El embajador del Pacífico

Germán Patiño Ossa dedicó buena parte de su vida a destacar la cultura de ese litoral. El Festival Petronio Álvarez y la biblioteca de cocinas tradicionales de Colombia hacen parte de su gran legado.

Germán Patiño Ossa, quien falleció en Cali a la edad de 66 años, fue uno de los fundadores del Festival Petronio Álvarez. / Cortesía ‘Diario de Occidente’

Hay ironías que sólo saltan a la vista cuando alguien muere. Y eso está pasando con Germán Patiño desde ayer en Cali, cuando se supo la noticia de su repentina muerte a los 66 años por complicaciones cardíacas debidas al prolongado consumo de cigarrillo.

Quienes conocieron en vida a Patiño lo recuerdan por una generosidad sin límites, por su risa contagiosa, por la bondad de sus actos y también por su baja estatura. “Era pequeño, pero construyó una gran obra sin mayores aspavientos. Como pocos, investigó, recuperó y puso en primer plano las tradiciones culturales del Pacífico”, recuerda Óscar Losada, realizador de televisión que trabajó de su mano en varios proyectos.

“Germán siempre decía que había tres formas de conocer una cultura: a través de su música, de su comida y de sus libros”, apunta uno de sus grandes amigos, Luis Guillermo Restrepo, director del área de opinión en el diario El País de Cali, donde Patiño escribía la columna Al Margen cada lunes desde hace más de diez años.

Patiño fue un hombre inquieto. Si bien nació en Cali el mismo día en que la ciudad celebra su aniversario, el 25 de julio de 1948, muy pronto salió de ella con dirección a Río de Janeiro, Brasil, donde estudió la primaria en la escuela Mello Souza.

Esto fue posible gracias al apoyo de su padre y uno de sus tíos, cónsul honorario de Brasil en Cali durante 40 años, que se casó con la pintora María Teresa Negreiros, una gran influencia en la vida de Patiño. De regresa a Colombia se instaló en Cartagena, donde culminó el bachillerato e inició sus estudios universitarios en la Escuela Naval Almirante Padilla. Aunque no existe un registro claro, hay quienes sostienen que en esa ciudad montó un bar de salsa, género por el cual mostró su gusto desde temprana edad, algo que cambiaría con el paso de los años y que sería reemplazado por la pasión que le generaron los ritmos del Pacífico.

Pasada la fiebre musical y graduado como cadete, Patiño viajó a Bogotá para inscribirse en la Universidad de los Andes. Allí cursó varios semestres de antropología y, en medio de la agitación política del momento, se enroló en el movimiento Juventud Patriótica. Esa aventura culminó en 1972, cuando se retiró de la universidad y decidió regresar a Cali.

En la capital del Valle participó en el Movimiento Obrero Independiente Revolucionario, MOIR, y en la lucha sindical de la época. Compartió un apartamento, primero en el barrio Bretaña y luego en San Antonio, con el escritor Darío Henao, en donde se armaron grandes debates sobre literatura y política.

“Germán tenía gran fortaleza teórica, leyó a Marx y a Mao, pero además a la generación perdida de escritores norteamericanos, así como al boom latinoamericano”, recuerda Henao, y agrega: “Pero su pasión fue la cultura popular. Era salsero de andar con los discos debajo del brazo. La gustaba mucho Se me perdió la cartera, un tema de Larry Harlow, y pedía que se lo pusieran en El Chorrito Musical, un bar en el barrio Obrero”, recuerda Henao.

A pesar de su radicalismo, Patiño dio un giro que algunos de sus amigos consideraron “voltereta” y al comenzar la década de los 90 se acercó al Partido Conservador, más concretamente a Germán Villegas, un líder azul que fue alcalde de Cali en 1995 y luego gobernador del Valle en dos ocasiones. “Se destacó durante la primera campaña de Villegas por ser el hombre detrás de los discursos y las ideas”, reconoce Luis Guillermo Restrepo.

Siempre que sus amigos de la izquierda le reprochaban el trabajo con los gobiernos “godos”, Patiño les contestaba: “Lo importante es apoyar las causas justas y nobles de la humanidad, sin mirar desde qué lugar lo haces”, recuerda Henao. Pero más allá de sus ideas y su trabajo político, el gran legado de Patiño es que se convirtió, con su pasión por la cultura del Pacífico, desde su música y su cocina, la cual exaltó en su libro Fogón de negros, con el que ganó el premio a la memoria Andrés Bello, en uno de los mayores embajadores de esta zona olvidada del país.