El día en que todo un país fue ascendido a coronel

Un año atrás, la noticia sobre el deceso de Gabriel García Márquez retumbó entre sus cientos de miles de lectores. Para conmemorar este aniversario, publicamos tres notas sobre tres aspectos diferentes del autor de Cien años de Soledad.

La noche anterior al miércoles 17 de abril de 2014, había salido con un amigo a quien desde diciembre no veía. Algo ebrio de cerveza, llegué a casa cerca de la 1 a.m., y cual guillotina, caí tajante en mi cama. No estuve durmiendo bien los últimos días y como para compensar, desperté a eso de las 3 de la tarde. Encendí mi computadora y televisor, como acostumbro cuando mis horas de sueño terminan, para mantenerme informado. Lo primero que vi fue un titular que me causó un vacío en la boca del estómago: “Medios mexicanos confirman la muerte de Gabriel García Márquez”. No exagero cuando digo que unos cinco segundos después de terminar de leer el apellido Márquez, dos ventanas de chat saltaron en la pantalla del portátil: “Santi, estoy llorando, estoy temblando, estoy en shock… Vos sabés lo que él significaba para mí”, –decía una amiga, cual amante despechada; y otra -con unas referencias algo más religiosas-, me contaba que en medio de su tristeza saldría a la calle, esperando empaparse de la lluvia del cielo en el que Gabriel García Márquez estaba abriéndose camino.

“¡Puta madre!” exclamé en mis adentros cuando no era un solo medio, sino también El Espectador –diario que propulsó a Gabo-, El Colombiano, El Tiempo y un sinfín de prensas nacionales e internacionales, quienes despedían al Nobel de literatura de 1982 en mi bandeja de entrada, en la red social de Zuckerberg. Sumados a estos, otro número grande de contactos de mi perfil había publicado fotos y/o frases alusivas al célebre fallecido. Realmente no era increíble, pues nunca me ha parecido increíble la muerte de nadie, pero sí fue un asunto repentino, inesperado, sorprendente.

Como se lo he afirmado a muchas personas cuando tocamos el tema de la literatura, de lo poco que he leído de él, han sido más pocas aún las cosas que con énfasis he dicho que me han gustado. Tal vez deba leer más de él y conocer más a fondo su Macondo, sitio recurrente en lo poco que he ojeado, y una de las razones por que no me ha interesado mucho leerlo. Junto con su burbuja repetitiva de Macondo y, posiblemente, la razón más fuerte que tengo hoy para decir que me he negado a pasar mis ojos por las letras de García Márquez, es su realismo mágico. Yo sé que soy un don nadie: no he terminado mi carrera de Comunicación Social por mi trabajo de grado –que, más que un disfrute, se ha convertido en un karma-; apenas logré conseguir un trabajo de medio tiempo en Medellín y ya estoy pensando en cómo costearme la carrera de Filología en la Universidad de Antioquia –si es que soy admitido-. Yo sé que no soy el más apropiado para dar un veredicto de manera tan precisa; pero de todos modos, tampoco he entendido nunca que a alguien de la talla de Gabriel no se le pueda cuestionar, sino simplemente halagar, por su grandeza. No es mi escritor favorito, y en mi biblioteca, hasta donde recuerdo, de sus libros sólo cuento con El coronel no tiene quién le escriba y Doce cuentos peregrinos –que es propiedad de mi hermano-

Volviendo al tema del realismo mágico y, como dije, el motivo de más peso que tengo para no gustar de la literatura del oriundo de Aracataca es que, con este, me recuerda lo supersticiosa que es Colombia: me recuerda que de cada paso que avanza, retrocede dos. Odio con fervor las creencias populares, tan arraigadas en nuestra cultura, en las que todo un pueblo paralizaría sus labores sólo porque un cuervo pudo atravesar sus aires, o en las que un fenómeno de pareidolia tiene más fuerza que cualquier voluntad. Odio que me recuerde lo chismosa y entrometida que es la mayoría de colombianos en las vidas de la demás gente, como por dar un ejemplo, en la muerte de Santiago Nasar, en la que gran parte del pueblo vio desde la comodidad de sus casas al protagonista de Crónica de una muerte anunciada desangrarse, pero no levantó un dedo en su auxilio.

