El embajador y el diario perdido de Marilyn Monroe

Raúl Vallejo, representante del gobierno de Ecuador en Bogotá, venció a los escritores colombianos con una novela corta que ratifica su talento.

/ Archivo - El Espectador

Hace dos años había leído ‘Acoso textual’ (Mondadori), innovadora novela epistolar basada en la era digital a partir de correos electrónicos y las múltiples máscaras de los cibernautas. Me impactó por el punto de vista narrativo, por la propuesta estética, por la madurez en el uso del lenguaje, por la eficacia del argumento y la verosimilitud de los personajes. Ejemplo de cómo ficcionalizar esta época impersonal, fragmentada, donde la identidad de todos se torna difusa y la ambigüedad de la condición humana queda expuesta como nunca antes. Acoso textual es un perturbador viaje por el universo virtual en el que flotamos, “ese adentro sin fin, inmaterial”, que “revienta existencias”.

Raúl Vallejo, el autor de la obra declarada pionera en ese tema en la literatura hispanoamericana, es el embajador de Ecuador en Colombia y acaba de ganar el prestigioso Premio Nacional de Novela Corta Pontificia Universidad Javeriana. La poeta, ensayista y profesora Luz Mary Giraldo me advirtió de la sólida trayectoria de este autor de 16 libros entre novelas, poemarios, cuentos y ensayos.

El fallo del jurado, integrado por los escritores Alejandra Jaramillo Morales, Liliana Ramírez Gómez y Miguel Mendoza Luna, ratifica aquella percepción del talento de Vallejo en ‘Acoso textual’. Dicen ellos de ‘Marilyn en el Caribe’, la obra ganadora: “...una novela fresca y de escritura muy fluida en la que hay que destacar también el manejo de los diálogos. La estructura de la novela propone una lectura con diversas líneas de interpretación; presenta un juego metaficcional entre sujetos históricos y personajes de ficción, conjugados de manera verosímil. Además, combina diversos registros de lenguaje, logrando un universo poético y narrativo pleno de posibilidades estéticas”.

‘Acoso textual’ se llama el blog de Vallejo con un rincón titulado “Invención de sí mismo”: “como el ayunador de Kafka que no encontró comida que le gustara, yo escribo porque no he encontrado otra manera de ser y estar en la vida”. Método: “paciencia china y perseverancia de tallador de piedra de iglesia colonial”. Formación: alumno del taller del novelista Miguel Donoso Pareja; lector voraz: “cuando tenía diez años y estaba en cama con paperas, una prima mía me regaló Adiós a las armas, de Ernest Hemingway”.

¿Qué significa para usted el Premio de Novela Corta de la Universidad Javeriana?

Un premio siempre es una pequeña gran alegría por lo que significa, en términos de respuesta al solitario proceso de escritura. Por más libros que uno haya publicado siempre tiene dudas y temores frente al libro que ha terminado. Por eso, el premio funciona como una suerte de gratificación espiritual puesto que significa que la propuesta estética que uno ha trabajado, de alguna manera funciona. O, al menos, funciona con ese trío de lectores privilegiados, que es el jurado al que uno no conoce, trío al que el texto de uno le ha dicho algo que lo ha conmovido. En el caso particular de este premio, para mí siempre será motivo de orgullo haberlo ganado por la seriedad de la que goza la convocatoria.

Conocí la novela El inquilino, de Guido Tamayo, que ganó la primera edición del premio y de ella escribí en mi blog que se trata de “una novela escrita con lenguaje sustantivo, apretado y de honda resonancia espiritual, que encierra la confrontación del individuo, desde su soledad existencial y su ser auténtico, con la crueldad del mundo y la derrota del artista, desde la inutilidad de la escritura, frente a la dolorosa constatación de la muerte”. Ojalá mi obra Marilyn en el Caribe esté a la altura de la hermosa novela de Guido Tamayo, que prestigió el premio desde su nacimiento.

¿De qué trata ‘Marilyn en el Caribe’, que será publicada por la Javeriana y Penguin Random House?

Los personajes son un viejo jardinero yanqui que, tras el final de la Guerra Fría, vive olvidado en La Habana, en medio del juego de espías de aquellos años, juego que, por cierto, ya no existe más; también hay una jinetera mulata que, asumiendo su transfiguración en Marilyn como parte de un juego de seducción preparado como una celebración, es ella misma una esperanza para el viejo jardinero. Y, junto a los dos, está un santero, vecino de Coppelia, que prepara el rito de purificación, para bendecir la memoria de Marilyn, durante la noche del 4 al 5 de agosto de 2012. Marilyn, convertida en icono, atraviesa el amor disparejo del jardinero y la mulata.

