas; movimientos lentos que sin fuerza se dibujan mientras otros tantos son tan ágiles con la vehemencia cruel y despiadada; acciones de indiferencia y sonrisas fingidas para pasar a la otra página sin emotividad alguna, terminando finalmente con un acto de victimización, hechos de memoria que actualmente se presentan como un ciclo vicioso que no deja descansar a sus muertos.

“Lo que pretendía un poco la obra al montarse es dar una mirada hacia el campo, sobre todo en un momento en el que estábamos tan sumergidos en el conflicto haciendo un poco realidad ese mito del avestruz que cuando ven el peligro mete la cabeza a la tierra (que no es del todo cierto); actualmente nos encontrados metidos en una ciudad como Bogotá como si estuviéramos en una burbuja de cristal y no quisiéramos ver lo que realmente está pasando con el campo colombiano”, comenta el director de la obra. “No escondas la cabeza bajo tierra como el avestruz” dice el dicho que origina la titulación de la obra, misma acción que se relaciona con el desinterés por mirar una realidad fuera de la televisión y observarla de la manera más honesta posible.

‘La mirada del avestruz’ es creada en el año 2002 en co-producción con el VIII Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá y con diez intérpretes en escena. Durante su origen se ha presentado en países como España, Alemania, Francia, Italia, Brasil, Portugal, ganando Premio Del Público al Mejor Espectáculo del Festival de Almada en Portugal (2005) y Premio Al Mejor Espectáculo De Danza presentado en la Feria Internacional de Teatro y Danza de Huesca España (2006).

“Hace 17 años montamos esta obra y cuando la volvimos a re-estrenar ahora nos dimos cuenta que es más actual que nunca y es muy pertinente que esto esté en este momento porque uno no siente que haya envejecido desafortunadamente”, explica Fernández porque si los movimientos de esta puesta en escena aún se perciben en un país en pleno Posconflicto, las yagas tampoco han sanado; en nuestras tierras colombianas se mantiene la incertidumbre entre una guerra sinfín y un primer paso para la paz, mismo camino que se riega lentamente. Podría concluirse con lo interpretado en una escena de la obra cuando la disputa se da a través del flamenco sobre la mesa, como entremés y posible entretenimiento mientras los espectadores disfrutan su cena observando la imagen recurrente de violencia, convirtiéndose en criaturas frías anestesiadas después de ver la misma escena constantemente.

 

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