"El escritor es un impostor tolerado"

En su último libro, Javier Cercas cuenta le historia de Enric Marco, un barcelonés que se hizo pasar por superviviente de los campos nazis, desenmascarado en mayo de 2005.

avier Cercas (España, 1962) es escritor y periodista. En 1987 publicó ‘El móvil’, al que siguieron títulos como ‘El vientre de la ballena’ y ‘El inquilino’. / Cortesía Hay Festival - Daniel Mordzinski

Enric Marco o Enrique Marcos, como se hacía llamar, era conocido también como “el deportado número 6,448”. Era el presidente de la asociación Amical Mauthausen, y se hizo pasar, por más de 30 años, por un superviviente español de los campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial. Cuenta Vargas Llosa que Marco visitó Austria, hace una década para participar en las ceremonias conmemorativas de los 60 años del fin del nazismo. Iba rumbo a Mauthausen cuando el historiador Benito Bermejo elaboró un informe que revelaba la impostura de Marco. Marco tenía en el bolsillo un discurso preparado para la ocasión, pero la Amical de deportados españoles pidió sorprendida a su presidente que, mientras se aclaraban las cosas, Marco regresara a España. Su discurso lo leyó otro deportado, Eusebi Pérez. “El historiador Benito Bermejo, residente en Viena, debe ser muy quisquilloso, uno de esos espíritus rectilíneos e implacables en la búsqueda de la verdad. Sólo a alguien así se le hubiera ocurrido ponerse a averiguar si en los archivos de los campos de exterminio nazi de Mauthausen y de Flossenburg aparecía el nombre de Enric Marco, el más visible y publicitado del puñadito de deportados españoles que sobrevivió al horror pardo, víctimas del cual perecieron, en aquellos y otros campos de aniquilamiento hitlerianos, siete mil de sus compatriotas”, escribe el mismo Vargas Llosa. Y es cierto. Benito Bermejo hurgó en los registros históricos para desentrañar una verdad que para él no tenía sentido, no coincidía con las historia misma. Reveló el fraude y ahora el autor de Soldados de Salamina, Javier Cercas, vuelve a destaparlo, esta vez mezclando la verdad encontrada con ficciones. Allí radica el poder de la literatura.

Cuál es la verdad histórica, cómo choca o convive con la verdad de la escritura, cómo saber a ciencia cierta qué es la verdad y que es la mentira, si es el escritor un impostor, y si sí de qué clase… Esos son algunas preguntas que motivaron esta entrevista, a propósito de la publicación del más reciente libro de Cercas, “El impostor”.
 

¿En qué sentido su último libro, “El impostor”, es una novela y en qué sentido podría no serlo?

“El impostor” es muchas cosas: es un ensayo literario, un ensayo filosófico, también es una crónica, un libro de historia, una biografía, una autobiografía. Al resultado yo le llamo novela, sólo que tenemos una idea de la novela un tanto restrictiva, que viene del siglo XIX. Mi idea de la novela quiere ser más amplia, más flexible, más plural, como lo que en España llaman “cocido” y aquí, “sancocho”. En el fondo esa es la idea anterior al siglo XIX, la idea de Cervantes. Un gran banquete con muchos platos. Creo que la novela tiene la capacidad de incluirlo todo y eso hay que aprovecharlo. Es lo que yo intento. De todos modos cada lector tiene derecho a leer el libro como le dé la gana.

Sí, en efecto la novela se concibe como un texto de ficción generalmente…

Claro. ¿Pero qué tiene que ser así? Sí, ésta no es una novela decimonónica, pero felizmente voy a confesar que los lectores la leen sin problema, al menos en España. A veces los profesores tienen problemas. “¿Y esto qué es?”, dicen. Me encanta que tengan problemas, cuantos más problemas mejor.

¿Por qué incluyó tanto de sí para hablar de la historia de Marco?

Por muchos motivos. Por un lado, muchas de mis novelas son novelas de aventuras sobre la aventura de escribir novelas. Yo nunca le ahorro al lector toda la aventura que conlleva escribir un libro, porque me parece que forma parte del libro. Por otra parte, por algo muy importante: yo soy el representante del lector en el libro. Yo soy eso que los ingleses llaman “everymen”, un hombre cualquiera. Lo que no quiero es que el lector quede al margen del libro, quiero meterlo en el libro, como si estuviera él mismo buscando las verdades. Además, el libro no habla de Enric Marco, habla de mí, de ti, de todos los que lo han leído y de los que no. Habla de todos nosotros. De te fabula narratur, dice Horacio. “La historia habla de ti”. Y la manera de decirle eso al lector y decirle “tú también eres un impostor” es meterme a mí, y meterlo, así, a él.

Usted parece establecer en la novela una relación entre el impostor y el escritor. ¿Qué tipo de impostor es el escritor?