Como hay tantas cosas que detesto, también debo hablar de las pocas que admiro, pero que admiro con ahínco. Las letras que más recuerdo, son de su cortísimo cuento Un día de estos, que convierten en ejemplo tangible aquello de “la carpintería de la escritura” que tanto se mencionó en una de las clases de redacción en la carrera, por parte de Jaime Atehortúa –a quien estimo como profesor, y detesto como asesor de grado-. Este relato me hizo dar escalofrío por lo bien compuesto que está. 

Por ejemplo, el protagonista es Aurelio Escovar, un organizado y responsable odontólogo sin título que, se deduce dentro del texto, trata con frialdad a toda persona, no sólo a su hijo y ayudante. Pero, me parece, es de mayor admiración el hecho de que en el mismo nombre del personaje central ya se estén dando pistas de la personalidad de éste, en forma de dicotomía: “Aurelio”, al tener todas las vocales, es una palabra que denota perfección y es afín a lo organizado y meticuloso de sus maneras: aseado y cuidadoso con lo relativo a su trabajo, por decir poco; y “Escovar”, al tener una V, en lugar de una B, como comúnmente se escribe, da a pensar y completa la imagen de persona imperfecta, fría y descuidada en cuanto tiene qué ver con el trato a los demás, e incluso, la limpieza de lo que no es relativo a su profesión, como aquél cielorraso en el que había una telaraña con insectos muertos y huevos de araña. Hay qué tener una mente vasta para, de detalles tan simples, ser capaz de describir un concepto tan amplio.

Para no extenderme más sobre estos asuntos, otro relato que me asombra, es el de El avión de la Bella Durmiente, en que el autor describe su imaginado amor con una elegante mujer, en un vuelo de París a Nueva York. Es de esas pocas veces que he leído cómo alguien puede, con finura, desvestir a una fémina, y además de eso, admitir con humildad lo contrariado que se siente al respecto, y con el ambiente que habita de momento, como el repudio a la fastidiosa anciana holandesa.

¬Antes de salir, en la noche, me quedé encerrado en casa viendo algunos de los reportajes y mini-crónicas de las que había hecho parte Gabo, todas llenas de fotos de él: con las piernas subidas en su escritorio de El Espectador; en el restaurante La Cueva, en Barranquilla; después del famoso golpe de Vargas Llosa –incidente del cual, Plinio Apuleyo Mendoza, no sólo se refirió como una situación tonta, sino que aparentemente confirmó lo que muchos pensaban: se debió a una escena de celos por parte del Nobel peruano-; y muchas más.

Videos de su controversial relación con Fidel Castro pasaron en la pantalla de mi televisor, y repeticiones del momento en que el rey de Suecia hace entrega del más grande reconocimiento a nuestro compatriota, con trompetas rechinando de fondo, su esposa e hijo aplaudiendo, y él, un enano de cejas pobladas, orejón y arrugado, sonriendo como un niño de cinco años. No pude evitar pensar en que, efectivamente, uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, y que lo más probable es que quienes no lo hayan leído, ni se hubieran interesado en conocer un poco de su obra, convirtieran cuanta librería se cruzaron en una porquera, buscando libros que ni sabían que existían, a pocos minutos de enterarse de su deceso. Así como cuando murieron Michael Jackson y Amy Winehouse, momento en que la mayoría de personas se volvieron conocedores expertos de la vida y obras de estos músicos: se sabían sus letras –ya fuera o no con un inglés malhablado-, sabían los nombres de cada uno de sus trabajos discográficos y hasta con quienes habían tenido amoríos. Pobre Gabo, lo más factible es que RCN o Caracol se peleen cuál va a transmitir la novela de su vida, como cuando partió el gran Joe Arroyo.

