¿El futuro del cine?

El reemplazo del celuloide y la entrada de nuevos formatos fueron los debates de fondo en el Festival, que finaliza hoy. La nostalgia y América Latina, presentes en la muestra.

1. Fotogramas de ‘Only Lovers Left Alive’, del director Jim Jarmusch.

¡Ni siquiera los vampiros están a salvo de la evolución del cine! ¡Del tono apocalíptico que anuncia el fin del celuloide con el que fueron filmadas sus películas a partir de los años 20! ¡Del cambio que anuncia, a principios del siglo XXI, la transformación de los proyectores, a los que ahora llegan las películas a través de la autopista virtual como un archivo de internet para ser exhibido en las salas!

“Extraño el celuloide”, aseguró el director norteamericano Jim Jarmusch cuando presentó en el Festival Internacional de Cine de Tesalónica su última película, Only Lovers Left Alive (Sólo los amantes permanecen vivos). “Extraño la forma como la luz impresionaba el celuloide mientras se filmaba una película y la forma como la luz atravesaba la cinta cuando se proyectaban sus imágenes en la pantalla. Este es mi primer largometraje hecho en formato digital y significó un gran cambio para mí”.

La película de Jarmusch puede verse como una metáfora del cine y del género de los vampiros en un tiempo de especies amenazadas, que continúan existiendo en un arte con formatos diferentes a los que fueran una tradición en el siglo XX —películas filmadas en celuloide de 8, 16, 35 y 70 mm— para satisfacer al público ávido de historias —el público que prevalece día tras día y que asistió del 1° al 10 de noviembre en Tesalónica a las salas y comprobó lo que Alexander Payne, presidente del jurado en esta edición número 54 del Festival, definió como una posibilidad para “bautizar”, como si se tratara de un barco, películas que enseñan otras perspectivas formales y narrativas del cine.

La historia de Jarmusch, en la que Tilda Swinton (Eva) y Tom Hiddleston (Adan) protagonizan un romance vampiresco entre Tanger y Detroit, revelando que los vampiros existen y se buscan a través del mapa, no interesa tanto por el ritual de la sangre —que deja en los rostros de Adán y Eva una expresión de éxtasis semejante a la que trastorna los rasgos de un adicto a la heroína—, como por la devoción de una pasión sobrenatural que no admite límites en el tiempo y asume la eternidad como un encuentro perpetuo entre los enamorados.

Jarmusch ratificó, como sucede desde principios de los años 80, la confianza en su talento y la gratitud de un público que lo ha considerado un buen compañero de viaje que no empobrece la ruta. En contra de la corriente oficial del cine, de su espectáculo entendido como una forma de manipular al espectador, habituado a los modelos establecidos de la acción o al sentimentalismo de la animación virtuosa modelo Cars, Monsters, Inc. o Finding Nemo, Jarmusch se definió como un realizador “al margen”, que continúa sin desvirtuarse a pesar de la dificultad para encontrar productores interesados en financiar sus películas.

A pesar de la crisis, Jarmusch descubrió en Grecia —¡de todos los lugares al margen de la opulencia económica!— “un ángel”, el productor Christos Konstantakopoulos, con quien se desvanecieron los prejuicios cuando Jarmusch compartió con él su pasión por Mark Twain, Lafcadio Hearn y New Orleans. Only Lovers fue así una realidad y no es imposible que suceda lo que Jarmusch definió como una consecuencia afortunada del cine: si logra inspirar, así sea a una sola persona, será algo esperanzador y necesario.

Las herencias compartidas son otro resultado del cine —y, por extensión, de la cultura que transmite sus referencias para enriquecer con un secreto revelado la visión de un ser humano que antes no conocía el nombre de un artista capaz de ofrecerle semejante a la felicidad—. “Si alguien en Kansas o en Lituania escucha en una película el nombre del poeta William Blake y la película hace que se interese por él, esto hará que sea importante”, dijo Jarmusch.

¿Qué nombres fueron revelados al público este año en Tesalónica a través del cine? En términos cinematográficos, los que ahora llegan al futuro que tal vez imaginaron desde su primera historia; aquellos que reinventan la tradición de la pantalla en los términos que inspira y propone el tiempo que nos ha tocado en suerte. El repertorio latinoamericano fue elocuente en este sentido con películas distintas entre sí, renovadoras y cambiantes ante una tradición que durante la segunda mitad del siglo XX fue radicalmente política, necesaria tras las dictaduras militares y los efectos devastadores que aún permanecen en la memoria de los familiares que continúan tras el rastro de los desaparecidos en Chile, Argentina o Colombia.

Películas como La jaula de oro, del director mexicano/español Diego Quemada-Diez, sobre el tráfico humano de los inmigrantes que quieren llegar a Estados Unidos arriesgando su vida; Pelo malo, de la venezolana Mariana Rondón, narrando la evolución sexual de un niño confundido por el homosexualismo que lo desconcierta y lo entusiasma en una sociedad en crisis como la venezolana y su deschavetamiento progresivo; La voz de los silenciados, de Maximon Monihan, un norteamericano interesado por el drama de los inmigrantes centroamericanos, registrado en esta película que asumió el riesgo formal del silencio y del blanco y negro, logrando una efectividad dramática para narrar la historia de Olga, una chica muda que descubre Nueva York como un campo de batalla; Las niñas Quispe, del chileno Sebastián Sepúlveda, sobre un caso real que sucedió en el norte de Chile a principios de los años 70, cuando las tres hermanas Quispe se suicidaron al ver su futuro amenazado y, de alguna manera, simbolizaron el futuro oscuro de Chile bajo la dictadura de Pinochet, o Los dueños, de los argentinos Agustín Toscano y Ezequiel Radusky, reciclando con un tono de perversidad inteligente el modelo narrativo de las relaciones entre patrones y empleados, son algunos de los nombres que justifican la evolución del cine y su creatividad, y que durante el Festival de Tesalónica cumplieron con la ilusión de Jarmusch: hacer del cine un arte que importe cuando se descubre su vitalidad para comprender el mundo.

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