El gigante que sueña

La llegada del Mundial, que tiene como escenario Brasil, es un buen pretexto para repasar su rostro estético y cultural.

Niemeyer Soares construyó Brasilia durante los años sesenta. / AFP

La llegada del mundial 2014, que tendrá como escenario al Brasil, el más grande país de toda América latina, resulta buen pretexto para repasar y compilar el haz de creaciones estéticas y hechos culturales que, ya sea en el legendario pasado o en el puntual presente, delinean su rosto diverso, barroco, enigmático y pleno de sensualidad. La música, la poesía, la ficción literaria, los cultos colectivos, el cine, el teatro, la culinaria, el baile y la fiesta han levantado allí sus prodigiosos dominios. La voz y los sueños de un gigante cobrizo.

Cuando Claude Levi-Strauss recorrió el Brasil, durante sus primeros viajes de juventud, para observar amorosamente el discurrir de la vida en algunos pueblos inscritos bajo el discutible rótulo de primitivos, la mayor sorpresa que tuvo fue atestiguar que existiese en un punto de la tierra, sin que a nadie pareciera asombrarlo, una pasmosa coexistencia de tiempos, procedencias, visiones culturales y religiosas, convenciones y símbolos, modos de organización y formas de vida. De allí salió el libro Tristes Trópicos, genial disquisición y documento de gran fuerza que, de alguna manera, debe ser considerado como un libro brasileño.

Dioses distantes que se encuentran en un punto de la selva, lenguas lejanas súbitamente acopladas merced al encuentro de alemanes con pre-colombinos, o de portugueses con africanos, modos de cantar a la vida y a la muerte de apariencia irreconciliables, formas disímiles de orar a Dios o de exhortar la necesidad del amor y la pasión, sangres diversas que, gracias a la gloria del mestizaje, terminan siendo el indómito torrente de un solo Río… todo eso es el Brasil, este país que resulta difícil totalizar o explicar con unos pocos argumentos racionales.

Ahora que la fiebre futbolística pone la pupila del universo en la gran nación sudamericana, nos pareció propicio elaborar una antología de lo que nadie debe ignorar sobre este “gigante que sueña”.

Un joyceano en Bogotá

Antes de que el llamado Boom latinoamericano hiciera eclosión en el mundo, un brasileño sofisticado, políglota, con el aspecto manso de un filatelista, dueño de una cultura tan vasta como para intimidar a quienes le rodeaban, dio los primeros pasos en la senda de la revolución narrativa latinoamericana que habrían de coronar, más tarde, García Márquez y Cortázar, Sábato y Fuentes, Vargas Llosa y Donoso.

Joao Guimaraes Rosa es un dotado narrador. Se le llama con alguna vanidad “el James Joyce del Brasil” y su obra, a más de cuarenta años de muerto, ha crecido en expectación, hallazgos, anuencia de los jóvenes lectores y la crítica.

Es autor de cuentos inolvidables como La tercera Orilla o La Venganza de los hermanos Dagobe, y de un ciclo narrativo de gran calado, Cuerpo de Baile, pero su logro especial fue la novela Gran Serton, Veredas. Diplomático por muchos años en ciudades europeas y latinoamericanas, se cuenta que el novelista ejecutó su obra mayor en la ciudad de Bogotá, Colombia, cuando trabajaba en la embajada de este país. Riobaldo, el protagonista de la obra, tiene parentesco innegable con Leopoldo Bloom, héroe del Ullyses Joyceano. Es un espíritu alerta, una voz consciente de su belleza y precariedad, que indaga, reflexiona, blasfema, recrea, inventa y “poetiza”.
Su epopeya tiene lugar en esa región semidesértica del Brasil llamada el Serton, escogida por muchos artistas como metáfora de la lucha encarnizada del sujeto brasileño., a veces contra la naturaleza, a veces contra los otros hombres y casi siempre contra sí mismo. Ninguna lista de la novelística latinoamericana podría cometer la negligencia de eludir a este joyceano encantador.

La azarosa vida de Mandrake

La historia personal de Rubem Fonseca, una de las últimas leyendas vivas de la literatura universal, parece una ficción literaria: se trata de un hombre tímido, analítico e interesado de manera obsesiva en la comprensión de los comportamientos humanos, a los que visualiza en ocasiones a través del crimen, los bajos fondos, los delincuentes de las más diversas estirpes y la parte turbia y torcida de la sociedad.