Son poco más de las ocho de la noche cuando, nuestro presidente, Juan Manuel Santos, habla unos quince minutos sobre la tristeza que deja el fallecimiento de García Márquez. Hace poco, decía una compañera de trabajo que la reelección de Santos se ve muy difícil por motivo de lo hipócrita que fue su indignación como objeto de burlas por aquél video en el que abre esfínteres en Barranquilla, pero el poco garbo que tuvo al mofarse del Parkinson de Mockus; y por el hecho mismo de su cáncer y que, citándola, “estadísticamente, son muy pocas las personas que eligen a un presidente enfermo”. El Grinch, o Chucky, como le llaman muchos, declara luto nacional de tres días, e izar bandera a media asta –tal vez uno de sus pocos aciertos como mandatario-. Ojalá mi compañera esté en lo cierto sobre lo de las estadísticas. Muestra de lo salido que está el hombre, son prueba su cuenta de Twitter, o aquella joya de “ese paro agrario nacional, no existe”. En su discurso de luto al Nobel, le faltó decir: “la muerte de Gabo, no existe” –que habría sido poético- o, como es sabido lo de sus blanqueos mentales en vivo, y entre tartamudeos, rematar con un vehemente: “Gabo no existe”, para terminar de mandarse al país encima.

No seré tan desgraciado, y defenderé al señor este, con respecto a su publicación de Twitter, en vista del montón de burlas que, de nuevo, volvió a generar. “Mil años de soledad y tristeza por la muerte del más grande colombiano de todos los tiempos!”, comenta una parte de sus 140 caracteres. De cierto modo, no serán sólo cien años de soledad -y tristeza-, por la partida del escritor, sino muchos más. De cierto modo, también me da tristeza el pensar que dentro de cien años –o más-, el escritor pueda no tener el mismo valor que tuvo en esta era, y sea olvidado como muchos. El tiempo lo dirá, y el tiempo le ha favorecido; aunque parece que no en su país.

Me inquieta haber visto un reportaje en el que la mayoría de estudiantes del Colegio Gabriel García Márquez -de Bogotá, si no me equivoco-, ignoran por completo quién es el Nobel colombiano, una de las pocas “glorias” nacionales, como también suelen llamarle a Isabel Urrutia, o Mariana Pajón. Si en ese reportaje vi dos estudiantes que con propiedad dijeron “es el escritor de El coronel no tiene quién le escriba”, vi muchos, pues hubo uno que, como Santos, dijo: “Mil años de soledad” –aunque le reconozco que tenía la idea en la mente-. Los demás decían que era un pintor, y que por eso había murales en su institución; otros decían que era sólo el que había fundado el plantel, y por eso su cara estaba pintada en las paredes. Incluso hubo alguien, quien con más osadía, decía que era el escritor de El otoño de Patricia. Espero que la equivocación se haya debido al susto que genera estar en frente de una cámara. Me atrevo a decir que, como razón cíclica, esa es una de las razones por las que el señor en cuestión fue exportado a México: uno no se queda donde no es valorado.

A pesar de todo lo que he dicho, puedo afirmar sin temor a equivocarme, que el 17 de abril del 2014, a eso de las 3 de la tarde, cada habitante de Colombia, sin saberlo, fue ascendido a Coronel. Colombia, técnicamente, desde que Gabo anunció su retiro de la escritura a causa de su falla de memoria, perdió quién le escribiera; pero con su muerte se reafirma que unos 47 millones de Coroneles, no tendrán quién documente y refleje en sus renglones, con la sencillez que se cuentan dos personas una receta, las verdades, imaginarios, aspiraciones y supersticiones de todo un país, y hasta un continente. Adiós al Coronel. Se fue el carpintero, y de él quedan, volando, mil mariposas amarillas.

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