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El hombre que se escapó de Auschwitz

Jaime Bromberg Katz fue uno de los judíos que acabó preso en los campos de concentración de Auschwitz. Sobrevivió porque se hizo el muerto. Luego viajó en busca de dos de sus hermanos a Colombia. Se afincó en Manizales, donde falleció en 2002.

Esta semana se cumplen 75 años de la liberación de Auschwitz, uno de los lugares más macabros que recuerde la historia de la humanidad. Cortesía

Fue en enero de 1945. Jaime Bromberg era trasladado hacia un campo más. No sabía ni qué día era ni qué año; mucho menos, a qué lugar iba. Él caminaba con otros compañeros a la velocidad que podía. Empezó a oscurecer. Hacía mucho frío, frío de pleno invierno en Europa. Frío de muerte, porque todas las mañanas se levantaba creyendo que aquella sería la última de sus mañanas, y todas las noches se echaba a dormir sabiendo que faltaban uno, dos o tres de sus compañeros. 

De repente vio una zanja cubierta de pasto y tierra y en menos de un minuto se puso de acuerdo con cuatro judíos más. Todos se lanzaron al hueco, sin hablar ni respirar casi. Pasaron algunos minutos que luego fueron horas. Por fin percibieron que ya habría amanecido. Jaime Bromberg escuchó a una gallina revolotear por ahí y la apresó: fue lo único que comieron durante seis días. No salieron más de su refugio, no sabían nada de lo que ocurría afuera. Así fueron pasando los días. Una mañana él escuchó a lo lejos algunos acordes del himno israelí. Entonces movió la maleza y sacó una mano. Tanteó como pudo el terreno y allí, encima de él, un oficial del ejército ruso le dijo shalom y lo ayudó a salir.

No podía caminar. Lo llevaron cargado al pueblo más cercano, Fidelbauch. De a pocos, lo fueron rehabilitando allí. Aún tenía miedo y no dejaba de preguntar por sus compañeros de la zanja, pero todos habían muerto antes de que llegara el oficial. Habían muerto de hambre y de frío una semana antes de que terminara la guerra. Habían fallecido a su lado, pero él no había podido enterarse. Seis meses más tarde fue a Lodz y buscó la casa donde había nacido. No había nadie. En la puerta dejó un papelito con su nombre como lo hacían casi todos, un papelito que ningún Bromberg llegó a leer.

Él lo intuía, pero no podía derrumbarse cuando lo peor ya había concluido. Luego lo llevaron a París, y desde allí les escribió a sus dos hermanos que habían viajado a América antes de la guerra, Salomón y Jacobo. Las únicas señas que tenía eran las que recordaba de una vieja carta de Salomón: "Almacén El Barato, Manizales, Colombia, vía Buenaventura". Con esas pocas señas lo encontró. El 10 de abril de 1948 llegaba en barco a Puerto Colombia. Le dijeron que había una revuelta, que acababan de asesinar al líder Jorge Eliécer Gaitán. Entró en pánico una vez más, pero pocos días después, vía Pereira, ya estaba en Manizales, tocando a la puerta del almacén El Barato, ubicado en la esquina de la iglesia de Los Agustinos.

De ahí en más, la vida fue otra para él. Su hermano Salomón le dio unos cortes de tela para que vendiera. Él empezó con un caballo, yendo de puerta en puerta, repitiendo las únicas palabras que sabía en español: "Mercancía a plazos" . Seis meses más tarde se hizo a una bicicleta. Al año, ya tenía un auto Henry J, "comprado en agencia, nuevecito", como afirmaba, feliz, su esposa Libia González. Por aquel tiempo ellos dos aún no se conocían, pero en Manizales muchos sabían de un polaco que acababa de llegar de la guerra. Se vieron por vez primera en el aeropuerto de Santágueda. Luego, él la invitaba junto a sus tres hermanas a pasear en su Henry J, siempre con los hermanos González como guardianes, como solía ocurrir por aquellas épocas.

