El elogio de la dificultad

Ayer, en el Teatro Metropolitano de la capital antioqueña, la orquesta presentó el mismo programa con el que hizo su primera aparición en junio de 1993, bajo la dirección de Alberto Correa Cadavid.

La Orquesta Filarmónica de Medellín, en uno de sus conciertos recientes.  / Fotos: Cortesía OFM
La Orquesta Filarmónica de Medellín, en uno de sus conciertos recientes. / Fotos: Cortesía OFM

La destartalada camioneta Ford modelo 61 devoraba kilómetros a dos por hora y tosía cada tanto, como si el peso de los timbales y las tamboras y los atriles que cargaba fuera excesivo. Tosía y se retorcía, y así continuaba su marcha, llevada a los trancazos o con mesura por Alejandro Posada. Todos los sábados desde abril del 83 eran similares. Fueron similares. Todos los sábados desde entonces fueron un milagro. La camioneta de floristería que se transformó en bus y camión de carga y hacía un recorrido como de escuela para que ningún músico se quedara; un garaje, el garaje del maestro Alberto Correa en el barrio de Belén La Palma, que se volvió escenario de ensayos; fotocopias de aquellas de papel brillante para los músicos; un instrumento a cambio de otro. Eran músicos, pero también tuvieron que ser mensajeros, choferes, contadores, gerentes, electricistas y remendones, lo que se necesitara.

Unos años más tarde, incluso, resignaron un 30 o un 40 por ciento de sus salarios para poder continuar con la orquesta. Que les pagaran esos dineros cuando hubiera con qué, decían, y firmaron un nuevo contrato. “Lo importante era seguir”, recordaba ayer nada más Beatriz Loaiza, fagot, una de las pocas que han vivido día tras día estos 30 años de la Filarmónica. Y siguieron como músicos, inmersos en el tempo y la armonía, en Mozart, Haydn y Mahler, pero también fueron lo que se requiriera. “El elogio de la dificultad”, como sugería el filósofo Estanislao Zuleta. “Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil. No solamente sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa misma, sobre la predilección por todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades”.

La idea de crear una orquesta había surgido unos cuantos meses antes de aquel abril, pues ya no bastaba con un grupo de coros para interpretar el Mesías. Se necesitaba una orquesta. Alberto Correa se reunió con Posada, y luego con Beatriz Loaiza y con Claudia Naranjo y con algunos más, y así, uno por uno, ellos, y algunos profesores, y antiguos integrantes de la Sinfónica de Antioquia, y uno que otro retirado, y varios estudiantes, todos fueron llegando y todos se involucraron con el proyecto. La primera gran cita fue el sábado 16 de abril de 1983, en el garaje de la casa de Correa. Dos meses después, la Filarmónica era una realidad y se presentaba por vez primera ante el público, en el teatro Pablo Tobón. Correa dirigió la velada, como ayer. El programa, como ayer, decía: “Obertura de Las bodas de Fígaro, de W.A. Mozart. Sinfonía Nº 3, Eroica (Heroica, en español), en mi bemol, de L. van Beethoven, y Concierto Nº 2 para chelo en re, de J. Haydn”.

Los viejos buenos tiempos de la música en Medellín se habían diluido. “Porque antes, en los 40 y 50, y un poco más hacia acá, pasaban por la ciudad los grandes solistas que se presentaban en Europa y Estados Unidos e iban rumbo a Buenos Aires. Estuvo Rubinstein, por ejemplo. Las emisoras de radio tenían orquestas para musicalizar sus programas, con músicos de planta. Había teatros importantes en Junín y Bolívar. Medellín, además, tenía varias disqueras, Sonolux, Discos Fuentes”, recordaba Posada. La Filarmónica era un intento por resucitar aquella vieja pasión, pero los obstáculos surgían desde cualquier rincón. Llegaron los últimos años 80 y los 90. Medellín se transformó. Terror, miedo. La Sinfónica desapareció. Hubo acusaciones, señalamientos, declaraciones fuera de lugar, intenciones truncas por fusionar los dos grupos, encuentros, cartas que iban y volvían, llamadas.

Álvaro Uribe era entonces gobernador de Antioquia. Según Posada, “habíamos acordado una reunión para fusionar las dos orquestas. Sin embargo, todo se fue al traste. Entonces apareció Uribe con unas estampitas de convivencia para celebrar el supuesto acuerdo”. El posible acuerdo se rompió. La crisis desembocó en un todo o nada. O la situación cambiaba o la orquesta moría. Como evocaba Alfonso Arias, el gerente durante los últimos tiempos, “decidimos profesionalizarla, con 17 músicos excelsos que a su vez fueran profesores, y conseguimos un apoyo fundamental del Ministerio de Cultura, por aquel tiempo en manos de Juan Luis Mejía”. Hubo contratos con firmas y sellos. Ensayos programados. Instrumentos. Convenios con universidades y academias. Promoción, convocatorias y escuela. La Filarmónica empezó a meterse en la sociedad y comenzó a ser una alternativa de vida.

Cientos y miles de niños a través de la Red de Escuelas de Música de la ciudad, y de la Filarmónica, se integraron. Ayer, muchos de ellos estuvieron en el Teatro Metropolitano. Aplaudieron, recordaron. Le hicieron una especie de venia a la música y a aquellos intérpretes que sobre el escenario habían plasmado con su virtuosismo una historia larga, difícil, compleja, a aquellos músicos que horas antes, tal vez para sacarse los nervios de encima, habían concluido que, a veces, una inexactitud le puede dar riqueza a una obra, y habían bromeado sobre las personalidades de cada quien y sobre la influencia de su instrumento en el carácter. Porque un violinista es virtuoso, y como virtuoso le gusta ser centro de atención, decían. Porque el que toca el contrabajo es más analítico, conoce mejor una orquesta, decían. Porque los trompetistas tienen un ego inmenso, decían, y los pianistas son estrellas.

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