El escritor que no sirvió para nada

Murió pobre y en vida no obtuvo todo el reconocimiento que merecía. Sus textos, sin embargo, han sido llevados al cine en grandes adaptaciones, como ‘Blade Runner’ o ‘Minority Report’.

El escritor norteamericano Philip K Dick. / Effigie/Leemage

Quiero decir algo memorable sobre Philip K. Dick, mi escritor de ciencia ficción favorito. No lo voy a lograr, pero no importa. Donde yo veo fracaso, otros verán triunfo, otros mediocridad, otros vacío y aburrimiento. Y todos tendrán razón. Como bien sabía Phil K., la realidad no existe; existen multitud de percepciones distintas, todas ciertas y todas falsas.

El escepticismo es el fundamento de la posmodernidad, porque sólo la ausencia de una fe explica el sancocho de superficialidades en el que navegamos. Philip K. Dick fue un precursor de esta actitud desesperada. En su primer cuento, fechado en 1952, cuenta las desventuras de un perro. El animal descubre que las sobras de comida que sus amos atesoran en una caneca son saqueadas por un extraño que se las lleva. Es obvio que se trata de un peligroso delincuente impulsado por un hambre voraz. El perro se obsesiona con la idea de que algún día el ladrón se comerá a sus amos. Decide defenderlos y sólo logra que lo castiguen por morder al encargado de recoger la basura.

¿Perro ingenuo? Sí, seguro. Pero amos también ingenuos, porque su visión es tan parcial como la del animal que los protege. Si damos un paso atrás y vemos el asunto desde una perspectiva más amplia, estos seres humanos pueden ser las mascotas de seres de otra dimensión. Y es posible que pasen sus vidas cuidando unos desperdicios que ellos consideran preciosos, pero que no pasan de ser basura para sus amos interestelares. Algo así pasa al final de la saga de Men in Black, por ejemplo.

Barry Sonnenfeld (responsable de Men in Black) no es el único director influido por Phil K. Las películas de Terry Gilliam, los hermanos Wachowski, David Cronenberg o Cristopher Nolan serían impensables sin él. Filósofos como Jean Baudrillard o Slavoj Zizek le deben páginas enteras. Escritores como Rodrigo Fresán, Roberto Bolaño y Charlie Kaufman encontraron inspiración en sus narraciones. Pero además, el tiempo (en el cual ni Phil K. ni yo creemos) se encargó de sentarlo en su trono: Philip K. Dick es el rey de las adaptaciones. Nadie ha sido llevado al cine tantas veces, y a nadie lo han llevado tan bien. The Adjustment Bureau, de George Nolfi; Minority Report, de Steven Spielberg; Total Recall, de Paul Verhoeven; y last but not least, la campeona: Blade Runner, de Ridley Scott.

A esta lista se pueden agregar Paycheck, de John Woo; Screamers, de Christian Duguay; Next, de Lee Tamahori; A Scanner Darkly, de Richard Linklater... Y para qué seguir, tal vez ya he demostrado el punto. Philip K. Dick era un tipo con la cabeza repleta de historias y esas historias encontraron una audiencia. Así, bajito y tratando de no exagerar, 500 millones de espectadores han visto a Phil K. Es increíble que alguien tan reconocido haya muerto en la pobreza.

Phil K. arrancó peleando contra el tiempo, su eterno enemigo. Nació prematuro, lo mismo que su hermana melliza, quien murió a las cinco semanas, dejándolo incompleto. La imagen del “gemelo fantasma” que reiteró en su obra tuvo origen en esta experiencia desdichada. Después vino lo de costumbre: infancia llena de privaciones, familia rota, el viaje de ciudad en ciudad, la rebeldía del desadaptado, la negativa al ejército y el consecuente fichaje por parte de las autoridades. Pero Philip era terco y el FBI no logró asustarlo. Hasta su muerte fue un “tipo de izquierda” que se opuso a la guerra de Vietnam y se burló del poder, al que siempre consideró perverso.

¿Por qué no hizo plata? ¿Cómo es posible que el autor de 100 cuentos y 20 novelas geniales termine en la indigencia? Lo primero que hay que decir es que no toda la responsabilidad fue del FBI. Ellos hicieron su parte, de acuerdo. Phil K. tuvo sus teléfonos intervenidos y una larga cola de agentes secretos que lo seguían. Pero figurar en la lista negra no fue el obstáculo que le impidió trabajar en Hollywood, o ser un best-seller como Ray Bradbury, o un aclamado escritor de culto como William Burroughs. Tenía talento suficiente para eso y más, pero el talento no basta. Además, hay que saber de mercadeo y Phil K. era un pésimo vendedor de sí mismo. Fue él, con su temperamento difícil, con sus teorías alocadas y su bajo perfil, el que se marginó hasta terminar dictando clases de filosofía en una mediocre universidad gringa. Si a esto le sumamos cuatro matrimonios que terminaron en divorcio, su gusto por las drogas y su insistencia en que el tiempo se había detenido en el siglo I, sorprende que haya sobrevivido hasta 1982, cuando decidió huir del tiempo, de sus cuatro exesposas, del poder de los césares corporativos y buscar refugio en las sombras. Ese mismo año se filmó Blade Runner y vino la consagración, los millones que Hollywood ganó con sus ideas. Pero él ya no pudo disfrutar de ese dinero.

Tal vez nunca quiso hacerlo. Como buen loco genial, Phil K. sospechaba de la prosperidad y llevó una vida modesta, en la que sus mayores excesos eran las anfetaminas que usaba para escribir sus peperas. Más que la plata, le interesaba el conocimiento. Por eso terminó derivando hacia un neoplatonismo en el que la certidumbre de lo real se desvanece ante la multiplicidad de las percepciones. La misma conclusión alucinada a la que llega la física moderna con sus electrones que están en dos lugares a la vez y su gato que está vivo y muerto al tiempo. El mismo cuento milenario que respalda todos los budismos: lo real es sólo una probabilidad.

¿Qué es la realidad?, se preguntó Phil K. Lo que se sostiene cuando ya no estamos ahí para verlo, fue su respuesta. Y entonces, se dio cuenta de que el mundo se encuentra saturado de mistificaciones, de eslóganes publicitarios y mentiras religiosas, y que un planeta así depende, como un drogadicto, de nuestra mirada para no irse al suelo. El poder de los medios, el peso de lo que los medios alcanzan a representar en nuestros cerebros, es tan agobiante que habitamos una caverna donde la vida real se nos escapa. Ring any bells? Ojalá, porque esta sospecha es la premisa de The Matrix y el sustrato que alimenta a Inception.

Por eso es triste y al mismo tiempo alentador que Ridley Scott en Blade Runner se aleje tanto de la novela original. Como el tiempo corre a pesar de no existir y como el espacio es limitado a pesar de ser infinito, no voy a desarrollar este punto y me conformo con mencionarlo. Igual, la cosa es sencilla y se deja resumir fácil: la novela es un dulce, háganse el favor de leerla. En su última traducción se autodenomina ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y en ella Phil K. plantea su obsesión, que no es (como en la película) la humanización de los robots, sino la perplejidad de ignorar si esta joda existe o no.

 

 

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