El hombre rebelde

El 7 de noviembre se cumplen 100 años del nacimiento de Albert Camus (Dréan, Argelia), autor de ‘El extranjero’, ‘La peste’, ‘El mito de Sísifo’ y ‘El hombre rebelde’, entre otros.

Albert Camus, días después de que le otorgaran el Nobel de literatura, en 1957. /AFP

El cigarrillo eterno, la mirada perdida, lejana, un papel y un bolígrafo de tinta. “17 de octubre de 1957. Nobel. Extraño sentimiento de agobio y de melancolía. A los veinte años, pobre y desnudo, conocí la verdadera gloria. Mi madre”. Dos líneas para subrayar la última palabra, e infinidad de recuerdos. Porque su madre lo crió y educó. Porque fue ella, una mujer argelina que no sabía leer, quien le enseñó lo esencial de la vida, aunque luego él mismo escribiera que todo lo que sabía sobre los hombres y la moral de los hombres se lo debía al fútbol. Fue su madre, Catalina Elena Sintes, nacida en Birkadem, quien lo esperaba después de sus interminables partidos de barrio para asegurarse de que comiera, luego de los insoportables sermones y castigos de la abuela. “La abuela pasaba detrás de él —escribiría Camus en El primer hombre, su última e inconclusa obra—, cogía el látigo llamado vergajo, que colgaba detrás de la puerta, y le daba tres o cuatro fustazos en las piernas y las nalgas que le quemaban hasta hacerle gritar. Más tarde, con la boca y la garganta llenas de lágrimas, delante del plato de sopa que el tío, compadecido, le había servido, se ponía tenso para evitar que le asomaran las lágrimas. Y su madre, después de echar una rápida mirada a la abuela, volvía hacia él ese rostro que tanto amaba: —Toma la sopa —decía—. Ya pasó. Ya pasó. Y él se echaba a llorar”.
La gloria, como escribió el día en el que le comunicaron que había obtenido el Nobel, lo agobió y lo sumió en una profunda melancolía. Camus había sido un eterno peleador de libertades, un hombre, un soñador, como lo calificó Jean-Paul Sartre con ironía. Un hombre rebelde que no quería prestarse a ningún tipo de componendas. Como escribió Orlando Mejía Rivera en uno de los ensayos del libro Rebeldía y exilio, Albert Camus (Sílaba Editores), “La mejor prueba de que Camus ejerció la parresia durante toda su vida está en que lo odiaron, o rechazaron, los intelectuales fascistas, los comunistas estalinistas y leninistas, los capitalistas, los poetas chinos y rusos, los católicos, los ateos, los islamistas, los jerarcas eclesiásticos, los socialistas, los surrealistas, los existencialistas, los sociólogos positivistas, los psicólogos conductistas, los nacionalistas argelinos, los militantes franceses, los líderes sindicales, los dadaístas, los filósofos de la Sorbona, los dramaturgos de París, los periodistas famosos, los políticos de derechas e izquierdas, entre otros. Lo amaron las mujeres, los estudiantes universitarios, los artistas pobres, los futbolistas de Orán, los bohemios del barrio latino y los obreros de las fábricas”.


Camus fue el hombre rebelde.


“¿Qué es un hombre rebelde? —empieza preguntándose en su libro del mismo nombre, tan criticado por tantos, sobre todo por Sartre—. Un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden. ¿Cuál es el contenido de ese ‘no’? Significa, por ejemplo, ‘las cosas han durado demasiado’. ‘Hasta ahora sí, en adelante, no’. Él dijo no, mil veces no. Tal vez por eso, dos años atrás, un poeta checoslovaco de nombre Jan Zábrana escribió en sus memorias que un espía de la KGB le había confesado que ellos, los de la agencia de inteligencia soviética, habían asesinado a Camus por órdenes superiores. Que aquel día, 4 de enero de 1960, el Facel-Vega de Michel Gallimard, en el que Camus iba en el puesto de copiloto, se accidentó por un artefacto que habían puesto en una de las llantas. “Escuché algo sumamente extraño de boca de un hombre que sabía muchas cosas y contaba con fuentes bien informadas”, fue lo que anotó Zabrana en su diario. El hombre, el informante, dijo que la orden venía del propio ministro de Exteriores, Shepílov, a quien Camus había acusado de las muertes ocurridas en Hungría. Sobre la Unión Soviética había escrito tiempo antes: “Que ese régimen concentracionario sea adorado como el instrumento de la liberación y como escuela de la felicidad futura..., eso es lo que combatiré hasta el fin”. Camus murió en el acto, con el cráneo fracturado y el cuello roto. Gallimard falleció cinco días más tarde. Su esposa, Janine, y su hija, Anne, quienes viajaban en el asiento de atrás con un perro, Floc, sobrevivieron.
Junto con los restos de Camus, las autoridades hallaron un manuscrito, El primer hombre, publicado muchos años más tarde por su hija, Catherine. La última novela de Camus fue un homenaje a sus padres, a su abuela y a su propia infancia. A la vida y al absurdo, al no, a su infinito no. Al hombre rebelde.

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