El cuerpo, un artista mudo

El arte contemporáneo necesita de palabras para ser entendido. Necesita de signos y símbolos exteriores que le sirvan de referencia; en ocasiones justifican su condición y en otras retuercen su significado.

El Colegio del Cuerpo, dirigido por Álvaro Restrepo, participó en el evento inaugural de la Bienal de Arte de Cartagena de Indias. / Cortesía BIACI 2014

Más allá de esa pretensión, los danzantes del Colegio del Cuerpo —que abrieron la I Bienal de Arte Contemporáneo de Cartagena en compañía de la artista Perry Bard— demostraron que es posible entender el arte contemporáneo sin acudir a palabras: sólo a gestos, a expresiones y saltos, a palmadas y movimientos. A la mera retórica del cuerpo.

Su performance, en uno de los patios del Palacio de la Inquisición —uno de los puntos de exposición de la bienal, que irá hasta el 7 de abril—, fue una conjugación de baile, expresión corporal e historia. Vestidos de negro —hombres con camisas de manga sisa, mujeres con camisas de tirillas—, los miembros del Colegio del Cuerpo ocuparon todo el lugar, rodeado de árboles vetustos, con una horca alumbrada de rojo costeando el patio. Los invitados al evento chocaban sus copas, reían y aplaudían sus propias bromas en las mesas; los danzantes se colaban entre las filas de asientos y los invitados erguidos que no habían encontrado lugar para sentarse, en caminos serpenteantes danzaban a la vida y también a la muerte. Con sus cuerpos contaron la historia de la vida, mientras la vida pasaba entre whiskies y alegatos sociales en las mesas.

La historia que contaron con su cuerpo, tan solo modulando balbuceos, es apenas resumible: era el encantamiento de la vida, la danza de esa felicidad primaria, la reunión alrededor de ella. En círculo, rodeando la única ceiba bicentenaria del patio, de tronco robusto y brazos largos, los danzantes ofrecieron dádivas a esa figura: alimentos imaginarios en un plato de carey. Y al entregar los honores, hombres y mujeres saltaron, palmearon sus rodillas, estiraron un brazo y con la mano contraria acariciaron su antebrazo y su brazo hasta llegar a la cara, y allí, con ambas manos puestas en semicírculo, sonrieron a la nada. No había aquí una historia heroica, un relato con nudo, con conflicto: era la pesadumbre del tiempo que carga sobre el cuerpo y que le permite en tiempos saberse feliz.

Álvaro Restrepo, director del Colegio, revisaba entre los espectadores a sus danzantes; detrás de sus gafas de marco redondo se lo veía con el ceño fruncido, estático. Los invitados continuaban su jornada, mientras entre los danzantes se sucedía la vida. Tras honrar la ceiba, caminaron hacia la tarima de piso de tableta rojiza. El ambiente era, claro, remembranza de otro tiempo: minutos atrás, una de las mujeres había bailado al lado de la horca, jugando con ella, en intermitente revuelo alrededor de la cuerda. La horca, ese artefacto de triunfo religioso: parte del aparato inquisitorio que el papa Gregorio IX divulgó en 1223 y que Cartagena heredó en 1610; hermana de las torturas, los calabozos, el garrote y el fuego, el aplastapulgares y el collar de púas, la horquilla que cercenaba senos de herejes y brujas. El baile, entonces, no dejó de ser una expresión política de la liberación: entre tenedores que sajaban la carne de la quijada y el pecho, las danzas fueron una forma de rebeldía, de redención.

De fondo sonaba música de violines, que en apariencia elevaba más a los danzantes. Era posible ver coronas de fuego, era posible ver líneas de luz: el cuerpo y la música, sistemas mudos, proveen esas fantasías visuales. No había aquí palabras, sino un sistema de movimientos y sonidos. Copulaban el sonido y el silencio, el movimiento y la quietud, y todo producía una transformación, otra variación del arte. La experiencia sensible estaba dada por esa expresividad de la carencia de palabras; las palabras eran estorbosas, nada hubieran dicho. Sólo el cuerpo hablaba. El cuerpo tenía verbos y tenía adjetivos, y entre ellos retrataba su desesperanza y su felicidad. Tenía oraciones en presente y futuro y, sobre todo, condicionales. De todo ello fue consciente el Colegio del Cuerpo en su danza.

La música fue perdiéndose. Los danzantes se alejaron por una de las esquinas del patio, cargando sobre hombros una barca de madera. Se iba la vida, digna. Los asistentes recordaron aplaudir.

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