El diálogo en tiempos del coronavirus (II) (Cuentos de sábado en la tarde)

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Ciro es uno de los adultos mayores que han sido aislados a causa del coronavirus. A través de una serie de diálogos con la Muerte, trata de hacerle frente a esta situación, aunque, al parecer, quien necesita hacerle frente a esta situación es ella.

—¿A cuántas personas he ayudado? —La Muerte flotó hasta el centro de la sala y se sentó sobre la alfombra—. No lo sé…

—Claro que sí, —la animé—. Una niña tan hermosa y fuerte como tú ha tenido que transmitir esa energía a otros.

—No soy hermosa ni fuerte —dijo en un hilo de voz.

—Eres hermosa y fuerte porque sobre ti recae toda la tristeza del mundo. Eres hermosa y fuerte porque la aceptas, la absorbes, sigues existiendo a pesar de ella. Eres hermosa y fuerte porque ves a través de nuestra humanidad y aun así nos ayudas a sobrevivir a esto que llamamos vida.

Si está interesado en leer la primera parte de estos diálogos, ingrese acá: El diálogo en tiempos del coronavirus I (Cuentos de sábado en la tarde)

La Muerte alza la vista, me mira y tuerce un poco el cuello hacia un lado.

—Eso no es cierto, siempre han dicho que soy fea y cruel. Que soy su enemiga.

—Bueno, eso lo dicen porque te imaginan como una calavera con guadaña —le respondo riendo.

 

La Muerte da un salto y vuela hasta escasos centímetros de mí. Tiene los ojos enrojecidos y las mejillas encendidas. Tiene mil sentimientos revueltos, lo percibo, y me dan ganas de abrazarla como si fuera la nieta que nunca tuve.

 

—Prométeme algo —me pregunta, o mejor, me suplica.

—Lo que quieras.

—Diles a todos cómo soy en verdad.

—Pero para poder hacer eso necesito que me cuentes cómo eres.

 

La Muerte se muerde los labios y vuelve a alejarse. Se queda suspendida en el aire por varios segundos con la cabeza gacha, pensando.

 

—Está bien. No soy muy buena contando cómo soy, pero lo intentaré.

—¿Y si jugamos lo que te propuse? De pronto te ayude.

—Pero sólo sé llamar el alma de los que están a punto de morir…

—Háblame de eso, ¿quién lo ha necesitado? ¿Quién lo ha deseado?

—Tu mamá… —dice luego de un momento.

 

Me quedo frío. “¿Mi madre? No puede ser, ¿cómo podría desear la muerte cuando yo apenas tenía doce años, cuando su hijo estaba sufriendo tanto?”. 

 

—¡Tiene explicación! —exclama al percibir mi reacción.

 

Flota de nuevo, da vueltas alrededor mío y se vuelve a morder el labio. “Está pensando, está concentrada. Se muerde el labio cuando hace eso”.

 

—Cuéntame, querida Muerte. ¿Por qué mi madre te deseaba? ¿Cómo la ayudaste?

—No sé cuándo comenzó exactamente… De pronto fue en una de tus recaídas.

 

Una de mis “recaídas”. Era lo más cercano a lo que en verdad sentía: perdía los reflejos, mis pupilas se dilataban mientras escudriñaban la oscuridad que me cubría, me dolían todos los músculos, sentía que flotaba tal como flota la Muerte. Subía, subía y subía en medio de un vacío eterno hasta llegar al umbral del fin. Y cuando creía que ya no podía más, cuando pensaba que el fin me devoraría, me despertaba agitado. Después llegaba mamá y me abrazaba, me arrullaba, me besaba; luego intentaba darme de comer, pero a veces mi boca no era lo suficientemente fuerte para abrirse y masticar. Cuando eso pasaba, lloraba sobre la comida que se me iba y caía al piso. Y entonces mamá volvía a abrazarme y a arrullarme. 

 

—Estuve sola, pero ya no lo estoy —canta la Muerte—. Seguí el rastro de tu amor hasta encontrarte, y ahora mi corazón retumba con tus melodías. Nuestros caminos se cruzaron, contigo conversé y reí, y ahora nada ni nadie te sacará de mis memorias más queridas.

—La canción de mamá…

—La cantaba para sacar fuerzas de donde no las tenía. La cantaba para cuidarte a pesar de todo, a pesar de ella misma.

—¿Fue muy difícil para ella cuidarme?

La Muerte apenas asiente, como si tuviera miedo de confirmarlo.

—Claro, me imagino… También fue difícil para mí. Lo sabes.

—Lo sé.

 

La Muerte se sienta sobre mis piernas ahora. Levanta la mano, duda, la sube un poco más, se la tomo y la termino de subir hasta mi mejilla. Le sonrío, ella me sonríe de vuelta.

