El expresionismo caribeño de Ángel Loochkartt

Este jueves se inaugura en el Museo de Arte Moderno de Bogotá la retrospectiva “Ángel Loochkartt, muestra antológica pinturas en los ritmos del tiempo: Vale la carne”.

"Congo y torito". Óleo sobre lienzo. / Cortesía
"Congo y torito". Óleo sobre lienzo. / Cortesía

Después de superar los escollos que una decisión arbitraria e irrespetuosa de la sucesora de Gloria Zea en la dirección del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo), la señora Claudia Hakim, directora a su vez de la galería NC-Arte, dedicada de manera exclusiva a proyectos de arte conceptual in situ, por fin vamos a tener la oportunidad de admirar una muestra retrospectiva del maestro Ángel Loochkartt a partir del jueves 25 de agosto en el MamBo. Sin embargo, restituir la invitación a exhibir sus obras en el museo no fue un generoso gesto de reconocimiento del error cometido, sino que obedeció a la indignada protesta que, a través de las redes sociales, firmaron y difundieron más de dos mil artistas, amigos y ciudadanos que la consideraron un ultraje que ofende no solo la dignidad y el buen nombre de Loochkartt, sino de toda la comunidad de artistas que la consideramos humillante y de pésimo criterio artístico.

No obstante, aún nos parece discriminatorio para un artista de la trayectoria, edad y dignidad de Loochkartt que, como premio de consolación, le hayan asignado el tercer piso del museo cuando a artistas de menor trascendencia en la historia del arte colombiano les han otorgado los pisos inferiores, más visitados, de esa institución. Pero no vamos a detenernos más en esta desafortunada polémica, más bien recordemos las razones por las cuales creemos que la obra de Loochkartt posee los méritos y merece el reconocimiento que solo personas que desconocen la historia reciente del arte colombiano pueden ignorar.

Después de todo, las artes visuales de Colombia son un arcoíris de matices, tendencias, técnicas y argumentos experimentales o tradicionales, con los más diversos materiales, que el MamBo, como institución de carácter público, auspiciada en buena medida con recursos del Estado, está en la obligación de cobijar bajo su techo. Lo curioso del caso es que María Elvira Ardila, curadora titular y quien debía seleccionar las obras para esta exposición antológica, ha cedido sus obligaciones a María Teresa Guerrero como curadora externa, quien ha asumido su trabajo con un enfoque hermético y una peculiar manera de trabajar que rehúsa incluso escuchar las solicitudes de incluir algunas pinturas favoritas del maestro Loochkartt.

Ángel Loochkartt nació en Barranquilla en 1933 descendiente de un capitán de barco holandés que desembarcó en aquella cálida ciudad con su esposa inglesa procedentes de Curazao en el siglo XIX y decidieron que allí echarían sus raíces. Entendiendo su vocación por la pintura, sus padres embarcaron al joven Ángel para Europa donde estudió artes visuales. Ha sido galardonado con numerosos premios y menciones de honor por los atributos especiales de su trabajo en pintura, dibujo, grabado y algunos murales dispersos por el país, quizás el más significativo haya sido primer premio en el Salón Nacional de Artistas de Bogotá en 1986.
Loochkartt trabaja una pintura de vigorosa gestualidad tomando como tema los ángeles perversos, los animales domésticos, las etruscas, su autorretrato o los congos del Carnaval de Barranquilla. Es una obra matérica de rico colorido que propone capturar toda la gracia rítmica de las danzas, su rutilante vestuario y la coreografía de los movimientos característicos en los danzantes. Su obra se desarrolla en ciclos temáticos que van desde la experimentación abstracta de textura empastada ─a principios de la década del sesenta─, la figura humana en los autorretratos, retratos de familia y personajes populares como La Pepita (desde 1963), bruja y adivina como muñeca vieja, o La Sibila de trazo amplio y rotundo; así como bodegones en composiciones libres que enfatizan la luz y su sombra, hasta los temas eróticos en el contexto de un paisaje surrealista, los guerrilleros, travestis, las muchedumbres esquematizadas y sus congos en ambiente de carnaval caribeño que trabaja desde 1977.