Es un impostor socialmente tolerado. La impostura de Marco es inaceptable. Mi impostura todos la aceptamos, y a veces la admiramos. Tú ahora me estás tratando a mí como si yo fuera un escritor, pero yo no soy un escritor. Sólo lo soy cuando escribo. En el momento del libro en que Marco me acusa y me ataca, porque llevo 300 páginas desentrañando su historia y contando cosas que tal vez él no quería que se supiesen, llega y me dice: “Pero usted sí que es un impostor de verdad, que hace creer a la gente que tiene cosas por decir. Eso es mentira, usted no tiene nada que decir, y se levanta por las mañanas a escribir desesperadamente, hasta las ocho de la noche, para que la gente no le pille, para que la gente no descubra que es usted un impostor”. En efecto, tiene algo de impostura lo nuestro. Yo fingía que era escritor antes de serlo. A mi mujer, por ejemplo, la seduje diciéndole que yo era escritor, y al final tuve que hacerme escritor para que se casase conmigo. Naturalmente la impostura de Marco es una impostura inaceptable. La del escritor, en cambio, es válida, útil, y sobre todo socialmente tolerada.

Este libro es una búsqueda de verdades. ¿Usted cree en la verdad de los testigos?

Sí, pero debe ser contrastada con la de otros testigos, y la de otros documentos. Yo hablo en el libro del “chantaje del testigo”, la idea de que el testigo, por ser testigo, ya tiene la verdad, y eso no es así. Al testigo hay que escucharlo, y hay que tenerlo en cuenta. Sin él no se puede llegar a la verdad. Él es un instrumento muy útil para ello, pero el testigo no tiene la verdad, no necesariamente, porque puede intentar engañar, porque puede recordar mal.

¿Y qué noción de verdad está en juego en el libro? Porque, además, la novela es un juego entre mentiras y verdades…

Dos nociones. Una es la verdad histórica, la verdad de los hechos. Qué ocurrió tal día, en tal momento, a tal hora. Yo intento desentrañar esa verdad, contrastarla con la ficción de Marco. Y luego está la verdad literaria, que es una verdad distinta, moral, no concreta como la verdad histórica sino universal; una verdad ambigua, irónica, equívoca. Esa es la verdad de la novela, esencialmente irónica. No es una verdad estable, no es una verdad fija. En este libro, y en otros que he escrito, esas dos verdades, que en principio son distintas y a veces contradictorias, intentan convivir.

Esa convivencia problemática de verdades y mentiras se siente incluso formalmente. Usted, por ejemplo, repite mucho frases como “él dice”, o “según ella” a veces más de diez veces en la misma página. Es como si usted quisiera pararse y parar al lector en el límite entre las certezas y las dudas, constantemente. Pero sabiendo al final los detalles de la verdad histórica, ¿por qué decidió de todas maneras enfatizar tanto en la duda en el texto, con esas expresiones que se repiten?

La repetición es un recurso de todos mis libros, que se hicieron como la música, desde el primero que escribí. Aparece un tema que luego se repite, cambia de sentido, vuelve a repetirse como la música de Bach, o como el rock n’ roll o como cualquier música con su estribillo y la melodía. Eso crea un universo autónomo. Mis libros funcionan así. En cuanto a la duda, es la única certeza que tenemos. Las cosas nunca se saben. Es decir, en mis libros siempre hay una encarnizada búsqueda de la verdad histórica. Pero al final la verdad siempre se escapa, como el agua en las manos. Al mismo tiempo, la verdad no es sino la búsqueda de la verdad.

¿Usted cree que más de un español se ha inventado su propio pasado después del franquismo?

Muchos. Una de las cosas extraordinarias de Marco es que su vida real es mucho más interesante que la vida que se inventó para seducir a todo el mundo, empezando por las mujeres. Quería ser querido, amado admirado, como todos, sólo que él lo llevó a un extremo un poco peligroso, a la mentira absoluta. Pero lo mejor de Marco es que su vida real es mucho más interesante que la vida romántica, heroica, sentimental, brillante que se inventó. Es una vida mediocre, pedestre, es la historia de mi puñetero país a lo largo de un siglo. Marco es un hombre común, pero a la vez es totalmente excepcional porque es, como dice Vargas Llosa, “el mejor impostor de la historia”, el Maradona o el Picasso de los impostores. Efectivamente, durante el cambio de la dictadura a la democracia en España, mucha gente se inventó un pasado para preparar un futuro. La gran mayoría de los españoles habían sido dóciles ante el franquismo, complacientes, o simplemente habían callado por temor. Otros eran franquistas silenciosos, otros eran franquistas entusiastas. Pero cuando llegó la democracia, mucha gente de primer nivel, intelectuales, políticos y gente común y corriente, se inventó un pasado para preparar el futuro. El país entero en cierto sentido se reinventó, porque no quería mirar la realidad, que era demasiado dura. Es lo mismo que le ocurre a Marco. Su realidad es demasiado dura, y entonces se inventa una realidad heroica, ficticia, brillante. De algún modo todos lo hacemos, en una medida u otra, y la literatura es su hipérbole: Macbeth es una hipérbole de la ambición, Hamlet es una hipérbole de la autoconciencia, Romeo y Julieta son una hipérbole del amor romántico. Pues Marco es una hipérbole de la impostura, una hipérbole monstruosa de lo que somos. Una especie de Aleph, o de Moby Dick, en donde estamos todos.

