El excesivo drama de 'Agosto'

La película cuenta la historia de una familia disfuncional que se reúne a raíz del suicidio del padre.

Julia Roberts y Meryl Streep, madre e hija en la película. / Cortesía

Si me atreviera a predecir quiénes van a ser las próximas ganadoras del Óscar en las categorías de mejor actriz y mejor actriz de reparto, diría que tanto Meryl Streep como Julia Roberts se llevarán la estatuilla, aunque todas las actrices nominadas en la primera categoría son magníficas y Jennifer Lawrence es una de las grandes candidatas en la segunda por su papel en Escándalo americano. Sin embargo, sería exclusivamente por sus fantásticas actuaciones y no por Agosto, la película en la que aparecen.

Dirigida por John Wells y adaptada por Tracy Letts —autora de la obra de teatro homónima de la que parte la película—, Agosto gira alrededor de un duelo. El padre ha muerto, se ha suicidado, y toda la familia se reencuentra para su funeral en la casa de la viuda, en el condado de Oklahoma. En el reencuentro afloran todos los problemas y secretos de una familia disfuncional.

El padre se ha suicidado precisamente por una convivencia que se ha tornado asfixiante, imposible, con su esposa, Violet Weston (Meryl Streep). “Yo bebo, ella toma pastillas”, es una de las pocas líneas que le oímos a Beverly Weston (Sam Shepard) antes de ver que se quita la vida. Esa y “la vida es demasiado larga”, una cita de T.S. Eliot con la que empieza la película. Como el cuento más corto del mundo, ese par de líneas que pronuncia quien está ausente casi desde el principio explican, anuncian y condensan el acontecimiento que desencadena el desenvolvimiento de la historia.

Tenemos, entonces, una madre desastrosa, con un pasado difícil, adicta a los antidepresivos y otros fármacos, que ha pasado los últimos años de su vida haciéndole frente a un cáncer en la boca, junto a un esposo alcohólico, cansado, con el que apenas convive y lejos de tres hijas ausentes con vidas sentimentales igual de desastrosas a las de su madre. Barbara Weston (Julia Roberts), una mujer con un carácter tan fuerte como el de Violet, está en pleno divorcio; Ivy Weston (Julianne Nicholson) tiene un romance secreto con su primo, Little Charles (Benedict Cumberbatch), que al final resulta ser su medio hermano, y Karen Weston (Juliette Lewis) llega al funeral de su padre con su novio del momento, un hombre que terminará coqueteando con la hija de Barbara, que tiene catorce años.

Ni las hijas con su madre ni las hermanas entre sí tienen una buena relación. Estar conectadas por lazos de sangre y por sus genes no garantiza una verdadera cercanía y el amor mutuo; esa es “una de esas mentiras que nos decimos sólo para consolarnos mutuamente”, como dice Violet. No son familia, “sólo somos personas”, dice Ivy Weston.

De modo que la película desarrolla —o más bien presenta, una tras otra— todas las modalidades imaginables de conflicto que pueden surgir en el seno de una familia: la drogadicción, el alcoholismo, el cáncer, la depresión, la soledad, el abandono, el adulterio, el incesto...

A esto se suma la figura de Johnna Monevata (Misty Upham), la empleada de servicio que Beverly contrata antes de morir y que representa el otro nativo americano, el expulsado, el juez silencioso. Ella condensa en sí una historia de opresión y violencia que, sin embargo, no se sabe muy bien por qué ni para qué aparece en la película.

Como dice A.O. Scott en una crítica publicada en diciembre en The New York Times, el paso de obra de teatro a adaptación cinematográfica pudo haber hecho explícitas algunas de las falencias de la obra de Tracy Letts, pues el problema es de la trama, de lo enrevesada y densa que es, y no de las actuaciones. Parecería como si el magnífico reparto se hubiera reunido para mostrar sus habilidades actorales, cada cual por separado, tratando de opacar el uno al otro, sin llevar la historia a ningún lugar. Pero en este juego de ires y venires, nadie opaca a Meryl Streep.

Algo conserva del teatro: las largas escenas, el énfasis tragicómico, el dramatismo de las actuaciones y los pocos espacios en los que se desarrolla la historia. Eso, junto con la luz amarilla que permea la hermosísima fotografía, es tal vez lo más agradable de la película.

 

 

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