 

—Mis momentos más felices eran cuando podía ir al colegio —continúo—. Cuando no estaba en el hospital, entubado, lidiando con mis dolores musculares y respirando de a ratos, me encantaba vestirme y salir de casa. Me gustaba que mamá me llevara al colegio y sentir el viento susurrando. Me refugiaba en los cuentos que leíamos en clase de español, en las flautas de las clases de música y hasta en el número pi, que es infinito y así quería que fueran mis días cuando podía llegar al colegio y estudiar como cualquier otro niño, vivir como cualquier otro niño. Era un respiro, me daba tranquilidad.

 

—Eso no lo sabía. Me habría gustado verlo y ser feliz contigo. 

La Muerte baja su mano y me esconde la mirada. Ya no se muerde el labio sino que arruga la frente y juega con sus manos. 

—¿Me quieres decir algo, querida Muerte?

—No puedo… Me es imposible.

—¿Qué es lo que no puedes?

—Estar con personas que están en paz con la vida.

“¿Eso quiere decir que no estoy en paz con la vida?”. 

—No, no lo estás… Por eso puedo estar aquí, refugiándome en ti como te refugiabas en tus clases. Perdón —me dice al ver mi reacción—, puedo escuchar tus pensamientos.

—Ah…

—A causa de tu enfermedad, llegó el punto en que tu mamá tampoco pudo estar en paz con la vida, algo escuché en sus pensamientos cuando… —La Muerte vuelve a dudar, me mira de soslayo, y le vuelvo a tomar la mano. Se la aprieto para invitarla a continuar—, cuando sus emociones la traicionaban y deseaba la muerte, en lugar de seguir cuidándote y ver lo mucho que sufrías.

—No la culpo. Hizo lo que pudo.

—Y más que eso.

 

Mamá murió en una tarde soleada, como si el clima se burlara de nuestra desgracia. Murió en uno de aquellos días en los que había podido ir al colegio y había sido especialmente feliz. En clase habíamos leído un poema de Mario Benedetti y durante todo el camino de regreso no había hecho más que recitarle el poema a mamá con emoción. “No te rindas, aún estás a tiempo de alcanzar y comenzar de nuevo, aceptar tus sombras, enterrar tus miedos”, le declamaba casi gritando.”No te rindas que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir tus sueños, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo”. Mamá estaba feliz y mi felicidad aumentaba al verla bien. Por esa época, mi tía se había trasteado a nuestra casa, después de que su negocio en Chaparral hubiera quebrado, y eso había aliviado los quehaceres de mamá, al igual que su humor, pues en Ambalema parecía que el negocio sí era rentable y nos ayudaba a pagar los servicios públicos, la comida y mis medicinas. Todo iba bien, tan bien que parecía irreal.

 

—Iba tan bien que por eso se dejó entregar —dice la Muerte, contestando a mis pensamientos—. Le hice caer en cuenta de que ya podía descansar, que tú estarías bien, que yo no te llevaría porque aún tenías mucho que vivir, mucho que hacer, mucho que sufrir y también que disfrutar. Perdóname, pero es mi trabajo. Ella sufría en silencio, y hasta no verte bien, no iba a ceder ante mí.

 

Así fue como Bertha Angarita murió de fibrosis pulmonar idiopática. Después de dejar a su hijo jugando con su tía, se dirigió a su habitación, cerró la puerta y se acostó en la cama. Poco a poco se le fue yendo el aire y también el alma, sintiendo lo que sentía su hijo cada vez que recaía y sucumbía ante el polio. También subió, subió y subió en medio de un vacío eterno hasta llegar al umbral del fin. “Él estará bien”, le dijo la Muerte, y con ello se dejó devorar por el final. La Muerte tomó el alma de Bertha y se la llevó consigo. También tomó toda su tristeza, su nostalgia y su sufrimiento, y así, Bertha fue libre.

 

—Gracias… —le susurro y la abrazo.

Ella se deja abrazar y llora en mi regazo.

—No te rindas, por favor no cedas —le digo, declamando el poema de Benedetti—. Aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, porque lo has querido y porque te quiero”.

—Yo también.

 

Seguidamente, se zafa de mi abrazo y se aleja un poco.

—Debo irme.

—¿Ya me dejas?

Ella vuelve a acercarse y toca mi pecho.

—Me voy, pero permaneceré aquí. Al fin y al cabo es mi deber para con los que no están en paz con la vida.

—¿A dónde vas?

—Hay un niño. —Se detiene un poco antes de continuar—. También le gustaba ir al colegio. Ya no puede ser acariciado por el viento, como tú tampoco pudiste. También se refugia en cuentos y en el número pi. —Se detiene de nuevo, traga saliva, ya sé qué va a decir—. Pero, a diferencia de ti, él sí va a morir.

—Creí que el coronavirus no afectaba a los niños.

—Las estadísticas no rigen mi trabajo.

— Nuestros caminos se cruzaron, contigo conversé y reí, y ahora nada ni nadie te sacará de mis memorias más queridas —le digo a manera de despedida.

—Y, sin embargo, hoy nos toca decir adiós. ¿Quién escuchará los ecos de tus melodías? —responde la Muerte, siguiendo la letra de la canción de mamá.

—Tan sólo deja que suenen, y así, algún día nos reencontraremos.

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