El día que conocí a Sergio Ramírez en San José

El jurado del Premio Cervantes 2017 otorgó a Sergio Ramírez el ambicionado galardón por la altura de su obra en la cual el escritor nicaragüense combina narrativa y poesía con profunda sensibilidad social e histórica.

El escritor Sergio Ramírez fue reconocido con el Premio Cervantes de literatura 2017.EFE

Conocí al escritor Sergio Ramírez un día de julio de 1971 en su oficina cuando se desempeñaba como Secretario General del Consejo Superior Universitario Centroamericano (CSUCA) y dirigía la editorial EDUCA en San José de Costa Rica. En aquella época, yo recorría México y América Central en una vieja camioneta Volkswagen con el fin de documentarme sobre el estado de la literatura latinoamericana para una tesis de grado. Tuvo la generosidad de concederme una entrevista que corrió con la suerte de ser publicada en diversas revistas y suplementos culturales de América Latina. En ella me confesó sus ideas, sus intereses literarios, la obra que había realizado hasta entonces e intercambiamos diversas opiniones sobre la situación de Centroamérica.

En aquella entrevista señaló a los escritores que estaban creando una literatura contemporánea en su natal Nicaragua. En narrativa citó a Lisandro Chávez Alfaro con su novela Trágame Tierra, y en poesía a Ernesto Cardenal a quien había visitado antes en su lejana isla de Solentiname en el Lago Nicaragua. En Chávez Alfaro encontraba una literatura madura que reflejaba bien el fenómeno de la alienación nacional y la enajenación a los Estados Unidos, una novela que interpretaba a un país en crisis. En cuanto a Cardenal, comentó que era −y sigue siendo− un poeta que escribe la crónica nicaragüense en verso, un juglar moderno de la realidad que vivía el país desde las ocupaciones de tierra por las compañías estadounidenses, la United Fruit Company, por ejemplo, hasta la lucha por la soberanía de Augusto César Sandino.

Hasta esa entrevista, Sergio (nacido en Masatepe, el 5 de agosto de 1942) sólo había publicado un libro de cuentos en 1963 (a la temprana edad de 21 años) y una novela titulada Tiempo de Fulgor que él consideró con “las limitaciones de un libro de principiante”, pero era según él de las primeras piedras que había que poner en la construcción de un edificio novelístico con un lenguaje válido, lejos de ser anecdótico, en el contexto de la novela. También me conversó sobre los cuentos que preparaba para De Tropeles y Tropelías (1971) y la idea que entretenía para aquel histórico relato titulado Charles Atlas también muere como personaje popular y mítico del folclor latinoamericano. Si bien estaba en un exilio voluntario en el país vecino, dejaba ya una estela significativa en el mundo literario de Centroamérica.

Después de estudiar derecho en la Universidad de León bajo la tutela del célebre rector Mariano Fiallos Gil quien dejó una profunda huella humanista en el joven estudiante, ya que fue él quien le enseñó que la literatura folclórica −tan popular en el país centroamericano− no era el único tipo de literatura que existía, y le animó a leer los clásicos de todas las épocas, que contribuyeron a su formación literaria, fundó en compañía de Fernando Gordillo, talentoso escritor joven de temprana desaparición, la revista Ventana en 1960 que aglutinó a una generación de escritores jóvenes y dio así inicio a un movimiento literario cuyos frutos son innegables en el desarrollo cultural de Nicaragua.

Volví a encontrarme con Sergio en junio de 1979 cuando Ernesto Cardenal me invitó a San José a que les ayudara a recabar fondos internacionales para ayudar a financiar la revolución sandinista que se perfilaba como triunfadora contra la dinastía Somoza. Lo encontré en su casa de la capital costarricense en medio de los trajines y los avatares de la lucha revolucionaria. En aquella ocasión no hablamos de literatura sino de política, de la necesidad de apoyar la contienda popular en momentos en que el dictador Anastasio Somoza Debayle lanzaba bombas de 500 libras sobre pueblos inermes, y en la cual él estaba involucrado en su condición de intelectual comprometido con la causa sandinista.

Lo encontré más tarde, ya como miembro en la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, en Managua, cuando las barricadas de adoquines sobre la carretera del aeropuerto todavía impedían el paso y había que hacer esguinces para llegar a la capital. A un año del triunfo revolucionario, el 19 de julio de 1980, regresé a Nicaragua invitado en compañía de Enrique Buenaventura y su tropa del Teatro Experimental de Cali (TEC), por el poeta Cardenal, entonces Ministro de Cultura, para la celebración del primer aniversario del triunfo de la revolución. Desde una tribuna especial tuvimos el privilegio de ser testigos de la más entusiasta y solidaria muestra de solidaridad de destacados líderes del mundo con el gobierno sandinista por las transformaciones sociales y económicas que empezaban a implementarse.

