El día del Juicio final

Sonó el teléfono. La tía Mamerta estaba agonizando. Mi madre se cambió de ropa, se puso el abrigo negro y se retocó el peinado.

Ilustración  VIGO
Ilustración VIGO

 —¿Podemos ir?, preguntamos al unísono los niños.

—No, no pueden, dijo contundente, pero después cambió de opinión y decidió llevarme, ya que era la mayor. Yo había hecho la primera comunión y una monjita me había preparado, para el acontecimiento; por consiguiente, entendía muchas cosas.

Llegamos a la vieja casa de Chapinero, a la que tantas veces había ido a jugar con mis hermanos. Desde casi medio siglo vivían allí las tres tías solteras, y la casa había ido envejeciendo al tiempo con ellas. Se le habían agrietado las paredes, las puertas crujían al moverse y las ventanas de madera estaban tan resecas que algunas ya no abrían. El balcón del segundo piso por donde me encantaba asomarme se había ido descolgando, y ahora se encontraba amarrado con unos alambres. En el interior de la habitación, sobre la puerta del balcón, habían colocado un letrero que decía Prohibido salir junto con un candado que confirmaba la sentencia.

La casa me pareció diferente aquel día. Habían entrecerrado las cortinas, quedando las habitaciones en penumbra. Una multitud, vestida de negro, circulaba por la casa hablando en voz baja. El doctor acababa de salir certificando su muerte cuando subimos a la habitación. Entramos en silencio, mi madre abrazaba a cada pariente y susurraba algo al oído. Me pregunté qué sentido tenía esa oscuridad si a una muerta no podía molestarle la luz como tampoco escucharía lo que hablaban.

La tía Mamerta, acostada en la cama con su camisón de encajes, parecía dormida. Su rostro estaba descolorido, las mandíbulas desencajadas, las mejillas hundidas y los labios perdidos; sin embargo, al mirarla no se me hizo muy diferente de como la recordaba viva. La caja de dientes se encontraba en un vaso de agua sobre la mesa de noche, y por un momento pareció que me sonreía.

En una esquina del cuarto, sentada en una mecedora, se encontraba la tía Maricar, como le decían cariñosamente a la tía María del Carmen. Suspiraba, se secaba las lágrimas con un pañuelo y se me pasó por la cabeza la idea de que tal vez estaba pensando que el año entrante le tocaba el turno a ella, ya que era un año menor que la tía Mamerta. Me parecía que las tres tías eran tan viejas que tal vez yo nunca llegaría a tener tantos años. La tía Emilia, la menor de las tres, me miraba con cara de pocos amigos, preguntándose qué hacía una niña allí.

Salimos de la habitación, porque nos dijeron que habían llegado los de la funeraria y la iban a arreglar.

-¿Arreglar para qué? -pregunté, y en seguida sentí en el brazo un pellizco de mi madre. Nos sentamos en silencio en la sala y empecé a recordar las palabras de Sor Teresa, la monjita que nos había preparado a un grupo de niñas para hacer la primera comunión. “El día del Juicio final nos encontraremos con todos los muertos y cada uno llevará el cuerpo que tuvo en la tierra”, había dicho. Me había quedado una duda y resolví preguntarle a otra niña a la salida.

-¿Cómo iremos vestidas ese día? -Eso es fácil -contestó ella-, pues con la ropa que teníamos puesta el día en que morimos. Me pareció injusto. Algunos tendrían vestidos elegantes, otros estarían en pijama y a los que hubiera sorprendido la muerte en la ducha, apenas estarían cubiertos por una toalla. Al día siguiente, volví a preguntar a Sor Teresa, en quien confiaba más. Ella se rió. -No, mi niña, no nos llevamos nada material de este mundo. Allá no lo necesitamos. Entonces, empecé a imaginarme a todos desnudos el día del Juicio final, y me dio risa. Pero a Sor Teresa no la podía imaginar sin el hábito y la toga. Ni siquiera sabía si tenía pelo.

Un tirón por el brazo me sacó de mis cavilaciones. Era la tía Emilia.

-Levántate y deja sentar a la señora. Ve a la cocina y le ayudas a Serafina.

Obedecí sin chistar, sabiendo que Serafina no me dejaría ayudar en nada. Se encontraba atareada preparando el té, aguas aromáticas y tintos, para ofrecerles a las visitas.

-Es mejor que salga de aquí, niña, se puede quemar.