Esta historia, lo dice usted al principio del libro, lo acechó como un fantasma. ¿Se sintió realmente aliviado cuando terminó de escribir?

Cuando la terminé de escribir me ocurrió lo que me ocurre con la mayoría de los libros. Por un lado me siento feliz, y por el otro me siento angustiado, me pregunto “qué va a pasar ahora”. En este caso tuve la impresión de que lo había dejado todo ahí, porque es un libro que ha ido creciendo dentro de mí a lo largo de nueve años. Desde que estalló el caso en 2005 sentí que tenía que escribirlo. Tardé muchos años en ponerme a escribir, pero cuando lo hice salió con una rapidez y felicidad asombrosas que nunca había experimentado. Sentía algo que había sentido alguna vez, pero muy fugazmente: yo no estaba escribiendo el libro, sino que el libro me estaba escribiendo a mí, era como si alguien me lo estuviese dictando. Fue como un parto, salió todo de una vez. Tuve la impresión, entonces, de que no me quedaba nada por decir, pero al parecer sí porque ya estoy dándole vueltas a otro libro.

¿Pero por qué sentía que tenía que escribirlo?

En este hombre cristalizan muchas de las cosas que me han preocupado a mí: nuestra relación con el pasado, la mentira, la verdad, la ficción, la realidad, el egoísmo… O sea, es como si los temas que yo había tratado de abordar antes cristalizasen en Marco. No es que me sintiera obligado, ni elegido, pero sí sentía que era algo que me pertenecía muy íntimamente. Yo siempre dije que los temas no los eliges tú, te eligen a ti. Parece ciencia ficción, o una estupidez, pero es sencillo: tú tienes determinadas experiencias, determinada manera de ver la realidad, determinadas obsesiones; si hurgas en ciertas cosas y empiezas a excavar, allí encontrarás esas obsesiones. Yo sentí que Marco era algo así. Por cierto, lo de que los temas lo eligen a uno y no al revés lo dije en Puerto Rico, y se me acercó un neurólogo y me dijo: “¿Sabe usted que eso es lo que los neurólogos estamos descubriendo ahora?”. Y no es extraño. Nuestra configuración mental, nuestra experiencia de la vida, nos llevan a determinados temas y no hacia otros. Por supuesto, puedes elegir un tema que no te importe, pero el libro será malo. Cuando algo te interesa realmente quiere decir que allí hay algo que te pertenece profundamente. Y eso yo lo sé, íntimamente.

¿Qué papel jugaría entonces el azar en ese llamado que hace un tema?

El azar es fundamental en todo, en nuestra vida. Pero aquí pasa lo contrario, la búsqueda de ciertos temas responde a la determinación, al lugar donde naciste, a las experiencias que hayas tenido. Eso te lleva a interesarte en determinadas cosas. Y las razones por las que te interesan esas cosas están siempre escondidas.

¿Esas razones se hacen conscientes en la escritura?

En la escritura se manifiestan las obsesiones, se formalizan las cosas que te angustian, que son vitales para ti. Eso procura cierto alivio. El cliché de que la literatura es terapéutica es obvio. Todos los clichés son clichés porque tienen una parte de verdad. Si quitas todos los clichés te quedas con la mentira. ¡Mucho cuidado!

Esta búsqueda me hizo pensar en que, con una dedicación como la suya, uno podría reconstruir (o desenmascarar, en este caso) cualquier vida, porque dejamos demasiados rastros en el mundo. ¿Es imposible llevar a buen término una mentira completa de vida?

Sería una mala mentira, porque, como se dice en el libro (y es un elemento fundamental de la novela), las buenas mentiras se fabrican con pequeñas verdades. Una verdad pura no se la cree nadie. Eso los periodistas lo sabéis muy bien (risas). Esto ocurre también en las novelas: todas parten de una gran verdad, pero con ella se construye la ficción.

¿Marco leyó el libro?

Sí.

¿Y cómo le pareció?

Lo entendió. No le gustó del todo, porque si a él le hubiese gustado no me hubiese gustado a mí. Él quería un libro que lo justificase. Yo no quería justificarlo, pretendía entenderlo. ¿Por qué un hombre incurre en una mentira tan monstruosa como esa? Y lo que más me interesa: ¿Qué hay de ese hombre en todos nosotros? Todos tenemos a Romeo y Julieta adentro, pero ellos son la hipérbole llevada al extremo monstruoso y visible. Eso hace la literatura, hacer visible lo invisible, o lo que ya era visible pero nadie quería ver, mejor. Todos somos un poquito Marco, todos lo llevamos un poquito adentro. Y es mejor saberlo.
 


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