En aquella oportunidad conversamos con el poeta Cardenal sobre su papel como orientador de la cultura, y con Sergio sobre las implicaciones de su liderazgo político, revolucionarios convencidos de las bondades de las transformaciones sociales y económicas que experimentaba Nicaragua, lejos todavía de las vicisitudes que sufrirían tiempo después con la radicalización de los postulados sandinistas y la ambición personalista de algunos de sus integrantes que causaron la desvinculación de estos dos artífices del proceso democratizador del país.

En 1984 fue elegido Vicepresidente en el gobierno sandinista presidido por Daniel Ortega. Sin embargo, a raíz de sus reiteradas críticas y diferencias ideológicas con la dirigencia del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), renunció al partido en 1995 para fundar el Movimiento Renovador Sandinista (MRS) con el cual se postuló como candidato presidencial para las elecciones de 1996. La coalición liberal-conservadora derrotó sus esperanzas de dirigir los destinos de Nicaragua con el triunfo del ex alcalde de Managua, Arnoldo Alemán Lacayo, retirándose entonces de toda actividad política.

Cuando la oposición ganó las elecciones, el país venía de sufrir la agresión de los “contras”, combatientes antisandinistas financiados por el gobierno de Ronald Reagan, la administración pública perdió a un gobernante pero la literatura ganó un lúcido escritor ya que desde entonces Sergio no ha dejado de producir cuentos, ensayos y, de manera especial, novelas que han sido saludadas por la crítica internacional entre las más novedosas y complejas de la llamada Generación del Postboom de América Latina. Recordemos que su novela Margarita, está linda la mar ganó el Premio Internacional de Novela Alfaguara en 1998, otorgado por un jurado de lujo, y un año más tarde vio la luz el libro Adiós muchachos, su memoria personal de la revolución sandinista.

Desde Tiempo de Fulgor hasta el momento Sergio ha publicado algunas de las novelas más conocidas del istmo centroamericano, así como volúmenes y antologías de sus cuentos, además de numerosas investigaciones históricas, literarias, biográficas, artículos y columnas de prensa. Entre sus libros más conocidos recordamos¿Te dio miedo la sangre? (1978); Castigo Divino (1988); Clave de Sol (1993); Un baile de máscaras (Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera aparecida en Francia en 1998); Sombras nada más (2002); Mil y una muertes (2004); El Reino Animal (2006); Catalina y Catalina, (cuentos, 2001); Ómnibus, antología personal (cuentos, 2008); Juego perfecto (cuentos, 2008); El cielo llora por mí (2009) y Flores oscuras (12 relatos, 2013).

En 2002, mientras me desempañaba como editor cultural del diario Hoy de Nueva York, acepté su solicitud de hacer la presentación de su novela Sombras nada más en una librería de Manhattan. Aquella obra era un punto culminante en su carrera de escritor sumergido en la convulsa realidad de su país. Así como en Margarita, está linda la mar aborda el tema histórico de la conspiración que terminó con la vida del primer Somoza, “Tacho” Somoza García, en Sombras narra un episodio de la revolución sandinista que empieza cuando un hombre llamado Alirio Martinica corre por una playa cargando un maletín en espera de una lancha en la que va a huir mientras es perseguido por los guerrilleros que han asaltado su hacienda para capturarlo.

A través de su obra literaria es fácil deducir que Sergio está interesado en temas relacionados con el poder, el amor, la locura y la muerte, como su colega uruguayo Horacio Quiroga, aunque desde diferentes puntos de vista. En esta novela, la historia está contada utilizando diversos recursos narrativos. El narrador omnisciente, que empieza a relatar los acontecimientos que suceden desde la captura del prisionero, da paso a fragmentos testimoniales de personajes involucrados en la trama, cartas, artículos periodísticos de la época o declaraciones judiciales que van alumbrando el camino hasta desembocar en un final que, como en la novela Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez, se conoce desde el principio por los diálogos y actitudes de sus protagonistas, aunque no por eso deja de ser menos imprevisto. Por supuesto, las referencias musicales en la novela son inevitables. Quien recuerde a Javier Solís reconoce que el título de la novela se deriva de un bolero del cantante mexicano que había sido un tango de José Contursi, y algunos capítulos ostentan títulos de canciones como Entre copa y copa, Extraños en la noche o La noche de anoche.

Desde esta tierra colombiana que tanto le gusta visitar y recordar, felicitamos a Sergio Ramírez, el primer centroamericano en ganar el premio Cervantes (dotado con 125 mil euros), por la calidad de su obra narrativa y periodística, fiel intérprete de la sociedad y la historia de Nicaragua en la cual ha desempeñado un papel protagónico como escritor y dirigente político.

*Escritor, curador de arte y periodista cultural, es autor de libros de narrativa e investigación cultural. Su volumen más reciente es “Literatura de la diáspora: 20 narradores colombianos en USA” (2017).

 

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