Salí de la cocina y me senté en la mitad de la escalera, y apoyé los codos sobre las rodillas y la cara sobre las manos. Desde aquí, a esa altura, podía divisar todo el panorama. A la tía Mamerta la habían colocado en un ataúd en la mitad de la sala, con unos cirios encendidos a los lados. La habitación se había congestionado con coronas de flores y gente que se arremolinaba en torno al cajón, para verla por última vez. Una cinta morada enorme había sido colocada encima y decía: “María de las Mercedes Tadea Álvarez del Pino”. Qué raro, era la primera vez que escuchaba ese nombre. Los rayos de luz que se colaban por las rendijas de las ventanas hacían ver el humo que salía de los cirios que bailaba en medio de las partículas de polvo que flotaban en el ambiente. Empecé a sentir la falta de aire marcada por aquella mezcla del olor dulzón de las flores y los humores de la gente.

Traté de decirle a mi madre que abriera las ventanas, pero por más señas que hacía, ella no me miraba. Estaba ocupada recibiendo a un par de señoras envueltas en sus abrigos negros que saludaban con lágrimas en los ojos. -¿Quiénes son?- le pregunté a la tía Emilia. -No tengo idea, mijita -contestó ella-. Con esta familia tan grande que tenemos...

Pude ver que las señoras seguían a la otra sala, al comedor, al hall, saludaban a todos y observaban la casa, mientras pasaban. Se sentaron, tomaron un tinto y se volvieron a parar.-Qué señoras tan gordas-, le dije a mi madre que en ese momento subía por la escalera. -No debes criticar y mucho menos en momentos como estos.

Cuando mi madre volvió a bajar, Serafina, la tía Emilia y la tía Maricar se encontraban discutiendo a la entrada de la cocina. -Además son unas señoras maleducadas -dije-, ni siquiera se despidieron. Pero mi madre pasó apresurada sin escucharme. Por lo que pude entender, Serafina no encontraba la tetera de plata para servir el té. La había buscado por todos lados y, entonces, se había dado cuenta de que también faltaban los candelabros, los portarretratos, las cucharitas de plata y quién sabe qué cosas más.-Fueron esas viejas - dijo mi madre.-Se me hacían sospechosas -dijo la tía Emilia.-Ya se marcharon -dijo Serafina, llamemos a la policía. -No es el momento. Siguieron lamentándose por un buen rato hasta que el Padre carraspeó impaciente para que se callaran y empezó a rezar por los muertos, en voz alta, junto al cajón. Cuando nos subimos al auto, mi madre arrancó diciendo: -A estas señoras no las encontraremos nunca. -No te preocupes -dije yo-, ya las veremos el día del Juicio final. Mi madre volteó a mirarme por unos segundos sin comprender nada y luego siguió el camino callada.

***
Este es uno de los cuentos ganadores del concurso Historias en yo mayor, del año pasado, para lanzar la tercera versión de dicho certamen, dirigido a personas mayores de 60 años de Bogotá, Cali, Medellín y el Departamento del Quindío.

Organizan, la Fundación Saldarriaga Concha y la Fundación Fahrenheit 451, en alianza con El Magazín de El Espectador, el Instituto Distrital de las Artes, la Red de Bibliotecas de Colsubsidio, el Sistema de Bibliotecas Públicas de Medellín, la Red de Bibliotecas Públicas Comunitarias de Santiago de Cali y la Red Departamental de Bibliotecas del Quindío.

El concurso, que será de tema libre, tendrá dos categorías: Cuento escrito y Narración oral. Las tres mejores propuestas de cada categoría, en cada ciudad, recibirán premios en efectivo: (Primer lugar: $2.000.000-Segundo lugar: $1.600.000 y Tercer lugar: $1.200.000).

El plazo para llevar los cuentos y presentar las narraciones a estas Redes de bibliotecas vence el viernes 23 de agosto, antes de las 4. 

Claves a tener en cuenta para participar

  • Cada participante podrá inscribir sólo una obra por categoría y la obra con la que participe deberá ser inédita.
  • El cuento deberá tener una extensión mayor a media página carta y no mayor a tres páginas, escritas por una sola cara en máquina de escribir o computador, espacio sencillo. En caso de presentarse el cuento a mano, no podrá tener una extensión mayor a tres páginas. Además, deberá tener letra legible, preferiblemente imprenta (despegada), pues en caso de que el jurado no consiga entender el texto, éste quedará descalificado.
  • En la categoría de Narración oral, la historia no podrá extenderse más de 5 minutos. Consulte el horario de grabación en su biblioteca o centro cultural más cercano, o a través de las páginas web www.saldarriagaconcha.org y www.fundacion451.com.
  • En cada una de las bibliotecas aliadas se ha ubicado una urna donde se estarán recibiendo los cuentos hasta las 4:00 pm del viernes 23 de agosto. Consulte las bases completas de este concurso en: www.saldarriagaconcha.org y en www.fundacion451.com.
     
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