¿Cuál es la propuesta de metaficción de que habla el jurado?

Como elementos intertextuales existen un diario perdido de Marilyn Monroe que, desde la ficción, devela la peligrosa relación entre la opresiva razón de Estado y la libertad del sexo; y también la descripción de escenas de The Misfits (Los inadaptados), la última película que hiciera Marilyn. En el diario, Marilyn, por consejo de su psicólogo, escribe su relación con los Kennedy y la depresiva situación en la que se encuentra momentos antes de su muerte. En la sala del cine Yara, el jardinero yanqui asistirá al encuentro definitivo con Marilyn.

¿Qué papel cumple el cine en la estructura?

‘Marilyn en el Caribe’ es una novela corta que, al mismo tiempo que rinde un homenaje en clave de parodia a la literatura de suspenso asume el lenguaje del cine como elemento sustancial de su narrativa para contar una historia de amor que reverdece el otoño y la vida gris de unos personajes enfrentados a una cotidianidad que, por razones de supervivencia, se vuelve domésticamente heroica. La novela, atravesada por la intriga amorosa y política, conmemora, desde las realidades contemporáneas de los habitantes de una Cuba bloqueada, los 50 años de la muerte de Marilyn Monroe.

¿A qué horas escribe ficción, y con qué método, un diplomático?

Soy un escritor que está de embajador, de la misma forma que durante mi vida he estado de periodista, profesor, rector de colegio, ministro, etc. Por tanto, no importa qué trabajo desempeñe, siempre la escritura es un elemento esencial en mi cotidianidad. Y como no veo televisión ni poseo cuenta de Facebook y, además, tuiteo poco, tengo mucho tiempo —eso sí, con disciplina muy rigurosa—, para escribir durante las noches y los fines de semana.

Usted está en el mundo de la política y a la vez hace literatura. ¿Cómo enfrenta ese dilema?

Asumo la política como un deber ciudadano; algo que ha sido más o menos común en nuestra América. Recordemos que, el mismo tiempo que construían una tradición literaria, los intelectuales del siglo XIX también contribuían a la construcción de los nacientes Estados nacionales. Yo estoy en el mundo de la literatura y, además, participo en la política. Igual que lo haría cualquier otro ciudadano; o, ¿será más fácil, por ejemplo para un médico, ejercer la medicina y participar en política? Me parece, además, que se han sobredimensionado tanto la necesidad de “pureza” de los escritores frente a la res pública así como la “impureza” del mundo político. Sin ejercer cargos públicos, Julio Cortázar fue un ejemplo de un escritor de literatura con militancia política definida. Y, en última instancia, me parece que, tanto en la política como en el amor, el espacio que uno no ocupa siempre lo ocupa otro.

De su obra leí Acoso textual (Quito, 1999; La Habana, 2009; Buenos Aires, 2011; Bogotá, 2012) y me pareció una apuesta narrativa experimental e innovadora teniendo en cuenta la era digital en que vivimos. ¿Qué lecciones le dejó esa aventura?

Acoso textual es una novela epistolar que ocurre en el espacio cibernético del mundo virtual. La novela, que tuvo el privilegio de ser pionera en esta experiencia en la literatura Hispanoamericana, habla de ese desgarramiento vital, profundo, contradictorio, que provoca la identidad escindida y múltiple que acosa al sujeto posmoderno. La novela está narrada a través de correos electrónicos, y sus personajes son seres virtuales, inventados por sí mismos desde la palabra. Yo parto de la hipótesis de que en el mundo virtual, nadie está seguro de cuál es la verdadera identidad de quien escribe cada correo o posee una cuenta de Facebook. Pero, bueno, como no quiero espantar a futuros lectores, tengo que aclarar que la novela resulta mucho más divertida que la explicación conceptual que aquí he desarrollado. Después de todo, los lectores se convierten en testigos de la correspondencia ajena sin necesidad de violentar ninguna cuenta de correo electrónico.

¿El alma en los labios (Quito, 2003; Guayaquil, 2007; Quito, edición corregida y definitiva, 2011) qué tipo de novela es?

El alma en los labios recrea la vida de Medardo Ángel Silva, un poeta modernista ecuatoriano, y también la del Guayaquil de principios del siglo XX. A los 21 años, Silva se suicidó una noche frente a su enamorada, la adolescente Rosa Amada Villegas. El gesto definitivo del suicidio y la suposición de un amor no correspondido, convirtieron a Silva en un mito de la poesía y la condición bohemia y enfermiza del poeta, con toda la herencia romántica que aquello conlleva. Esta novela está escrita con la base del lenguaje de los modernistas y reflexiona sobre el lugar del poeta en un mundo hostil hacia la poesía. En la medida en que está atravesada por las vicisitudes de la vida de las cofradías literarias, del proceso creativo, de la vida bohemia ligada a la sensibilidad poética, considero que es una novela con mucho de “meditación autobiográfica”. A propósito, me siento dichoso porque El alma en los labios será presentada en la Feria del Libro de la Habana 2015, publicada en la colección La Honda, de Casa de las Américas.

