El epílogo de la pelirroja

El promedio de dos meses agregaba que, al finalizar el primero, iniciaba una búsqueda consciente de la mujer que reemplazaría a la anterior.

Ilustración Vigo

No hace falta disertar mucho respecto del uso del verbo reemplazar para suponer que no se trataba, en realidad, de un reemplazo, pues cada mujer –cada persona– es verdaderamente distinta a cualquier otra, o a sí misma, en dos horas diferentes del día. Se trataba, más bien, de una continuidad sin patrones, como si saltar de una mujer a otra fuera lo más parecido a la conducta de un asesino serial, pero evadiendo con astucia o cobardía las repercusiones legales. A Ángela la había conocido dos años atrás, en el lobby de algún hotel de habitaciones compartidas o durante el lanzamiento de un bar de licor de maíz teñido de colores o, tal vez en la inauguración de una editorial independiente especializada en haikus, intentó explicar, en cualquiera de esos innovadores negocios que todavía nacen a diario en el barrio La Candelaria en Bogotá, y ahogan los modestos patrimonios de muchachos embotados por la ilusión y las anfetaminas. Huelga decir que ahora lo sabemos a ciencia cierta, pero entonces, hace más de tres décadas, a todos nos parecía que esas empresas revolucionarían la industria naranja y nos harían –esto no lo confesábamos en público– artistas millonarios. Y aunque dos años atrás la había conocido, apenas hacía dos meses que nos paseábamos agarrados de la mano, ufanos el uno del otro, destinados a permanecer juntos hasta el día del juicio. Pero como si un cronómetro biológico, de precisión extraordinaria, me hubiera reprochado por ese descuido, esa noche le pregunté a Ángela si recordaba cuándo era nuestro aniversario. El día 27; se regocijó en el supuesto de que yo lo anticipaba, y la pregunta era patraña de encubrimiento para una sorpresa impensable. ¿Viajaremos a Japón? Sí, mi cielo, clase turista Bogotá-París, conexión con 14 horas de espera, una botella de vino francés, hacer el amor en el sanitario más lujoso del Charles de Gaulle, primera clase París-Tokio. Por ferri se llega desde Hong Kong al continente de la República Popular de China. ¿Alcanzará el dinero para todo eso? ¡Por supuesto, mi cielo! Fortunas imaginarias han edificado los más suntuosos paraísos.

Cerca de la medianoche Ángela y yo nos ensartamos en una discusión sin precedentes. Una crítica desfavorable a la actuación de Vincent Price en la película basada en El Cuervo, de Edgar Allan Poe, y que había se iniciado automáticamente en el reproductor al encenderlo, bastó para encausar nuestras diferencias hasta lo hiperbólico. La estrategia del florero de Llorente había servido dos siglos atrás para desatar una revolución con ínfulas independentistas –vaya el diablo a saber si de la mano de héroes o bandidos, cosa de historiadores quisquillosos–, y durante años me había resultado útil para acabar, en estocada, la más apasionada relación amorosa. No quiero profundizar en las carencias emocionales, traumatismos de data infantil que sin duda me conducían a obrar de esa manera; baste con reforzar, por última vez, que así actuaba yo y ello formaba parte de mis convicciones, de eso que nos hace ser quienes somos. A lo que sí me veo instado a dedicar una explicación más elocuente, es al hecho de que en Ángela reposaba la más extraordinaria belleza que haya tenido en mis manos, y que ese atractivo físico nada común, era cortejado por una inteligencia abrumadora. Con escasos 25 esa pelirroja natural, rubia por distracción, de rasgos latinoamericanos y mirada negra como un horizonte de sucesos, cursaba un doctorado en letras para el que dedicaba su tiempo al estudio del dolor y su presencia en la obra de ciertos novelistas colombianos. ¿O eran poetas iberoamericanos? Cómo saberlo. Hablaba lo mismo de cuentistas rusos, novelistas norteamericanos y poetas de la Tierra del Fuego. Si ella estaba dispuesta a hacerme creer que Hemingway había muerto abaleado en la cabeza por un agente de la CIA al que apodaban ‘El Faulkner’, yo podía resistirme durante horas con referencias, testimonios y notas al pie, pero tarde o temprano acabaría adhiriendo a su privilegiada secta fanática, sólo para encontrarme con que ella se burlaba de mi y de mi falta de sentido común o buenos modales o principios dialécticos. Nada de eso. Su oratoria no carecía de méritos, pero era poco al lado de su hipnotismo.

