El hombre que sabía demasiado

La cinta se sumerge en el momento preciso en que Edward Snowden destapa el escándalo de las interceptaciones de la NSA. Un retrato íntimo de un personaje del cual no se sabe mucho.

Edward Snowden (centro) durante una conferencia virtual en Moscú, cuando se encontraba atrapado en el aeropuerto de Sheremetievo en 2013. / AFP

Citizenfour arranca su proyección en un túnel: un carro avanza en medio de la oscuridad artificial en la que apenas se ven las luces en el techo de la construcción y, en la lejanía, los faros traseros de un carro que avanza a toda velocidad. La secuencia resulta más que apropiada, pues, en últimas, este es un documental permeado por la intriga y el secreto, la historia de cómo un hombre se convirtió en una de las personas más buscadas del planeta y su lucha para mantener la cabeza por fuera del agua cuando esto significa, incluso, un exilio forzado de su propio país. ¿Un buen hombre? Quizá. Quizá no.

Citizenfour es el alias utilizado en línea por Edward Snowden durante sus comunicaciones secretas y encriptadas con los periodistas Laura Poitras (la directora del documental) y Glenn Greenwald (columnista de The Guardian) antes de que el extrabajador de la Agencia Nacional de Seguridad de EE.UU. (NSA, por sus siglas en inglés) se convirtiera en el principal informante de un escándalo que reveló las técnicas de captación masiva de datos emprendidas por esta institución.

En últimas, este es quizá uno de los documentos más certeros y amplios sobre el hombre, no sobre el escándalo. Para la controversia basta con leer lo publicado por Greenwald en The Guardian o algunos textos de Poitras en The Washington Post. Para recordar la envergadura de la polémica basta con hacer una pequeña búsqueda en la red con el nombre de Snowden.

Pero pocas piezas dirigen su atención hacia el hombre: el joven que denunció algunas de las tácticas de vigilancia masiva más agresivas de todos los tiempos, maniobras que incluyeron la interceptación de las comunicaciones de la canciller alemana, Ángela Merkel, y la presidenta brasileña, Dilma Rousseff. En medio de ese torbellino de información se encuentra una persona atrapada en un hotel de Hong Kong, pues ya es imposible para él salir sin ser detectado y en poco más de una semana se convierte en un ciudadano de ningún lado, pues su vuelta a casa implica su segura detención y, muy probablemente, su encarcelación.

El documental muestra a Snowden pegado al teclado de un computador mientras le informa a la que ha sido su novia por 10 años que es probable que no regrese a su país y que, por favor, coopere con las autoridades que están dispuestas a registrar por completo su vivienda. “Es duro saber que la persona con la que has compartido 10 años de pronto no podrás volver a verla”. Un hombre frágil, aunque determinado, pero, sobre todo, un hombre asustado.

En cierto punto de la cinta, Snowden se encuentra en su habitación de hotel en Hong Kong entregándole información a Greenwald y a Ewen MacAskill, otro reportero de The Guardian, cuando de repente suena una alarma contra incendio. Es un sonido breve, pero deja en total alerta al informante. La alarma se enciende un par de veces más y Snowden, quizá temiendo lo peor (una redada, un arresto), llama a la recepción: era un simulacro de seguridad.

Minutos antes del episodio de la alarma, Snowden configura el computador de Greenwald para que pueda recibir la información clasificada que cuenta cómo empresas como Apple, Skype o Microsoft eran permeables a los sistemas de interceptación de la NSA. A la hora de introducir una serie de contraseñas y de datos sensibles, el informante se mete debajo de una sábana para evitar que los periodistas a los cuales le está confiando su vida, en pocas palabras, “colecten visualmente” la información que está tecleando.

“Los medios tienen un interés particular con las personas, con las personalidades, y van a utilizar esto como una distracción. Yo no soy la historia acá. ¿Por qué hice lo que hice?, me preguntarán. Creo que todo esto se trata del poder de un Estado y de la capacidad de la gente de oponerse de una manera significativa a ese poder. Me acuerdo de cuando la red era un lugar libre y de verdad servía para comunicar a la gente. Ahora todos esperan ser vigilados y se abstienen de expresar ciertas opiniones o afiliarse a un movimiento político determinado por miedo a ser espiados. Y esto limita la libertad intelectual de la gente: estoy dispuesto a arriesgarme a ir a prisión, pero no a censurar mis horizontes creativos e intelectuales”.

Tal vez la gran virtud del documental es ofrecer un panorama de cómo sucedió todo en tiempo real: la cinta está grabada en su gran mayoría al mismo tiempo que Snowden hace sus revelaciones y que Greenwald y compañía publican el material que expuso a la NSA y a su contraparte británica, el GCHQ; todo esto incluso antes de que el nombre de la fuente fuera público, cuando aún era un anónimo experto en computación.

Al mismo tiempo, esta puede ser una de sus debilidades como pieza audiovisual, pues buena parte del documental sucede en una habitación de hotel, con el plano casi siempre encima de una persona que suele hablar en una jerga técnica a veces ininteligible y que a algunos puede resultarle francamente aburridora.

Todo esto quizá no invalida el discurso de Snowden, Greenwald y Poitras, quien grabó su película con una clara agenda de denuncia acerca de las tácticas de la NSA y de la administración Obama, que condenó públicamente el comportamiento del informante, quien hoy se encuentra asilado en Rusia.

Resulta llamativo que la Academia haya nominado a Citizenfour como mejor documental, teniendo en cuenta el fuerte discurso político detrás de la cinta y el altavoz instantáneo que le ofrece a una personaje clave, pero que resulta más bien oscuro en un nivel personal. Esto el mismo año en el que Francotirador, película que retrata a un soldado que mata a cientos de personas a grandes distancias en Irak, arrasa en taquilla y compite en seis categorías, incluyendo mejor película, actor y guión adaptado. En un momento, Snowden le escribe este correo a Poitras: “Laura, contactarte representa un gran riesgo (…) en este punto sólo puedo ofrecer mi palabra: esto no va a ser una pérdida de tu tiempo”. Con o sin Oscar, probablemente no fue una pérdida de tiempo.

 

 

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