El eterno opositor

Falleció ayer en Bogotá una de las figuras más destacadas del periodismo, la política y la cultura. Fue fundador de La Nueva Prensa, director de Cromos y Semana y constituyente.

Acababa de cumplir 13 años cuando se escapó de todas las normas existentes y se consiguió un pase para ingresar a una plenaria del Senado de la República, pues debía, tenía, que escuchar a Jorge Eliécer Gaitán. “Desde niño sus discursos me producían fascinación”, confesaría pasados muchos años, graduado ya como intelectual sin diploma, como rebelde, voz de los que no tenían voz, escritor e incluso aprendiz de Gaitán.

Luego de las intervenciones de Gaitán, Alberto Zalamea bajaba a las carreras para verlo de cerca, tocarlo. Gaitán lo tomaba del cuello y se lo llevaba con él y con sus amigos por la carrera Séptima hacia el Hotel Granada. Él escuchaba, embelesado. Escuchaba y se iba impregnando de las ideas de aquel hombre, a quien en 1999 retrataría en un libro, Gaitán, autobiografía de un pueblo.

“Gaitán —explicaría Zalamea— se interesaba sinceramente por los problemas de los demás. De eso se daba muy bien cuenta la gente; por eso lo quería tanto su pueblo, porque no fingía. Era fundamentalmente un hombre bueno, aunque no de muy buen carácter. Además, contaba con una gran formación cultural. No fue ni un agitador ni un populista en la acepción peyorativa que hoy se le da al término. Lo demostró en todos sus actos, que compendió magistralmente en la manifestación del silencio, la demostración mas pacífica y controlada que recuerde nuestra historia”.

Gaitán marcó a Zalamea, y Zalamea tomó sus banderas desde el periodismo, primero, y desde el Concejo de Bogotá y la Asamblea Nacional Constituyente, después, para intentar solucionar los problemas “de la gente”. Fue director de Semana en su primera etapa, a finales de los años cincuenta, y fundó La Nueva Prensa, una revista que reflejaba los criterios de quienes se oponían a lo que sucedía en la sociedad de aquellos tiempos. “Éramos imprudentes, curiosos e irreductibles (...). Éramos también rabiosos. Padecíamos la frustración desesperada de no poder colmar la distancia entre lo ideal y lo posible (...). Fuimos inclementes, y por tanto injustos, con quienes detentaban el poder y generosos con los jóvenes, y especialmente con los opositores”.

Él fue un eterno opositor, en la vida y en el amor, en la política y el periodismo. Su matrimonio por lo católico con la crítica de arte Marta Traba, en junio de 1967, fue tema de primera página en los diarios nacionales, que reflejaban cierta indignación de los colombianos, pues Zalamea y Traba se habían casado por lo civil 15 años antes y si habían accedido a una bendición católica fue porque el DAS (Departamento Administrativo de Seguridad) había expedido una resolución para expulsar del país a la señora Traba. En aquellos años, las uniones civiles tenían poca legalidad en Colombia.

Catorce años más tarde, Zalamea Costa fue bautizado como Doctor No. Fue el único de los constituyentes que no firmó el acta de la Constitución del 91. Entonces, y luego, decía: “El país nacional quedó marginado de las decisiones que se tomaron en la Asamblea... Aunque no siempre es bueno tener la razón con tanta anticipación. Se supone que uno de los objetivos de la Constituyente era cambiar la clase política. ¿Qué diferencia hay entre el Congreso de hoy y el que se revocó? El de hoy es absolutamente idéntico al de 1990. La razón es muy simple: el pueblo colombiano sigue siendo el mismo y el Congreso es su representante. La Constitución del 91 no cambió al pueblo colombiano”.

Después de su labor como constituyente retornó al periodismo, como director de la revista Cromos. Desde ahí, volvió a defender sus principios, contra decenas de detractores. Escribió sobre el país y sus hipocresías, sobre la cultura y su influencia, y hasta sobre el fútbol de los húngaros en la Copa del Mundo de Suiza 1954. Escribió, fue reportero, corresponsal y director, y como le confesó a Antonio Cruz Cárdenas: “Tal vez este recuerdo explique mi angustia ante la posibilidad de que se confundan o tergiversen los problemas de la prensa. Porque una cosa es criticar la manera como algunos ejercitan el periodismo y otra cosa es aceptar cualquier atentado a una de las libertades humanas esenciales, la libertad de palabra y expresión”.

 

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