Fue policía y abogado del montón, vivió en los Estados Unidos, donde estudio carreras no muy literarias como administración de empresas y, aunque tiene una enorme fama, jamás ha concedido entrevistas, participado de congresos o ferias literarias ni, menos aún, se le ocurrió jamás pontificar sobre la realidad literaria, política o cultural de Brasil.

Nacido en 1925 en Minas de Gerais, Fonseca es el inventor de Mandrake, un personaje exquisito que danza por los vericuetos de Río de Janeiro descifrando el rostro del mal en sus muchas encarnaciones.

Pero, aunque algo tiene de novela negra y de ficción policíaca, la obra va mucho más allá de cualquier etiqueta: es profunda, cadenciosa, irónica, a veces trepidante , y se sospecha en ella una suerte de metáfora del difícil tránsito del ser humano sobre una tierra infestada de tentaciones banales e interrogantes éticos.

En la actualidad, la cadena televisiva HBO emite una serie llamada Mandrake, en la que el héroe de la ficción es el protagonista. Los libros de este heredero de Raymond Chandler y Horace MaCoy y pariente cercano de Paul Auster – Pequeñas Criaturas, La Novela de un libertino, El salvaje de la ópera, entre otras- son capitales para la memoria brasileña.

Una catedral de emociones

Hasta la irrupción en América Latina de las telenovelas brasileñas, este género de la creación literaria que viene del tradicional folletín decimonónico, estaba colonizado por completo por México, Argentina y Venezuela, muchos de cuyos productos eran convencionales en extremo, acartonados y siempre a un paso de transformarse en “casona de lágrimas.”

Los productores y guionistas brasileños, especialmente aquellos que hicieron parte de la ebullición creadora puesta en marcha por la cadena O globo a mediados de la década de los setenta, transgredieron las fórmulas, dieron una vuelta de tuerca a las historias, buscaron nuevos enfoques y nuevos puntos de mira, y empezaron a entregar un producto aireado, inteligente, real sin perder la gracia y el lirismo sentimental inherente al género, con relatos que no escatimaban la revisión de la sociedad brasileña. Y el mundo abrió sus puertas y su sensibilidad a esta nueva forma de hacer melodrama.

Llegaron entonces talentosos e inesperados guionistas como Manoel Carlos, actores como Bruna Lombardi, Ana Paula Arosio, Daniela Escobar y Gloria Pires, Murilo Benicio, Antonio Fagundez o Raúl Cortéz, y títulos de gran acogida y recordación: La Esclava Isaura, La sucesora, Terra Nostra o Chica Da Silva. En la actualidad, corroborando la impetuosa figuración de las telenovelas brasileñas a nivel planetario, el mundo enloquece con Avenida Brasil, suerte de síntesis y compendio de las bondades de esta dinámica dramaturgia.

Un perseguidor de formas

Es extraño que todavía el cinema no haya concebido una enorme y desmesurada película que narre los pormenores de la vida de Oscar Ribeiro de Almeida Niemeyer Soares, el arquitecto que durante los años sesenta, en una epopeya gigantesca y deslumbrante, construyó Brasilia, una exuberante y ambiciosa ciudad, destinada a convertirse en la capital del Brasil. Amante de la indagación de las formas, Niemeyer es el autor de los principales edificios de la colosal urbe, entre ellos el congreso Nacional, la catedral de Brasilia, el palacio de Planalto y el palacio do Alborada.

Quien camina por estas calles todavía frescas se encontraraáa cada paso el fantasma de la genialidad. Niemeyer, despúes de la faena ambiciosa de Brasilia, fue objeto de persecución y malévolo rastreo por parte de la dictadura que asoló a la nación, y debió buscar el exilio Transitó el mundo erigiendo otras maravillas de ladrillo y cemento en los Estados Unidos, Argelia, Francia y Portugal, y de esta manera diseminó su fantástica visión de la arquitectura. Se hizo un artista del mundo.

Siempre dijo que, de todos los aspectos primordiales de su arte, el que más le seducía era “la curva libre y sensual, la que encuentro en las montañas de mi país, en las olas del mar, en el cuerpo de la mujer preferida”. Su actividad fue incesante, ganó más de treinta premios internacionales. Un auténtico tesoro brasileño que murió a los 105 años.

Un aleph del arte

Muy cerca de Belo Horizonte, exactamente en Brumadhino, se levanta para fortuna de los especialistas y los simples viajeros, Inhotim, el más ambicioso museo de arte contemporáneo al aire libre de que se tenga noticia en el mundo. Visitarlo es una experiencia radical, ya que la fuerza de un paisaje cargado de colores y atmósferas confortantes se aviene maravillosamente con las tentativas de escultores y pintores brasileños y mundiales de diversos periodos.

