El Escalona de Gabo: 90 años de un juglar

El 26 de mayo, el Caribe Colombiano celebra 90 años del nacimiento del juglar.

Gabriel García Márquez sentado en un andén, departiendo con sus amigos, entre otros Rafael Calixto Escalona Martínez , en Valledupar. Junio 10/83.El Espectador

El destino caprichoso del Caribe colombiano quiso que en 1927 nacieran, quizá, los dos embajadores más grandes del folclore colombiano en cuanto a las letras se refiere. En Aracataca, Gabriel García Márquez lloró por primera vez en este mundo ese 6 de marzo, mientras que en Patillal, el 26 de mayo, Rafael Calixto Escalona Martínez también abrió su boca e inició la leyenda vallenata que hoy cumple 90 años.

Para llegar de Aracataca a Patillal hay que recorrer 210 kilómetros, son unas cuatro horas en bus que estos dos ilustres palabreros transitaron infinidad de veces. El primero llevó su terruño al mundo con la prosa y lo ganó todo. Mientras que el segundo, llevó la poesía vallenata a todos los rincones de la patria e incluso hizo de la fría Estocolmo una ciudad cálida, cuando le puso, en persona, la melodía caribeña al Nobel de Gabo en 1982.

La amistad entre estos dos patriarcas del folclore colombiano es mítica. Por esa cercanía, Cien años de soledad fue catalogada por su mismo autor como un vallenato de 350 páginas. Además, Gabo elogió en diversas ocasiones a Escalona, desde siempre señaló que el compositor narraba en una canción de cuatro estrofas, la misma historia en la que el escritor invertía meses de desvelo y centenares de páginas. A la par, en su obra magna protagonizada por los Buendía, García Márquez le ofrenda inmortalidad al compositor, y lo hace resaltando su linaje musical: “En el último salón abierto del desmantelado barrio de tolerancia un conjunto de acordeones tocaba los cantos de Rafael Escalona, el sobrino del obispo, heredero de los secretos de Francisco El Hombre”. 

En consonancia, Escalona, para la ceremonia decembrina de 1982 en Estocolmo, vistió sus versos de gala y compuso la canción titulada “El vallenato Nobel”. En su lírica elogió la obra completa de Gabo y contó cómo era la capital de Suecia. Para conseguirlo construyó esta bella imagen que sintetiza su talento, pues antes de hablar de ubicación geográfica y temperatura atmosférica, Escalona pintó con rimas: “Sabes que Estocolmo está lejos, queda muy cerquita del Polo, allá se camina en el hielo que un gitano trajo a Macondo”.  

La devolución de favores quedó saldada, pero al rastrear los inicios del enaltecimiento mutuo es evidente la admiración, respeto y cariño que Gabo sentía por su amigo. Por eso, cuando apenas se iniciaba en el periodismo a finales del cuarenta y principios del cincuenta, escribió en su columna del Universal de Cartagena una frase que describía la estampa del maestro de Patillal: “Rafael Escalona es un hombre que no se pone bravo todos los días”.

La simpleza profunda de Gabo entregaba en una frase un ángulo completo del perfil de Escalona, que adquiriría mayor resonancia con dos posturas más. La primera, ubica a los compositores vallenatos en la tradición de los poetas que vuelven poesía el dolor, el amor o el paisaje que les tocó vivir. Son artistas que musicalizan la vida, por lo que el hijo insigne de Aracataca escribió con absoluta precisión: “no hay una sola letra en los vallenatos que no corresponda a un episodio cierto de la vida real, una experiencia del autor […] Un juglar del río Cesar no canta porque sí, ni cuando le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo después de haber sido estimulado por un hecho real. Exactamente como el verdadero poeta”.

La segunda postura de Gabo fue la de graduar de intelectual del vallenato a Escalona. Para esto, conformó un trípode como base de la música del Valle del Cacique Upar. Redactó: “Sansón Carrasco […] podría considerarse como el bachiller de los compositores vallenatos. A Abelito Villa lo bautizó el admirable Clemente Manuel Zabala con el nombre de “El Faraón”, tal vez por motivos más hondos que su poderoso cuello faraónico. Escalona ––lo había dicho ya–– es el intelectual de nuestros aires populares, el que se impuso un proceso de maduración hasta alcanzar ese estado de gracia en que su música respira ya el aire de la pura poesía”.

En plena mitad del siglo XX, el dogma del folclore impone que para ser juglar era necesario representar una santísima trinidad vallenata, donde se mezclaran compositor, cantante y acordeonista en una misma persona. En aquellos buenos tiempos un espécimen raro destaca, según el joven Gabo: Escalona “es el único que no conoce la ejecución de instrumento alguno, el único que no se convierte en intérprete de su propia música”. Y, valga decirlo, esto no le impide ser, desde su propia época, uno de los juglares del Olimpo del vallenato colombiano de todos los tiempos.  

La poesía vallenata de Escalona calaba de inmediato en el corazón de la parranda, con lo que su pasaje directo a la eternidad se expedía desde la garganta de los pueblos. Esto se advirtió de forma inequívoca cuando se grabó por primera vez “Honda Herida”. Escalona quedó inconforme con la interpretación y mandó a recoger del mercado cada elepé que podía ocasionarle un fracaso. Ante esto, García Márquez profetizó: “Sin embargo, ‘Honda Herida’, dentro de algunos días, gozará de una extraordinaria acogida popular, porque la salva su raíz de poesía. Una dura y estremecida raíz, capaz de sobrevivir a las interpretaciones mediocres”.

