El hombre que hacía sus películas

La Cinemateca Francesa organiza una exposición en París con documentos y objetos personales del director y crítico de cine.

François Truffaut retratado en 1966. / Anglo Enterprise - Vineyard - The Kobal Collection

André Bazin, el más influyente crítico y teórico del cine francés, murió el 11 de noviembre de 1958. El mismo día su protegido comenzaba el rodaje de su primer largometraje. Se llamaba François Truffaut y a los 26 años tenía en su haber dos cortometrajes: La visita, que nunca presentó en público, y Les Mistons. En una escena de ese segundo trabajo, un muchachito se acerca a oler el sillín de la bicicleta en la que ha viajado una joven que lo obsesiona. La infancia y el amor, que serían los dos grandes temas de la filmografía truffaudiana, ya estaban presentes en ese momento. También su maestría detrás de la cámara. Pero bajo la batuta de Bazin, que incluso le había ayudado a salir de los problemas legales que le trajo la deserción del ejército, Truffaut se había forjado una reputación sobre todo como crítico.

Uno de sus textos, publicado en 1954, en el que atacaba a varios de los más influyentes guionistas y realizadores de su país, le había ganado enemistades, pero afianzó el respeto de su mentor. Bazin era el hombre detrás de la “teoría del autor”, que sostenía que, a pesar de que una película fuera un trabajo en equipo, un verdadero director era el creador de una obra de arte. Truffaut no sólo escribiría largamente al respecto, sino que haría de ese principio una máxima de vida.

“Yo estaba convencida de que me casaba con un crítico y no con un director”, recuerda su primera esposa, Madeleine Morgenstern. “François ni siquiera tenía una formación académica en cine y yo le decía que no porque se la pasara viendo películas iba a aprender a hacerlas”.

El rodaje de su ópera prima terminó el 29 de enero de 1959. Fue el mismo día en el que nació Laura, la primera hija del matrimonio Truffaut-Morgenstern. Los cuatrocientos golpes recibió la aclamación casi unánime de la crítica y el público. Si bien Truffaut difícilmente habría podido realizarla sin el apoyo financiero de la familia de su esposa, desde entonces tendría completo control e independencia en cada uno de sus proyectos.

* Un tímido en la cima del mundo

 Serge Toubiana, biógrafo de Truffaut y director de la Cinemateca Francesa, recuerda que el cineasta “tenía una timidez que te intimidaba”, que dejaba largas pausas en la conversación y que la única manera de llenarlas era hablándole de películas. “Tal vez por eso la mayoría de sus grandes amistades fueron personas que tenían que ver con el mundo del cine”.

La primera de esas grandes amistades fue Robert Lachenay, su compañero de colegio en el barrio de Notre-Dame de Lorette en París. Los dos se escapan de clase para colarse en las proyecciones de las salas cercanas e iniciaron varios cineclubes, que terminaron con deudas impagables y una temporada en la correccional de menores. Luego vendrían sus compañeros de la Nouvelle Vague, un grupo de jóvenes que gravitaba alrededor de Bazin y que incluía a Eric Rohmer, Claude Chabrol y Jean-Luc Godard, para quien Truffaut escribió el libreto de Sin aliento. Cuando seleccionó a Jean-Pierre Léaud para el papel del adolescente Antoine Doinel en Los cuatrocientos golpes, lo llevó a vivir en su casa. “François se sentía responsable por él”, recuerda Madeleine.

Léaud y Truffaut volverían a trabajar juntos en siete películas más, cuatro de ellas sobre el personaje de Doinel, cubriendo su vida desde la preadolescencia hasta la edad adulta. “Vi por primera vez Los cuatrocientos golpes cuando cumplí 18 años. Aunque François me llevaba a la sala de edición, hasta entonces entendí la belleza de la película”, dijo Léaud hace unos años en una entrevista para Le Monde.