Fue la idea de Bernardo Paz, un ex magnate minero que acostumbraba relacionarse con artistas plásticos, algunos de los cuales le influenciaron para que financiara la quimera. Él había ido comprando paulatinamente los terrenos adyacentes a su casa de campo, que era humilde y confortable y a la que nunca quiso ponerle aditamentos estrambóticos o lujos ineccesarios.

Las adquisiciones estaban destinadas a preservar su paisaje de la codiciosa intrusión de fábricas o industrias arrasadoras. Aunadas en este espacio maravilloso que invita a la contemplación hay más de quinientas obras. Tunga, Simón Starling, Meirelles, Elio de Suoza y Dan Graham son algunos de los afortunados que tienen obras en el lugar.

Hace poco, el museo hizo una alianza con el Jardín Botánico Brasileño para emprender el conteo y la clasificación de las especies allí presentes, según cálculos aproximados más de 450. Una nupcias de arte y naturaleza que anuncian desde el Brasil el advenimiento de tiempos mejores.

El bachiano carioca

Entre los innúmeros creadores y disciplinados estudiosos de la música llamada culta, y de aquella otra, no menos valiosa, que tiene su raíz en el torrente popular, Brasil tuvo un nombre emblemático que le demostró, con finura y precisión, cómo los límites entre la una y la otra eran relativos, en ocasiones invisibles y capaces de las más inauditas metamorfosis.

Héctor Villalobos es el nombre mayor de la música brasileña y quizá el único que puede equipararse con los míticos e intocables maestros clásicos. Prematuro y genial, supo afinar el oído para pasearse por la ingrávida nación de Mozart , Bach o Beethoven, y para hacerlo también en las expresiones rítmicas de las playas cariocas, de la noche veraniega de Bahía, de la selva amazónica o las barriadas de Porto Belo o Sao Pablo.

Desde muy joven, Villalobos quiso congeniar la expresión culta y los efluvios populares. Hijo de un músico que amaba la tradición de su país, pronto aprendió a tocar los instrumentos y las piezas tradicionales. Y también ser hizo melómano tempranero. “Mi música es natural como una cascada”, afirmó alguna vez, y la lista de sus óperas, coros y, sobre todo, de sus memorables bachianas, parecen confirmarlo en el tiempo.

La rebelión fílmica

A mediados de los años sesenta, cuando todavía parecía remota la opción de que en latinoamérica llegaran a hacerse filmes capaces de expresar la tumultuosa y complicada realidad, apareció –vigoroso, contestatario, experimental y lleno de tentativas- un movimiento cinematográfico que pronto llamaría la atención de los críticos y cinéfilos más exigentes: el cinema novo brasileño, revelación aplaudida en los grandes festivales internacionales, y que parecía seguir la senda iconoclasta del Neorrealismo italiano y le Nueva Ola Francesa.

Un grupo de inquietos artistas entregados a la pasión del séptimo arte, lo moldeó, aún no se sabe si de manera consciente o por una gloriosa combinación del azar. Querían encontrar las formas narrativas apropiadas para exorcizar la epopeya trágica del Brasil, sus contradicciones sociales, la amarga condición de yugo en que discurría la rutina de algunos de sus hijos, la violencia implacable que le había tocado en suerte y la carga simbólica de su pasado, donde se mezclan sangres y razas con generosidad y alevosía.

Glauber Rocha, Rui Guerra, Walter Lima Junior, Nelsón Pereira dos Santos, Carlos Diegues y Joaquim Pedro de Andrade fueron los nombres de estos vanguardistas, ahora considerados clásicos memorables. Las imágenes de películas suyas como Los Herederos, de Diegues, Dios o el Diablo en la tierra del sol, de Rocha, o Tierra Agreste de Rui Guerra, eran electrizantes, de una belleza alternativamente lírica y cruda, y tenían alguna influencia de los instantes cúspides de los western, especialmente de aquellos que se hicieran en Italia.

El Cinema Novo hace parte ya de la memoria universal y se ha integrado a la identidad del país sudamericano, siendo su legado muy notorio en los grandes realizadores de la actualidad como Walter Salles, Fernando Meirelles, los hermanos Barreto o Eduardo Couthino.

