El gorrión de Francia

Reconocida por temas como ‘La vie en rose’, Piaf tuvo una vida de amores y desgracias. Honrada por miles cuando murió, aún es una de las voces esenciales del siglo XX.

Édith Piaf (cuyo nombre real era Édith Giovanna Gassion) nació en París en 1915 y trabajó de la mano de dramaturgos como Jean Cocteau. / AFP

“Aunque haga parte del mito —escribe Carolyn Burke en No regrets, una de las biografías sobre la cantante francesa—, la niñez de Piaf no fue un cuento de hadas. A causa de que los pocos datos que existen sobre sus comienzos están combinados con las leyendas que ella y otros circularon cuando ya era famosa, es casi imposible separar la ficción de los hechos”.

Las leyendas son palpables desde su nacimiento: un certificado de nacimiento dice que Édith Giovanna Gassion (como en verdad se llamaba) nació el 19 de diciembre de 1915 en la casa 4 de la calle China, en el hospital Tenon. Un periodista dijo en otro momento que Piaf había nacido en el vigésimo arrondissement de París, en el andén de entrada de un inmueble. Sea como sea, a los pocos meses de su nacimiento, Piaf fue abandonada por su madre en casa de su abuela; la madre quería seguir su vida como cantante de pueblo en pueblo y no podía lograrlo con una bebé en brazos.

Su padre, Louis Alphonse Gassion, combatía por entonces en las filas francesas de la Gran Guerra. Un año y medio después, cuando volvió del frente, Gassion tomó a la niña y la llevó a casa de su madre, en un burdel. Piaf creció, entonces, entre prostitutas; la leyenda dicta que, años atrás, cuando vivió junto a su abuela materna, sus teteros estaba llenos de vino tinto y andaba sucia y desarrapada.

En casa de prostitutas, su destino sería algo distinto: cuidada por meretrices, divirtiéndose entre ellas, pudo ser alimentada y bien cuidada. El mundo no podía ser tan bueno, en cualquier caso: entre los 7 y 8 años, Piaf quedó ciega de momento por una queratitis. Los ruegos a Santa Teresa de Lisieux, dicen, la curaron; junto con su abuela y algunas prostitutas viajó hasta su tumba; un análisis más riguroso dice que, gracias a su alejamiento del burdel, y dado que la queratitis estaba relacionada con la sífilis, Piaf pudo ver de nuevo.

Por entonces su padre volvió a casa y se la llevó. Principiante en oficios circenses, Gassion se presentaba en las calles mientras su hija cantaba. Así continuó la vida, hasta que Piaf se largó; cantó en las calles; a los 17 años quedó embarazada de Louis Dupont, uno de sus primeros amores.

Nació su hija, Marcelle, y sucedió con Édith Piaf lo mismo que con su madre años atrás: era imposible cantar en las calles y, al mismo tiempo, cuidar de su bebé. El 7 de julio de 1935, Marcelle murió por una meningitis. Dos o tres meses después, Piaf fue descubierta por Louis Leplée mientras cantaba en las aceras. Las desgracias también componen ciertas bondades. Leplée la bautizó, le dijo que se vistiera de negro: de allí en adelante dejaría su apellido y adoptaría el mote de toda su vida. Piaf: el gorrión.

El camino que sigue es benigno y desgraciado. Su voz, plena de ese registro húmedo y fuerte de la erre francesa, es escuchada en la radio y alabada por críticos y bohemios; participa en filmes y actuaciones de cabaré; su figura es bien conocida entre la Resistencia Francesa en la Segunda Guerra Mundial. En 1945, en pleno auge de su fama, escribe La vie en rose, quizá su canción más conocida. Ya no era la misma pequeña triste de su infancia: era una mujer de pómulos prominentes, de un metro con 46 centímetros, labios muy rojos, cejas dibujadas y eternas y ojos nostálgicos.

Era la misma mujer que se enamoraría, tres años después, del boxeador francés Marcel Cerdan. La misma que compraría una casa en Bolougne-Billancourt, una comuna francesa, feliz de vivir junto a su gran amor. Pero el sino de su niñez persistía, terco. ”Creo que el amor tiene todas las caras”, dijo Piaf en una entrevista en 1962. La cara de este amor fue trágica: el 28 de octubre de 1949, Cerdan viajaría de París a Nueva York para encontrarse con Piaf. No había más que un puesto en el avión, y una pareja decidió cederlo a Cerdan. El avión cayó en las islas Azores. Todos murieron. “Siempre estoy enamorada —dijo Piaf—, no supe nunca de un momento en que no lo estuviera”. Ese mismo año, Piaf estrenó su canción Hymne à l’amour, que termina con esta frase: “Dios reúne a aquellos que se aman”.

Piaf se casó dos o tres veces más hasta su muerte, conoció el amor de amantes prohibidos y las desgracias vinieron en forma de accidente: herida por un choque en automóvil, Piaf tuvo que recuperarse en varias ocasiones. Su dependencia de la morfina se volvió mayor. Un día, mientras estaba de gira en Nueva York, cayó en escena, enferma. Eran ya sus últimos años. La gloria venía también: en el Olympia de París dio una serie de conciertos que hasta hoy son recordados, sobre todo por su voz en Non, je ne regrette rien.

Murió en los Alpes Marítimos, en la noche del 10 de octubre de 1963. En secreto fue trasladada a París. La Iglesia católica negó sus servicios a Piaf, dado que su vida “tumultuosa” no iba de acuerdo con los valores que ella promulgaba. Con todo y aquel rechazo, miles de parisinos recorrieron la ciudad desde el boulevard Lannes hasta el cementerio Père-Lachaise, honrando su memoria.

La leyenda, que siempre la acompañó, dice que sus últimas palabras fueron: “Cada estupidez que haces en tu vida, la pagas”.

 

 

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

 

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