Si el trabajo como crítico le había permitido conocer a su admirado Alfred Hitchcock, su reputación como cineasta le permitió entrar al círculo del director británico. De los encuentros y las entrevistas de los dos quedarían las 350 páginas del libro Hitchcok/Truffaut. También por amor al cine “de autor”, Truffaut aceptó la propuesta de un inesperado admirador estadounidense, Steven Spielberg, quien le rogaba interpretar el papel del científico Claude Lacombe en Encuentros cercanos del tercer tipo. Fue una de las dos únicas veces en la vida que Truffaut actuó para otro director que no fuera él mismo.

De otro de sus amigos de cine, el director checo Milos Forman, queda uno de los últimos testimonios sobre Truffaut: “Fui a visitarlo para invitarlo al estreno de Amadeus. Aunque estaba muy curioso respecto a la película, lo vi acabado. Le pedí que no me acompañara a la puerta porque había que subir una escalera. Supe que no podría venir al evento”.

“Nunca dejamos de ser muy amigos. Él se casó para tener una familia y venía cada vez que podía a ver a sus hijas”, recuerda Madeleine. Truffaut, de quien se había divorciado en 1964, regresó a vivir con ella en 1983, poco después de que un examen revelara que tenía un tumor cerebral muy avanzado. Falleció el 21 de octubre del año siguiente en el Hospital Americano de Neuilly, una ciudad vecina de París.

* El hombre que amaba a las mujeres

Hace 10 años, cuando se conmemoró el vigésimo aniversario del fallecimiento del cineasta, Madeleine dio las instrucciones para que las copias de la correspondencia privada que Truffaut conservaba fueran enviadas a sus destinatarios. Al titular su largometraje de 1977 El hombre que amaba a las mujeres, Truffaut lo hizo con conocimiento de causa. No sólo lograba que la cámara amara a sus actrices, que solían representar mujeres rebeldes que desafiaban las convenciones morales de su época, sino, con frecuencia, que ellas amaran al director. A Claude Jade, de Besos robados, Truffaut le propuso matrimonio a pesar de su minoría de edad. Fue amante de Catherine Deneuve y de Jeanne Moreau, con quien tuvo un romance durante esa historia sobre el poliamor que es Jules et Jim. Con Fanny Ardant vivió tres años y tuvieron una hija.

“Las mujeres a su alrededor eran amigas, amantes, compañeras de trabajo, muchas veces todo al tiempo”, recuerda Toubiana. “La gran excepción fue Isabelle Adjani, una de sus grandes amigas, quien una vez me contó que las pausas de descanso durante el rodaje de Adèle H. las había pasado rechazando sus avances”.

* Jekyll y Hyde

 Cuando en febrero de 1968 Henri Langlois —el fundador de la Cinemateca y hoy en día vecino de Truffaut en el cementerio de Montmartre— fue destituido de su cargo, el cineasta fue uno de sus más convencidos defensores, iniciando las protestas que calentaron los ánimos y prepararon el terreno para las manifestaciones del siguiente mayo. Años después, el cineasta rechazaría una proposición para dirigir la institución. Toubiana recuerda que, a pesar de ponerse del lado de los independentistas argelinos y haber firmado un manifiesto por el derecho a la insumisión durante la Guerra de Argelia, la política nunca le interesó tanto como el cine. Esa fue una de las razones del enfrentamiento con el maoísta Godard, con quien nunca se reconciliaría.

En 1981, el crítico Serge Daney escribía en el diario Libération que había una tendencia a hablar de un Truffaut-Jekyll, el de las historias de infancia y de familia, y de un Truffaut-Hyde, perturbador, casi perverso, “asocial y fetichista”, el de La habitación verde y La piel suave. Según Daney, la película estrenada ese año, La mujer de al lado, reconciliaba a los dos. Esa sería la penúltima cinta de Truffaut. Con la siguiente, Esperando el domingo, el cineasta completaba 25 de las 30 que había proyectado hacer antes de retirarse para regresar a la escritura.

 

 

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Ricardo Abdahllah, París

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El hombre que hacía sus películas

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