Todo se oponían a aquel noviazgo. Los padres de ella, los hermanos de él. "Nadie sabe quién es, ni si es casado ni cuáles son sus costumbres, nada. Fuera de todo es 20 años mayor, judío, y tú, católica", le decía don Tulio a su hija Libia, la niña de sus ojos. Salomón, por su lado, la atacaba con pésimas referencias. "Es de muy mal genio, no lo vas a aguantar". Pese a las oposiciones, él seguía luchando. Un día le envió de regalo un radio Phillips . Luego, flores, un paraguas, chocolates. "Así me enamoró. Era muy detallista" . En junio de 1956, don Tulio dijo "basta" y la envió donde un hermano en Estados Unidos, lejos de Jaime Bromberg.

Ella pensaba que si la relación iba en serio, él iría a buscarla. Y si no, por lo menos conocería, viajaría y lo olvidaría. A los 15 días Bromberg se le apareció: el 18 de julio se casaron. "Era increíble que por fin estuviéramos juntos. Si hasta habíamos tenido que engañar a mi padre. Yo recuerdo que él nos dejaba a mí y a mis hermanas en el teatro Gran Olimpia, a la una de la tarde, para la función de cine social doble, y después, hacia las seis, nos recogía para llevarnos de vuelta. Nosotras, no obstante, nos escapábamos por la puerta de atrás para irnos con Jaime a Villamaría o Santa Rosa. La verdad es que mi papá jamás gustó de él".

Pasaron muchos años. Bromberg creó su propia empresa de confecciones de ropa interior, Jaibro. Alcanzó a tener 39 operarias; dos de ellas se jubilaron allí. La fábrica se cerró cuando no pudo caminar más. Las máquinas terminaron en el sótano de su casa en Alto Palermo, junto a la papelería, algunos diplomas y fotos de cocteles con la alta sociedad. Cuando aún le quedaban ganas, le pedía a alguien que lo llevara al centro a comer panes de azúcar y milhojas. Antes, a menudo, cuando se enojaba por algún detalle insignificante que su esposa no comprendía, se llenaba de dulces y se iba a dormir a su fábrica. Pasaban ocho, diez, doce días sin que le hablara a nadie. Luego volvía a ser él, un hombre serio, marcado por el sufrimiento, trabajador, fiel a los suyos,  un hombre sin vicios cuyos recuerdos no compartía y al que de vez en cuando le oían cantar una vieja canción en alemán.

Sus más profundas y dolorosas pesadillas habían comenzado una noche de 1940, cuando llegó a Auschwitz en un tren repleto de judíos. Allí, niños, mujeres, ancianos, hombres y él habían tenido que dormir unos encima de otros, sin comida, con baños de agua helada cada treinta minutos, sin palabras, con miedo, frío y un eterno sollozo de fondo. Nadie preguntó nada porque todos intuían lo que les esperaba. Los oficiales nazis les habían dicho que iban a un campo de trabajo, así lo llamaban. Sin embargo, algún rumor que había nacido en el gueto de Lodz, su ciudad, y se había colado en el tren, les indicaba que lo más probable era que jamás regresaran del lugar adonde iban.

En el gueto vivían con un pan de dos kilos que les tenía que durar 10 días, cercados con alambres de púas y electricidad, vigilados por el ejército nazi. Los azotaban y a alguno hasta lo mataban a palos, pero vivían. En Auschwitz todo sería distinto. Nada más al bajar del tren, lo marcaron para toda la vida con el número 8225 de la serie B. En adelante ya no lo llamarían por su nombre y apellido, Jaime Bromberg; sólo lo harían con su número. La serie, le explicaron, significaba que iría a trabajar con sus compañeros más calificados: un honor. Bromberg era cabo segundo del ejército polaco, tenía un rango. Por ello fue destinado a la sección de soldaduras, donde se construían los repuestos para los vagones de los ferrocarriles averiados por la guerra.

La noche en la que arribó a Auschwitz fue la última noche que vio con vida.a sus padres, a los ocho hermanos que se habían quedado en Europa, a sus primos y amigos, quienes habían viajado con él en el tren aunque en distintos compartimientos. Se habían despedido en el gueto sabiendo que aquel adiós podría ser para siempre, pero guardaban un pequeño halo de luz, la esperanza inherente al ser humano. En el campo pudo observarlos cuando hacían sus respectivas filas. Las mujeres en una, los niños en otra, los ancianos en otra más ... Luego fue sabiendo que todos perecían en las duchas de gas. "Todos, absolutamente todos. Eran 29, 30. Quedé solo", recordaría muchos años más tarde. Así, solo, vivió cinco años entre Auschwitz y otros campos cuyos nombres no recuerda.