Anhelo haber explicado a satisfacción las razones por las que Ángela era, a la luz de la lógica, una mujer perfecta. No en un sentido metafísico, por supuesto, que tal cosa no existe, sino en un sentido práctico y humano. No obstante, esa medianoche anterior al segundo mes de nuestra relación, Ángela y yo rompimos la promesa de eternidad y la cambiamos por otra de indiferencia. A su furioso orgullo se debe que durante los siguientes 34 años nunca nos cruzáramos, ni siquiera al otro lado de una línea telefónica a la que se haya llamado por un descuido de la nostalgia. Ignoro las peripecias por las que habrá pasado, en suma las mismas que los otros 7 mil millones de nosotros. Sin embargo, al verla –la recordé en el acto– me impresionó que su aspecto físico no hubiera cambiado en la misma visible medida que el mío, o que el de cualquiera. Salvando el hecho de que no me encontraba ante un acto mágico o milagroso, Ángela no había envejecido 34 años; 25 tal vez. Más tarde supe que ese aparente olvido de la vejez era en verdad el producto de una vida tranquila y una alimentación basada en raíces, verduras y pocos condimentos. Necesité todavía una alusión a su modo de vestir para comprender que Ángela estaba radicada en Japón desde hacía muchos años.

Poco tiempo después de haberse alejado de mí, Ángela contrajo matrimonio con un magnate de las setas. No era un magnate en esa época, al contrario, sufría casi las mismas carencias que lo limitaron de niño y le habían hecho desarrollar un auténtico gusto por el trabajo a mano, si bien se trataba de un joven culto y con claras inclinaciones artísticas. A fuerza de disciplina y ambición ese muchacho, que nada sabía de la biología de las setas, había comenzado un pequeño cultivo de orellanas en el sótano de la misma casa donde se hospedaba, cerca de la Universidad Nacional, con el que pretendía cubrir sólo en parte sus necesidades de consumo. Esos hongos, al parecer, contienen una cantidad de nutrientes equivalente a la de un bistec. La incipiente empresa pasó por un largo periodo de incubación, en el que la producción estuvo limitada por factores incontrolables como la temperatura y la humedad, hasta que el esposo de Ángela –ya la había conocido– se graduó en periodismo y, al no hallar plazas vacantes, se concentró en la instalación de un cultivo comercial. El éxito provocado por la calidad y los bajos precios de los hongos hizo que la empresa alcanzara cifras históricas para ese mercado en Colombia. Sólo cinco años después de su formación, las ventas se igualaban a las de Setas de Cuibá, el gigante regional de las setas que factura más de 25 millones de dólares al año.

Ángela me refería todo ello con la misma naturalidad con que podía haber recitado fragmentos de Piedra de Sol. Desde mi lado de la mesa caí en la banalidad de imaginar lo que habría pasado con nuestras vidas si nunca nos hubiéramos separado. Los largos túneles para el cultivo de orellanas serían anaqueles repletos de libros, algunos con el nombre de Ángela impreso en letras negras y doradas. Ella impartiría sus clases los lunes, los miércoles y los viernes; tal vez un sábado permanecería en la universidad hasta las 10, frustrando con tinta roja las esperanzas de estudiantes paranoicos y adeptos al nadaísmo. Yo haría el mismo trabajo de oficina hasta las 5:30, y conduciría un viejo carromato Ford del 74 por la carrera 7ª hasta el centro. Al llegar beberíamos una botella de vino y haríamos el amor junto a la ventana, Ángela, ¿lo recuerdas? Y un día, envejecidos por el implacable tiempo de Occidente, abordaríamos un vuelo hacia Japón. El ferri parte de Hong Kong hacia el continente cada 10 minutos. En las noches Hong Kong es una colosal luz de neón que anuncia la apertura del gran y esférico burdel.

Acabó el café con apuro después de mirar la pantalla del teléfono móvil. Le pregunté si extrañaba ese sabor. No. El café colombiano se consigue en cualquier capital del mundo. Rehusé preguntarle si recordaba nuestros planes abortados, los días en que fuimos felices por siempre. Ella extrajo de un Louis Vuitton, pero quién soy yo para saberlo, una bandejita de poliestireno con varias sombrillas de color terracota, brillantes y carnudas. Las guardaba para una amiga que no había llegado a la cita en el café, y ya era la hora en que debía marcharse al aeropuerto. Dejó las setas sobre la mesa, como un obsequio que en secreto siempre estuvo destinado a mí –eso dijo–, y se despidió mirándome con tristeza desde la ventanilla del taxi. Persiguiendo la hipótesis de un lenguaje secreto que Ángela quisiera comunicarme, desde ese día he investigado casi todo lo que hace falta sobre las cortinarius orellanus, especie de la familia cortinariaceae. A esas setas se las reconoce por su aspecto similar al de una orellana u oreja de palo, que es su denominación local, y existen reportes de que en Europa recolectores expertos las han confundido con la fina chanterelle; pero a diferencia de aquellas, que son comestibles, un sólo cortinarius alberga suficiente cantidad de toxinas para matar a un hombre adulto. Los síntomas del letal envenenamiento son tardíos, suelen comenzar hasta pasadas varias semanas desde la ingesta. El modo de preparación es menos espectacular: se cocinan a fuego lento por 7 minutos sobre una base de margarina y salsa de soja. Hacerlo así, Ángela, y no de otra forma, le concede un delicioso regusto a madera, similar al que se evoca al final del un buen trago de whisky.

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