La profecía se cumplió y el pueblo eternizó la canción. A la fecha, “Honda Herida” ha sido interpretada por todas las generaciones del vallenato, desde Alejo Durán hasta Silvestre Dangond, pasando por nombres como Guillermo Buitrago, Julio Bovea, Poncho Zuleta, Diomedes Díaz, Jorge Oñate, Iván Villazón y Carlos Vives. Hoy la popularidad de “Honda Herida” dicta cátedra a todos los enamorados, quienes al escuchar la canción advierten que la mujer que sabe que se le quiere, se “vale de ocasión”, y que si ella no da su brazo a torcer, los dejará ante el siguiente panorama: “solamente me queda el recuerdo de tu voz, como el ave que canta en la selva y no se ve”. Por eso, cada amor no correspondido a lo largo de más de medio siglo, canta con dolor: “Yo tengo un herida muy honda que me duele, que yo tengo una herida muy honda que me mata, un hombre así mejor se muere, ¡ay! Para ver si al fin descansa”.    

Apuntes para un personaje garciamarquiano     

Con la configuración de poeta e intelectual que hace García Márquez de Rafael Escalona, la figura del inmenso compositor ya no tiene ninguna discusión dentro del folclore colombiano. Sin embargo, las loas aún son muchas más. Baste señalar que en 1950 los dos apenas contaban con 23 años, pero ya estaban en las planas mayores del entorno cultural caribeño. En ese momento, el prosista definía así al poeta: “Es un hombre joven, discreto, de pocas palabras. Casi puede decirse que sólo abre la boca para decir la letra y la melodía de sus propias canciones, como si no tuviera el mundo, para él, un idioma más adecuado y explosivo que su música”.

Para mí, básicamente, Gabo entregaba el modelo de personaje para un cuento real y maravilloso, como los que siempre supo escribir. Peco de atrevido y reseño, basado en la descripción anterior, lo que sería este personaje desde la pluma garciamarquiana. El personaje de Rafael Escalona nació, entonces, con un don peculiar: nunca pudo hablar por hablar, porque siempre que abría la boca lo hacía con letra y melodía vallenata.

Todo lo que vivía Escalona, lo volvía canción. Así sucedió cuando tuvo una discusión con la matrona de la dinastía Zuleta: la Vieja Sara. Para solucionar el malentendido, hizo lo que sabía hacer y le cantó: “Tengo que hacerle a la vieja Sara, una visita que le ofrecí, pa’ que no diga de mí, que yo la tengo olvidada. También le traigo su regalito, un corte blanco con su collar, pa’ que haga un traje bonito y flequetié por El Plan. Una vez terminado el canto, del altercado solo quedó el recuerdo y la Vieja Sara, sin duda, aún flequetea por El Plan.

Escalona, gracias a ese don de la composición, tuvo más amores que canciones, pero su musa mayor fue Marina Arzuaga Mejía, a quien cariñosamente llamaba: La Maye. Fue su primer grande amor, del cual nacieron los primeros hijos de los más de veinte que tuvo con diferentes mujeres. Pero su descendencia no es lo que más llama la atención de su historia al lado de La Maye, son sus composiciones. El enamorado Escalona en ese tiempo era un estudiante del emblemático Liceo Celedón de Santa Marta y cada despedida de su Maye era desgarradora. Por eso, fiel a su característica, compuso: “Oye morenita te vas a quedar muy sola, porque anoche dijo el radio que abrieron el Liceo, como es estudiante ya se va Escalona, pa’ que lo recuerdes te deja un paseo, que habla, de aquel inmenso amor, que llevó, dentro del corazón, que dice, todo lo que yo siento, que es pura, nostalgia y sentimiento; grabado, con el lenguaje grato, que tiene, la tierra e’ Pedro Castro”. Este paseo, titulado “El Testamento”, es un legado imperecedero que Escalona dejó para el amor y el folclore de los colombianos.

Con cada periodo vacacional del Liceo, Escalona volvía a ver a su amada, pero inmediatamente venía otro adiós más y él, resignado, debía contrapuntear con la vida de bachiller enamorado. Así compuso “La despedida”, recalcando que todas las despedidas se distinguen por algo en común: “dan sentimiento”. Ante esta sensación inevitable, el compositor encontró que un “merengue sentimental” matizaba el daño. Por eso, le cantó a su Maye y le entregó la instrucción precisa para transformar el dolor del adiós en alegría. Ella solo debía usar un vestido, pero no cualquier vestido, debía usar “ese trajecito”: “Ponte mi Maye ese trajecito que te ponías cuando me esperabas, ese que tiene flores pintadas, dos mariposas y un pajarito”. 

Cada canción de Escalona es un episodio de su vida. Él, más que componer, le ponía música a su autobiografía. Escalona es netamente un personaje garciamarquiano, porque todo el Caribe colombiano es Macondo y allí nació, creció y cantó. Su legado musical jamás se desvanecerá y Gabo se aseguró de eso, porque también escribió: “Escalona sabe cómo le agradecemos los hombres de la costa atlántica su diaria tarea de belleza”. Debo agregar, con el perdón de Gabo, que en ese momento ––mitad del siglo XX–– el vallenato solo era ensalzado por sus coterráneos costeños, pues a 2.600 metros sobre el nivel del mar se satanizaba. La excomunión se dictaba, precisamente, por sus notas llenas de color que chocaban contra el ideario de nación mojigato y gris de la capital. Pero hoy los tiempos son otros y por lo tanto, a 90 años de su nacimiento, la belleza que esculpió con palabras Rafael Escalona la agradecemos en todos los rincones del país.

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