La piel de la historia

Aunque cualquier escogencia en el terreno de la estética es siempre caprichosa, hay muchos motivos para pensar que el pintor brasileño al que ningún aficionado debe ignorar es Candido Portinari, de gran riqueza plástica, cuyo tema central, que actuaba en él como una inobjetable fijación, fue el hombre desposeído del Brasil. Campesinos, iletrados, mendigos, jornaleros en las manos del salario del miedo, irredentos, profetas caídos en la pobreza absoluta, desplazados y desheredados pueblan sus cuadros y llegan a formar una bella aunque penitencial familia.

Portinari fue el primer artista plástico latinoamericano al que se organizó una exposición individual en el mítico Museo de Arte Moderno de nueva York y uno de sus íconos memorables es el mural que está en la gran manzana, en la sede de las naciones Unidas. Siempre le obsesionó el Brasil, tal vez porque su fina sensibilidad era proclive a darse cuenta de que allí lo trágico y lo festivo realizaban unas curiosas nupcias.

Se cree que dejó aproximadamente cinco mil cuadros y el Brasil le ama, aunque no faltan los detractores que le critican por haber sido miembro del partido Comunista y porque creen ver en su epopeya colorida rasgos del“realismo socialista de los países de la antigua cortina de hierro.

El amor y la nostalgia

Sucedió a mediados de la década de los sesenta. Hasta entonces, el mundo asociaba la palabra samba con un ritmo ancestral y muy difundido en el Brasil de los carnavales, las fiestas y las celebraciones más o menos paganas. Pero entonces saltaron a escena, con un ímpetu que mezclaba la rebeldía con los efluvios líricos, unos jóvenes músicos y poetas con la necesidad de expresar algunas porciones de la realidad que hasta entonces no habían sido contadas.

Su toque era paradisíaco, nostálgico y lleno de evocaciones sensuales, que ellos preferían llamar saudade. Una a una sus canciones fueron incrustándose en la memoria poética del público y parecieron, además, colonizar una forma de aproximación inédita a la naturaleza, el amor, la sustancia de las cosas y hasta el objeto amado.

La Chica de Ipanema de Vinicius de Moraes o el Obrero de la “construcción” de Chico Buarque parecieron tan legítimos y sublimes como los grandes personajes de la literatura, del Coronel Aureliano Buendia y Remedios la Bella a Pedro Páramo o el cortazariano Horacio Oliveira. Antonio Carlos Jobim, Vinicius de Moraes, Toquinho, Sergio Mendez ,María Creuza, Maria Betania, Chico Buarque o Joao Gilberto, fueron los artífices de esta auténtica “insurrección lírica”. Y piezas como “La chica de ipanema”, “Usted abusó”, Chega de Saudade y Bin Bon las que catapultaron la “nueva entonación” y le hicieron conocer en el mundo. No sería exagerado afirmar que la samba y su hermano el Bossa-nove han llegado a ser una inapresable y finísima manera de ser y de sentir.

La cumbre de los sibaritas

Pero al lado de los grandes libros de poemas y las grandes novelas, de los altivos edificios y las resplandecientes ciudades, de las fiestas paganas y las conmemoraciones bíblicas, Brasil ha venido adueñándose también de unos de los más exquisitos reinos de la sensación gastronómica y dionisiaca.

El Rodizio, extendido universalmente, es quizá la más conocida de las ceremonias gastronómicas de los brasileños. Se trata, sin embargo, más de una tradición y una forma de fraternidad que de una colección de recetas o una carta en el sentido literal de la palabra. Heredado de Portugal, evoca la comunión de la mesa, la cita de la familia y las amistades alrededor de un asado generosamente servido, y en el que se sirven tanto res como pollo, tanto cerdo como búfalo, y se acompañan todos con unas bien balanceadas y apetitosas guarniciones.

Brasil tiene a la hora algunos de los más prestigioso restaurantes del mundo, tanto de los ortodoxos que se apegan al Rodizio y otras costumbres, como algunos experimentales que quieren buscar nuevas rutas y nuevas creaciones para la buena mesa. Algunos de ellos: El mocotó de Sao paulo, Aconchego carioca de Río de Janeiro, Xapuri de Belo Horizonte y Paraíso Tropical de Salvador. La caipiriña también es una creación brasileña que, al igual que el rodizio, ha dado la vuelta al mundo imponiéndose en los ágapes y a la hora de la celebración. Se prepara con cachaza (aguardiente del país) combinado con lima, azúcar y hielo. Como el país donde fue inventada, la caipiriña es seductora, nocturna y llena de asociaciones mágicas.
 

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