Paro nacional: balance de la primera movilización de 2020

hace 2 horas

El día que murió Dilan (Tintas en la crisis)

Llevo conmigo una mala administración de no poder separar acontecimientos históricos de sentimientos que me evocan situaciones personales y que trascienden en mis pensamientos. Pues a mí, como citadina, lo único que me ha tocado es el amor. No la muerte, no la guerra, no el armamento ni el desplazamiento.

Imagen de algunas de las manifestaciones que provocó la muerte de Dilan Cruz, el pasado 25 de noviembre. María Acosta

Tengo entonces la certeza de que existe una eterna y nostálgica clandestinidad que me permite comprender historias sobre esos habitantes desconocidos. Son cuentos que me invento, como si no me bastara con mi propia vida. Desde luego, me dicto historias en la cabeza para así poder evadir por un momento esos pensamientos que me generan incomodidad. La calle, continuamente, me ha parecido un escenario que marca una división entre la vida privada y la pública. Se genera un hecho: el de la lucha constante que se encuentra en cada uno de nosotros: el paso acelerado de una mujer en tacones, el tinto en las mañanas y el taxista, la mujer que corta las naranjas, y en su rostro, las ojeras disimuladas por su sonrisa, y yo, fiel a mi incertidumbre, comienzo a preguntarme: "¿qué pensarán?", "¿estarán sobreviviendo?", "¿tendrán miedo al igual que yo?" Pese a no tener una respuesta contundente, me respondo y me la invento: afuera existen luchas que son más bien internas a pesar de estar expuestas. 

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El decir que Bogotá me parece más bien un escenario nostálgico que me ensombrece no fue motivo para encerrarme en mi pupitre y dejar pasar el impulso que tuve el pasado lunes veinticinco de noviembre de salir. En primer lugar, existe una necesidad de poder expresar mi inconformismo por los casos de violación mental y físico que un ser humano puede llegar a tener. Estoy hablando, por supuesto, del día internacional de la Eliminación De La Violencia Contra La Mujer.

Siendo las dos y cuarenta nueve de la tarde, junto con mi cámara, entre arengas y cacerolas, pude visualizar una multitud de personas que gritaba rabia, dolor, incluso miedo. Es un miedo que parte del silencio, la confusión y la impotencia. Pero también se genera la posibilidad del grito desgarrado, las lágrimas de esperanza, el aplauso frente a la voz, el sonido de los pitos, del tambor, la trompeta, el conocimiento de un impulso genuino con que reconocemos las caras de varias mujeres al cantar un único coro. Allí están mamá, abuela, bisabuela, allí están también mi tía, mis hermanas, mi amiga, mis compañeras. Las imagino entre siluetas de color morado y verde. Voy entonces tomando las fotografías pertinentes de esta movilización, me encuentro marchando y repitiendo frases que se apropian a mi vida. Estoy sola y acompañada. No conozco a nadie pero me reconozco en ellas.

Al sentirme un tanto correspondida por mi entorno y abrazando el miedo en esta ciudad que habito comienza para acompañarme - y acompañarnos - el atardecer bogotano. Están el azul y el violeta entre mis fotografías. Me sugiero subir el ISO de mi cámara y voy viendo al niño asomarse en la ventana con su cartel de "¡Gracias!". Están también su madre o una mujer que alza al pequeño y nos saluda desde la ventana, "qué poder esta imagen", pienso. La gente entre gritos, ruidos y pitos apoya lo que vemos en la fachada. Voy viendo también los semáforos que cambian de rojo a verde, hay tráfico de carros, las personas dentro de sus vehículos pitan apoyando el paro (o pitan siendo hipócritas para que los dejen circular por la vía), su afán es el de llegar a sus casas, pues es hora pico, como si nadie les hubiese avisado que estamos inconformes, creo que de esto se trata, de incomodidad, aunque ya estén acostumbrados a pitar en días normales. "Dejen sus carros allí y únanse a nosotros", pienso, pero no, no pasa lo que me digo. No queremos violencia, ni mental, ni física, no queremos pelear (¿o sí?). La rabia viene y va, si no me dejo llevar por estos sentimientos todo estará mejor, somos violentos, pero igual estamos marchando, no queremos que nos depierten esa rabia, ahí vamos.

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No importa más nada sino el paso y el cantor, el ritmo, la música, la cacerola, las carcajadas, el baile, los carteles, la mujer, el hombre, la palabra como único fin. Figuro entonces quedarme un par de minutos en una esquina. Soy de las que pido la hora y contabilizo horas exactas, el reloj apuntaba las seis y cuarenta y dos de la tarde. "Está temprano", pienso. Esta noche no llegaré a mi casa, no porque no quiera, sino porque no puedo, el acontecimiento me lo impide, la ciudad me cuidará, a alguien le pediré posada, confío. Estoy entonces en una esquina, para poder observar y respirar esto que estoy viviendo, suspiro. Me encuentro al inicio del puente vehicular que conecta la Carrera 30 con la Calle 45, y observo una gran multitud debajo y arriba del puente. No puedo dejar pasar esa imagen, disparo con mi cámara. Por un momento, veo un gran río de personas. Al esperar que fueran las siete en punto mi mente conserva la voz de quienes no pudieron marchar con nosotros. Lo dicen los ríos que llevan los muertos.