Cánticos para Oriana (2003), Crónica del mestizo (2007) y Missa solemnis (2008) son sus poemarios. ¿Qué encuentra en la poesía que no está en los otros géneros literarios?

La poesía, por su condición intimista, permite adentrarse en uno mismo y en la relación subjetiva que uno establece con el mundo; asimismo, en la poesía la búsqueda de la expresión pasa por un proceso de desestructuración del lenguaje cotidiano para convertirlo en lenguaje metafórico. La poesía permite recoger instantes, impresiones, momentos vitales climáticos, que el lenguaje poético reelabora para convertir tales momentos en imágenes que los vuelven instantes que los lectores asumen como propios pues se ubican, desde la palabra, en su particular experiencia de vida.

Veo que también ha publicado en cuento Máscaras para un concierto (1986); Solo de palabras (1988); Fiesta de solitarios (1992); Huellas de amor eterno (2000). ¿Cuáles son sus influencias en este género?

Tengo un grupo numeroso de escritores de quienes aprendo todo el tiempo. En diferentes momentos de esa formación permanente que es la vida, me he acercado a cada uno de ellos. Entre otros, Poe, quien me ha enseñado a construir la intriga; Heinrich Böll, a problematizar éticamente a los personajes; Truman Capote, a buscar el lado oscuro de lo cotidiano; Hemingway, a manejar la tensión mediante la economía del lenguaje; Cortázar, a reelaborar la oralidad y transformarla en literatura; García Márquez, a construir diálogos que expresan más de lo que dicen; Pablo Palacio, a convertir lo extraño en materia cotidiana; y José de la Cuadra, a recuperar lo popular.

Como siempre ha leído a Hemingway le pregunto: ¿Utiliza su teoría del iceberg?

Hemingway es un cuentista excepcional y, para quien escribe cuentos, se vuelve imprescindible el leerlo y releerlo. Hay dos presupuestos de Hemingway que vale la pena seguir para la escritura de cuentos: el primero, dejar que en la narración aparezca, como un témpano de hielo en el agua, apenas un octavo de lo que uno conoce sobre los personajes y los detalles de la historia; y el segundo, aunque esto sirve para toda la literatura, es que quien escriba debe “poseer un detector de mierda, innato y a prueba de golpes”.

‘Pubis equinoccial’ (2013) es su más reciente libro de cuentos y fue publicado por Mondadori, aquí en Colombia, y por Arte y Literatura en Cuba, a principios de este año. Además, ganó en Ecuador el Premio Joaquín Gallegos Lara al mejor libro de cuentos publicado en 2013. ¿Qué nos puede decir acerca de este libro?

En los cuentos de ‘Pubis equinoccial’, la narración está construida con un lenguaje realista, si se quiere, en lo relacionado con las descripciones, y buscando diferentes niveles metafóricos. El lenguaje de los cuentos es sexual y directo, enmarcado en situaciones que destruyen el ambiente hedónico que algunos personajes intentan crear. La realización del deseo es posible pero también es efímera, y la soledad se convierte en la única realidad permanente. La temática erótica me ha exigido un lenguaje que transitara sin caer, como sobre una cuerda floja, encima del abismo de la pornografía y el lugar común.

La idea básica al escribir ‘Pubis equinoccial’ fue que los personajes y sus situaciones vivenciales tenían que permanecer en un espacio de transgresión, desde su propio conflicto vital. Esa transgresión implica un choque contra la cultura dominante, sobre todo con aquella que confunde el erotismo con el porno blando, con aquella que es permisiva con los desnudos publicitarios, pero que se horroriza con el cuerpo desnudo en conflicto vital. El tratamiento de lo erótico, a partir del drama de los personajes, pretende, deliberadamente, confrontar al lector con sus propios temores y, al mismo tiempo, transgredir la moralidad conservadora de la cultura dominante, sobre todo de aquella travestida de liberalismo. Haber logrado lo dicho en los cuentos, o no haberlo conseguido, es algo que ya no me toca decirlo a mí.

‘Emelec, cuando la luz es muerte’ (1988), ‘Una utopía para el siglo XXI’ (1994); ‘Crónica mestiza del nuevo Pachakutik’ (1996); ‘Lectura y escritura: manías de solitarios’ (2010), y es autor de un ‘Manual de escritura académica’ (2003). ¿Cómo ha influido este género en su forma de investigar, pensar y escribir?