"No era bueno que habláramos, porque entre nosotros mismos había espías. Les decíamos capos. Ellos tenían acceso directo a los oficiales a cambio de mejor comida, cigarrillos, cosas de esas, pero también nos servían a nosotros, pues algunos nos informaban cuándo iba a haber masacres o traslados". Su voz era poco menos que inaudible. Ya no podía caminar, apenas si movía las manos. Hablaba con un poco del acento polaco que le quedó, pero odiaba ese acento. Odiaba todo lo polaco, pese a que el primero de septiembre del 39 defendió sin éxito a su país de la invasión nazi. "Los polacos eran peores que los nazis. Antes de que yo llegara al campo, ya me habían apresado en un bosque, junto a otros compañeros. Nos hicieron de todo. No quiero ni recordar que soy polaco".

Sin embargo, jamás pudo dejar de recordar. Recordaba que cuando llegó a Auschwítz, el campo de concentración más grande de la Segunda Guerra Mundial, pesaba 60 kilos. Ya había rebajado ocho en el gueto de Lodz. A finales de enero del 45, cuando recobró su libertad, Bromberg no llegaba ni a los 35. Recordaba la sopa salada que le daban, los rostros de sus compañeros muertos, el letrero que precedía a las duchas de gas, los hornos crematorios, los inviernos en los que desnudaban a quienes ya no podían trabajar para luego fusilarlos y entregarlos a los perros, los bebés descuartizados, el olor a carne chamuscada, las canciones alemanas que invariablemente antecedían a los asesinatos. Recordó las 16 horas diarias de trabajos forzados, las noches durmiendo entre las piernas de quien no conocía y, en especial, el día que le dijeron que lo llevarían a un lugar del que regresaría estéril.

"Y me salvé porque estaba muy oscuro y hacíamos una larga fila. No había demasiados vigilantes para tantos de nosotros. En un instante se me ocurrió tirarme al suelo y a un lado del camino y hacerme el muerto. Había tantos, que uno más o uno menos... No me vieron". Diez años después, ya casado en Manízales con Libia González, veía nacer a Larry, el primero de sus cuatro hijos, bautizado con un nombre judío elegido por él, como ocurriría con los otros tres, Fanny, Carolina y Saúl León, y con cada uno de sus nietos. "Ni en aquel tiempo ni después abjuré del judaísmo. El pueblo judío no se deja derrumbar, no cede ni se entrega. Jamás. Ni los bolcheviques pudieron con nosotros ni los nazis. Los palestinos tampoco podrán. Pese a todo, sé que lo que ocurrió con nosotros en la Segunda Guerra volverá a repetirse". Jaime Bromberg no olvidó, tampoco perdonó.

Era pesimista. Envió sus papeles a Suiza para una prometida indemnización pero no esperaba nada. "¿Sabe qué espero? La muerte. Yo ya no me cuento entre los vivos, ya no hay nada para mí", decía a comienzos de los años 2000. Fueron seis millones de judíos los muertos del Holocausto. Desde entonces hubo y habrá películas, libros, artículos, canciones, investigacíones. "Es más fuerte que yo. Cuando veo algo de eso no puedo continuar, es casi imposible. El nombre de Hitler me produce odio, asco. Lo cortaría en pedacitos sí pudiera verlo". A finales de los 90, un grupo de guionistas que trabajaba para Steven Spíelberg fue a visitar a Bromberg. Hablaron con él durante horas, grabaron. Necesitaban material para La lista de Schindler. "Pero La lista de Schindler, ¿sabe?, es poco. Yo la vi, allí no se cuenta ni el 10 por ciento de lo que ocurrió".

En su armario guardaba los casetes de la entrevista y la película, algunos recortes del diario La Patria, dos botellas de vino israelí Manischewitz y sus viejas fotos, aunque él no las mostrara porque había imágenes que no quiso volver a ver. Decía que su dolor no se había apaciguado, y que aún, más de 50 años después, casi todas las noches se despertaba sobresaltado. "Y veo a mis hermanos ante mí por las mañanas, apenas abro los ojos, pero luego se desvanecen".

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Fernando Araújo Vélez

Cultura

El hombre que se escapó de Auschwitz

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