El día en que Flora vuelve a hablar

Entre el 26 de julio y el 12 de agosto, la actriz estará de gira con ‘En el corazón de Flora’, un monólogo donde canta en vivo. En Bogotá se presentará en el Teatro Leonardus. Perfil.

Flora Martínez también ha protagonizado filmes como ‘Rosario Tijeras’, ‘El arte de robar’ y ‘Violeta de mil colores’. / Gustavo Torrijos

Flora Martínez interrumpía las adultas reuniones de los amigos de sus papás para contar chistes. Le encantaba atraer la atención del público adulto, en lugar de jugar con los niños. Hablaba y hablaba con ese histrionismo que solo puede tener un artista y que a ella la embriaga sin esfuerzo alguno, sin forzar nada.

Tal vez fue porque Melinda Prwose, canadiense, y Hernando Martínez, colombiano, la hicieron en verano. Tal vez, porque Prwose era una joven preciosa y ella le heredó esa belleza. Tal vez fue porque Hernando Martínez es un filósofo y economista que basa sus estudios en la psicología oriental. Tal vez, por todo eso y algo más, ella es como es. Tal vez por lo mismo, el director Vicente Aranda afirmó que es un “animal cinematográfico” y Almodóvar, que es totalmente “camaleónica”. Pero no. “Flora transmite porque esa es su alma: ser actriz”, dice su papá.

Un día, años atrás, cuando Flora tenía cinco años, Prwose y Martínez se separaron y Flora se fue a vivir a Canadá con su mamá. Allá, en el colegio, hacía obras de teatro y ya mostraba lo que su papá llamaría ‘el alma’. Él la visitaba de vez en cuando y, cuando tenía catorce años, le pidió que viniera a estar con él en Bogotá.

—¿Por qué mejor no piensas en lo que quieres hacer en la vida? —le respondió Martínez a su hija cuando, ya en Colombia, ella le dijo que quería ir a estudiar al colegio de sus amigos del barrio.

“Yo estaba en la adolescencia y quería ir al colegio, conocer gente”, recuerda Flora Martínez. Así que agarró sus maletas y se fue de viaje en un acto de rebeldía. Al final llamó a su papá y le dijo:

—Ya sé: soy actriz.

—Muy bien. Las princesas estudian con tutores —le dijo su papá.

Melinda Prwose es literata y desde Canadá entendió las razones para no poner a su hija adolescente a estudiar como formalmente entendemos el estudio. Hernando Martínez no sabía muy bien dónde llevarla, no era un experto en ese medio: “Mi hermano me dijo que con Humberto Dorado. Pero en muchas academias exigían el título de bachiller”.

Pasó primero por la escuela de Edgardo Román y luego, durante cinco años, se formó con Alfonso Ortiz, quien la recibió a los 15. En la primera audición supo que “se trataba de un talento completamente puro. Todo lo que ella hacía era muy emocionante”. Aquella primera vez, debía contar un episodio dramático de su vida. Y luego, porque según él, a los actores les gusta que les peguen en la cara, la puso a cantar los pollitos en el mismo tono de drama. “Y fueron los pollitos más dramáticos que se imagine”, recuerda Ortiz.

Otro día, Ortiz puso a su grupo de estudiantes a hacer uno de sus ejercicios clásicos: interpretar a un personaje totalmente opuesto a ellos. “Por ejemplo, a mí no me gustan los curas, así que seguramente haría de cura. La idea es que se vengan vestidos desde la casa como el personaje”.

En la hora de la clase vio entrar a un indigente, o tal vez una indigente, no sabía bien. “Caray, se me coló este”, pensó el maestro. Luego descubrió que era Flora Martínez, descalza y totalmente transformada, la que entraba por la puerta. En ese momento la escuela era en La Candelaria y ella caminó así desde la 45 con cuarta. “Yo no les había pedido eso, pero ella lleva todo a los extremos. Es muy sensible, demasiado sensible, y eso también genera muchos conflictos emocionales”. Por eso, cuando debían contar su experiencia, lloró porque ahora sí entendía lo que era la vida de un habitante de la calle.

“En esa etapa, de los 15 a los 20, estuve haciendo telenovelas hasta que me fui para Nueva York. Empecé muy niña y quedé como saturada. Como que no tenía nada más que decir, aunque quería decir muchas cosas. Yo sé que las novelas son entretenidas y todo, pero mi corazón estaba ahí, apagado y mudo”, cuenta la actriz con suavidad, masticando las palabras despacio, con la mirada perdida pero brillante.

José Reinoso, músico uruguayo, es su esposo y ahora la acompaña con el piano en la obra En el corazón de Flora. Confiesa que no es ella quien debe controlar a Sofía, la niña de los dos, sino que es más bien Sofía la que frena a su mamá. Flora es la inquieta de la casa y él lo supo desde que la conoció en España durante el rodaje de la película El arte de robar.

El personaje del filme se enamora de un pianista de jazz. Luego, ella se enamoró de Reinoso. Por eso él dice: “La música y el cine nos acercaron”. Desde ahí se dedicó a estudiar música de la mano de su esposo. “Eso es tal vez lo que más me apasiona, pero siempre lo había guardado detrás de la actuación”, dice Flora Martínez. “Flora tuvo la formación que reciben los músicos. De alguna manera ella ha sido víctima de mi exigencia”, agrega Reinoso, quien ha trabajado con artistas como Concha Buika, Andrés Calamaro y José Luis Perales.

Pero seguía muda. Empezar su carrera tan niña hizo que terminara cansada. Personajes como Rosario Tijeras o la Bruja la dejaron atrapada, perdida en ellos. Después de Rosario, sobre todo, la querían solo para hacer personajes de puta, drogadicta o desquiciada. Y ella, que lo entrega todo a cada personaje, perdió su propia voz en esas mujeres fatales. Ahora, con esta obra, decidió abrir sus diarios y contar lo que siente, lo que le duele.

Wilson León es director del monólogo y cree que “la plasticidad de su cuerpo y la técnica hacen única a Flora”. Y Martínez dice: “El corazón de Flora es eso que muchas veces no se puede decir, porque siempre habla la voz del libretista” Aquí, de la mano de la música y el video, es la actriz la que, al fin, habla y canta. 

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