El trabajo académico ha sido, a lo largo de mi trabajo profesional, una tarea permanente. No obstante, me parece que, con tanto congreso y escalafón universitario, la escritura de los trabajos académicos se ha vuelto repetitiva: un conjunto de citas de autores de moda, un metalenguaje más bien críptico cuya lectura espanta a quienes no están en el círculo académico, un afán de utilizar el texto como pretexto para hacer de la crítica un fin en sí mismo, etc. Creo en la necesidad de reivindicar el ensayo literario como un proceso creativo que si bien está anclado en la investigación también requiere de ideas propias y una voluntad de estilo para ser expresadas. Precisamente, en esa línea, acabo de terminar un trabajo sobre los héroes románticos del siglo XIX de nuestra América construidos como patriotas y amantes, que ha sido mi tesis doctoral en la Universidad Pablo de Olavide, de Sevilla, y sobre la que diserté el pasado 25 de septiembre.

Desde 1993 dirigie Kipus, revista andina de letras. ¿Qué cosas publica allí?

Kipus es la revista del área de Letras de la Universidad Andina Simón Bolívar, sede Ecuador. La revista es un espacio académico para la crítica literaria y la investigación.

¿Qué le enseñó el Taller de Literatura del Banco Central del Ecuador en Guayaquil, que coordinó el novelista ecuatoriano Miguel Donoso Pareja?

El taller literario fue una experiencia de la que tengo solo buenos recuerdos. Allí aprendí los elementos básicos de la cocina literaria al mismo tiempo que el método para leer críticamente la creación literaria, tanto propia como ajena. Y Miguel Donoso Pareja fue un maestro respetuoso de los proyectos estéticos individuales, y muy generoso para compartir con nosotros, sus alumnos del Taller, las herramientas básicas necesarias para toda escritura.

¿Qué hay en Manta, su ciudad natal, que aparece en todas sus obras? ¿Qué es la cultura manteño – huancavilca que asimiló desde niño en Guayaquil?

Manta es un anhelo de vida retirada y es, al mismo tiempo, una memoria de infancia. Como nacía en Manta y viví, desde el año edad, en Guayaquil (tierra Huancavilca), digo que pertenezco a la cultura manteño – huancavilca, dos pueblos preincásicos de navegantes libres que formaron una confederación de comerciantes, que hicieron del Pacífico su espacio de tránsito y del spondylus, su elemento de intercambio con los pueblos de la Sierra, tanto antes como durante la presencia incaica, de lo que hoy es Ecuador.

En su blog habla de “bucear en la condición humana”. ¿En qué inmersión y en qué género está trabajando?

Bucear en la condición humana es una práctica vital que, para mí, se ha convertido en condición esencial para mi escritura literaria. Considero indispensable que la literatura esté cargada de seres humanos problematizados en el centro de esa intimidad que nadie se atreve a revelar al prójimo. Sobre la segunda parte de su pregunta, debo comentarle que no hablo de lo que estoy escribiendo.

¿Qué clásicos lo marcaron y qué autores colombianos conoce?

Para empezar El Quijote, un libro al que siempre hay que regresar porque, entre cosas, mucho de lo que es la novela moderna ya está en sus páginas. Flaubert y Madame Bovary; Dostoievski y Crimen y castigo; Kafka y La metamorfosis. Y, por supuesto, la Biblia, fuente inagotable de historias, tonalidades narrativas y poesía.
De Colombia, María, de Jorge Isaacs, a la que considero la novela mejor escrita del romanticismo latinoamericano del siglo XIX. García Márquez, de quien me atrevo a decir que he leído casi la totalidad de su obra literaria. Álvaro Mutis y las novelas del Gaviero.

También he leído, entre otros, a William Ospina, Mario Mendoza, Jorge Franco, y Tomás González; y poetas como Darío Jaramillo, José Luis Díaz-Granados, Jotamario Arbeláez y Piedad Bonnett. Y, claro, escritores más jóvenes como, para nombrar uno, Miguel Ángel Manrique.

¿Cuáles son sus lecturas de estos días?

Aparte de informes y comunicaciones oficiales, he releído recientemente algunos textos políticos de Julio Cortázar, textos comprometidos éticamente con el socialismo: El libro de Manuel, “Reunión”, “Apocalipsis de Solentiname”, “Graffiti”, Fantomas contra los vampiros multinacionales, cartas e intervenciones en mesas redondas. Estoy por terminar El mundo de afuera, de Jorge Franco; he comenzado la Trilogía de la ocupación, de Patrick Modiano, y también La ceiba de la memoria, de Roberto Burgos Cantor.

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Nelson Fredy Padilla

Cultura

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