Fútbol paradójico

El equipo más malo del mundo

Ganar y perder están en estrecha rivalidad de antónimos irreconciliables (Apolo y Dionisos). Empatar es un verbo neutral que sirve como derrota y como triunfo. En Rayuela, Julio Cortázar enseña a olvidar el resultado y quedarse con el juego por el juego porque todos ganamos.

Jairo Aníbal Niño. /Archivo

Lo confieso. Tengo una extraña adicción al fracaso. Mis hijas, que lo saben, me han regalado para mi onomástica una agenda electrónica con botiquín de urgencia para llevar cuenta puntual de mis derrotas, amén de unas pantuflas de rayas rojiblancas con ostentoso escudo del Atlético. José Javier Alfaro Calvo. 

Cuando se juega fútbol es menester preparar el alma para la derrota, el empate o el triunfo. Nos tenemos que resignar con un empate y el triunfo es relativo. Cuando perdemos la derrota duele, pero siempre queda una luz de esperanza porque hay una revancha en potencia (término de guerra, pero de aspiración, de reto, de desafío). Cuando ganamos el mundo es otro, las relaciones afectivas son las mejores, compartimos todo, somos solidarios per se. La vida es un juego que se agota en tres verbos: ganar, perder, empatar.

Ganar y perder están en estrecha rivalidad de antónimos irreconciliables (Apolo y Dionisos). Empatar es un verbo neutral que sirve como derrota y como triunfo. En Rayuela, Julio Cortázar enseña a olvidar el resultado y quedarse con el juego por el juego porque todos ganamos. En Homo ludens, Johan Huizinga recuerda que el resultado del juego es lo menos relevante porque todos perdemos: la muerte nos quita todo, se queda con alegrías, esfuerzos, derrotas y egoísmos. Escribir sobre la derrota es preparar el carácter para los seres que advierten que nacimos para la caída: Camus, Cioran, Sartre, Virginia Wolff, Artaud. Otros, los que han afirmado la existencia en una pasión sostienen que la vida es un triunfo, entonces se han dedicado a escribir sobre la alegría y la felicidad, y no necesariamente de manera conceptual sino desde el sentido plano de vivir por vivir.

También hay quienes aluden al empate como una resolución salomónica que se asienta en la mediocritas e infieren que es un lugar cómodo. Algunos escritores han hecho apologías a la derrota de los equipos y explican cuál es la condición de estos seres humanos que nacieron para ser hinchas de los equipos que ocupan los últimos lugares en la tabla y que no cambian de color por nada del mundo. Su naturaleza es tal que se sienten raros y extraños cuando, por error, su equipo no está en los últimos lugares de la tabla, se sienten incómodos, como si presintieran que algo más grave les va a ocurrir. El equipo más malo del mundo, cuento de Jairo Aníbal Niño, narra la historia de un equipo que nació para perder, su misión era lograr la derrota en cada cotejo. En una oportunidad este equipo enfrentó a la Selección Brasil y, ¡oh sorpresa!, ganaron, le ganaron a la Selección Brasil, la de Pelé, mejor dicho, la mejor selección del mundo. Esa épica hazaña se convirtió en la mayor tragedia de este equipo que nació para perder y, cuando ganó, perdió su razón existencial, se convirtió en el mejor equipo del mundo. Es imposible cambiar de equipo. No insistan.

 

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