No obstante haber vivido la mayor parte de su vida lejos de Barranquilla, Loochkartt recoge en su pintura de estirpe expresionista una tradición que había pasado desapercibida para la mayoría de los artistas costeños radicados en aquella ciudad. Después de Obregón y Loochkartt, las imágenes del carnaval de Barranquilla se han vuelto un lugar común ─con mayor o menor acierto─ en la obra de una legión de artistas seducidos por la magia de sus comparsas, el colorido de sus disfraces y los espectáculos callejeros

Loochkartt ha tenido una sostenida trayectoria académica, estudió en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico en Barranquilla y se especializó en la Academia de Bellas Artes de Roma con Ferruccio Ferrazi y con Nino Maccari. Después estudió pintura mural en la Academia San Giacomo orientada por Giuseppe Ciotti. De regreso a Colombia en 1961 fue nombrado director de su Alma Mater en Barranquilla donde enseñó por más de cuatro años. Se trasladó luego a Los Ángeles (EU) y trabajó durante tres años en los talleres de East Los Ángeles College. De vuelta en su país, se vinculó a la Universidad Nacional en Bogotá donde fue profesor de pintura hasta pensionarse en 2006. Después de largos años de pintar en un frío caserón del colonial barrio La Candelaria, ahora dedica su tiempo a investigar las ilimitadas posibilidades del arte en su apartamento del distrito financiero de Bogotá con Clara Pardo, su esposa de toda la vida, con quien tuvo los mellizos Ángel y Saskia.

Los Congos del Carnaval de Barranquilla

El Carnaval de Barranquilla es uno de los espectáculos colectivos de mayor colorido y musicalidad que existen en el país. Allí desfilan durante cuatro días las danzas, cumbiambas, disfraces y carrozas como manifestación de la alegre vitalidad de este conglomerado caribeño. Mientras duran las fiestas del carnaval, se vive un desenfreno estimulado por el alcohol y la música que obliga a danzar al más severo de los concurrentes.

Desde la década del setenta, sólo Alejandro Obregón había logrado capturar la fogosidad que caracteriza el colorido del ámbito caribeño, hasta que llegó Ángel Loochkartt para demostrar que él también entendía esa asombrosa dualidad que es el ingrediente predominante del Caribe: el color y el movimiento. Sus Congos son una acertada temática que recoge una tradición que estuvo largo tiempo ignorada por los artistas de la región o admirada sólo como una curiosidad pintoresca de diversión local. Por la misma época su amiga, la antropóloga Nina S. de Friedemann, recuperó en una película documental de treinta minutos la vida y razón de ser de los Congos del Carnaval de Barranquilla.

El tratamiento que Loochkartt da a su trabajo es certero. Sin limitarse a retratar de manera folclórica la gestualidad, el colorido de sus trajes o la coreografía de la danza, el pintor se entrega —con el mismo vigor que caracteriza a los danzantes— a recrear una tradición de maravilloso impacto visual en donde los congos emergen de la tela y se ponen a danzar, a beber o dormir un guayabo negro, frente al espectador con la vitalidad que los caracteriza. No hay duda de que el pintor descubrió el único camino para manifestar el elocuente éxtasis de sus protagonistas.

La solución radica en la expresividad de un trazo suelto y nervioso que no da tregua para la elaboración minuciosa del realismo convencional. Por el contrario, su obra es una muestra del expresionismo emocional que se ubica especialmente en Alemania y nos llega desde las pinturas de Matías Grünewald (s. XVI), pasando por los rostros enmascarados de James Ensor y el colorido de Emil Nolde. Con ese expresionismo contundente se identifica la obra de Loochkartt. Sus rojos violentos y sus amarillos incandescentes son tan luminosos como el mismo sol y el mismo cielo que se preña de jirones apasionados en cada atardecer tropical.

La fluidez del movimiento rítmico de la danza es una característica que el pintor maneja con exquisito cuidado para fortalecer la imagen global que asombra por su espontaneidad. En algunos de sus lienzos nos asalta también el recuerdo de Goya, esas miradas huecas de los rostros cubiertos de harina y cierta actitud de mística ensoñación. Es un trabajo que induce a escuchar el tambor que llama a los Congos y los cuerpos que serpentean en la noche de carnaval para entregarse a un frenético rito. Aquel esplendor efímero, el colorido de seda y oropel que nos ofrece a borbotones el Carnaval de Barranquilla, han sido recreados con el virtuosismo, el ingenio y talento de un pintor que se revela como fiel representante del Caribe.

*Escritor, curador de artes visuales e investigador cultural, ha publicado dos libros sobre la historia del arte colombiano en la segunda mitad del siglo XX: Los recursos de la imaginación: Artes visuales del Caribe colombiano y Los recursos de la imaginación: Artes visuales de la región andina de Colombia. Su novela más reciente se titula El umbral de fuego (2015). [email protected]

últimas noticias

Gambeta por la paz

Mircea Cartarescu y la utopía de la lectura

La Rusia que García Márquez conoció