No encuentro a nadie conocido pero mis pensamientos me encuentran a mí. Después de salir de casa había dejado el desprendimiento en mi armario para unirme a la resistencia en las calles de Bogotá. Existe un frío que se ajusta a la noche que está por llegar o que ya ha llegado. Mis manos comienzan a temblar y tengo ansiedad, necesito un tinto, o algo así, ya no estoy fumando cigarrillos. Decido apagar la cámara tan solo un par de minutos. ¿Por qué estoy marchando?, me pregunto. Por las veces que he callado y que me han hecho callar, me respondo con una imagen clara de episodios que han sucedido en mi vida jovial. ¿Por qué estás luchando, María?, vuelvo y me pregunto. Porque no puede ser que estemos aquí para no ser, por la imaginación y el trabajo que se limita por una política económica, por las vidas arrebatadas, por la tierra explotada y su alteración en el entorno, por la violación desmesurada de los indígenas, campesinos, de los animales, del humano, de los niños, por la manipulación emocional, por la violación y su supuesta justificación, porque nos hacen creer que nacemos sospechosos para morir siendo culpables, por lograr salir del gueto de la insignificancia, por el puto miedo, por ellos, por mí. Vuelvo y prendo la cámara. 

Tras caminar varios kilómetros, quise por lo menos refugiarme en el abrazo de alguien que pudiera recibir nada más que mi cansancio, pero también, para que cargara por un momento mi timidez, mi mirada, y ese paso de mi saliva frente al nerviosismo que se esconde detrás de mi sonrisa. Esa noche, al devolverme desde la Plaza de la Hoja hasta la Calle 45 con Carrera 7ma, me encontré con el abrazo inesperado detrás del hombre que llevaba un abrigo negro. También me vi sonriendo en una pregunta que logré escuchar: "María, ¿cómo estás?" No tuve que decir mayor cosa, el silencio fue suficiente para comprender que yo me encontraba bien, a pesar del agotamiento que reflejaba.

Segundos después, como una réplica a mi ansiedad, me enteré del fallecimiento del joven Dilan Cruz. No pude contener un suspiro profundo y mi cara de preocupación frente a la noticia que estaba recibiendo. "No puede ser, no puede ser...", dije para mis adentros. Entonces caminé unos pasos más hacia el sur para lograr estar frente al hospital San Ignacio, lugar donde se había encontrado Dilan en cuidados intensivos. Vi algunas personas allí. Estaban en silencio. Otras más estaban murmurando entre ellas. No logré entender lo que decían, pero sí logré comprender el panorama tan impotente en el que me encontraba. Ví adultos, perros, habitantes de calle. Se percibía una luz cálida amarilla que impactaba en los rostros de todas las personas que se encontraban allí. No vi a nadie llorando, pero tampoco sonriendo. Todos estábamos expuestos al frío y la noticia desgarradora. Mi corazón y mis manos no tenían luz alguna. En la sombra estaba yo como el color de mi saco, completamente negro.

Tomé una foto, aunque sin ánimos. No siempre los ánimos están en el lugar que corresponden, porque simplemente no corresponden a ningún lugar, sino al todo. Cerré los ojos y visualicé a los familiares del Joven que mató el ESMAD. No logro imaginar su dolor, así como tampoco logro imaginar el dolor de muchas familias a quienes les han arrebatado la vida, así no más, como si fuera cosa de sentido común. Ya son treinta y cuatro muertes por parte del ESMAD y pienso que no puede ser que nos acostumbren al número. No es una cifra, es una vida.

Ya eran las diez y cincuenta de la noche. Tuve en el momento, a mi lado, un cariño efímero, un abrazo, la voz, la certeza constante. Y yo pensaba, mientras me alejaba del hospital, si tal vez, la compañía con la que me encontraba podría reemplazar la impotencia, la ansiedad y  la desesperanza genuina con la que estaba cargando en mis manos esa noche trascurrida. Y no.

Anexo: El 23 de noviembre, durante las manifestaciones en Bogotá, Dilan Cruz fue herido en la cabeza por un proyectil usado por un agente del escuadrón móvil antimotines. El 25 de noviembre fallece. El 28 de noviembre, dos días después de la muerte de Cruz, el Instituto Nacional de Medicina Legal confirmó que Cruz resultó muerto por una “bean bag” disparada de una escopeta que le causó “trauma penetrante” a su cráneo.

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María Acosta / @Paunks

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El día que murió Dilan (Tintas en la crisis)

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George Orwell y un diario como legado