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hace 7 horas

El homo-ludens

Cubano, transgresor, erudito y eternamente curioso, guitarrista, compositor y director de orquesta, Brouwer conversará hoy sobre música en la Capilla Sofitel Legend Santa Clara y dirigirá mañana la Orquesta Filarmónica de Bogotá en el Centro de Convenciones de Cartagena.

El director cubano Leo Brouwer durante un ensayo con la Orquesta Filarmónica de Bogotá. / Andrés Londoño

Y entonces fue cuando cincuenta guitarras fueron lluvia. Una tenue lluvia que luego creció y se hizo más intensa, y después fue torrente y más tarde aguacero, y por fin, lluvia de nuevo, tenue lluvia de una noche en primavera. Leo Brouwer era el creador de aquellas lluvias, y de pie, ante las guitarras, vigilaba que cada gota cayera donde tenía que caer, y que sonara como tenía que sonar. Estaba vestido de negro. A veces cerraba los ojos y se agachaba un poco y cerraba sus manos para darle a su orquesta una sonrisa. A veces se imponía como director y alzaba sus brazos en señal de que algo importante iba a ocurrir, y lo importante era una gota multiplicada por cincuenta, que era una cuerda multiplicada por cincuenta.

El programa de mano aquella noche en el Auditorio de Barcelona, cinco años atrás, decía que Juan Leovigildo Brouwer Mezquida había nacido en La Habana, Cuba, el 1º de marzo de 1939, y presentaría su obra Paisaje cubano con lluvia. Que había dirigido la Filarmónica de Berlín, la Sinfónica de Córdoba y la de Cuba, y que había fundado el Grupo de Experimentación Sonora del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, junto a su compañero de músicas y luchas, Silvio Rodríguez. Que era nieto de una reconocida pianista y compositora, Ernestina Lecuona, hermana, a su vez, del músico Ernesto Lecuona, y que su padre, Juan Brouwer, médico, lo había influido profundamente para dedicarse a la guitarra.

Algunos años más tarde Leo Brouwer diría que su padre le había enseñado a tocar de oído, y que por él había conocido a Villa Lobos, a Tárrega y a Granados, y que luego se halló en una encrucijada, pues necesitaba continuar con la guitarra. “Así que encontré a Isaac Nicola, el mejor profesor que podía hallar. Nicola era alumno de Pujol, que a su vez fue alumno de Tárrega”. This gave me continuity with the Tárrega school, but I was not really satisfied with Pujol. Diría, también, que había ido a buscar a su padre luego de la muerte de su madre, y que encontró en la guitarra la mejor explicación de lo que podía llegar a ser la melancolía, por su ternura, por su sensualidad, por su intimidad. Brouwer y la guitarra fueron un solo cuerpo e infinidad de sonidos por varias décadas.

Hasta entonces, Brouwer, el Brouwer niño, se había impregnado de música porque en su casa había un piano, y cuando su abuela lo tocaba, él se escondía debajo para sentir la vibración del piano, aquel golpear de los macillos sobre las cuerdas. Ya de adolescente, y después de vivir una profunda soledad y un aún más profundo silencio, comprendió que aquel vibrar del piano había sido su infancia, y que en su infancia él había sido feliz. Entonces emprendió un viaje por la música para retornar a su niñez. En ese trasegar se topó con Igor Stravinski, y más tarde con Albéniz y con Debussy. Aprendió lo que llamaría el gran repertorio.

Sin embargo, aquel gran repertorio tenía lagunas. Brouwer se dio cuenta, pero en lugar de paralizarse y entrar en eternos lamentos, decidió tratar de llenar él mismo esas lagunas. “No había un quinteto de Brahms para guitarra, no teníamos La historia de un soldado, de Stravinski, no teníamos ninguna sonata de Bártok, así que como yo era joven y ambicioso y loco, me dije que si Bártok no había escrito sonatas, tal vez yo podría hacerlo, y pensé en lo hermoso que hubiera sido si Brahms hubiese escrito un concierto para guitarra. Por eso empecé a componer”, y empezó a componer con todo lo que lo rodeaba. Hizo música, que era su entorno, y también era los sentimientos y la investigación y las raíces y el baile y el no baile.

Todo era música y todo era cultura para él. Por eso rompió. Con la guitarra, cambiando las cejillas, trastocando el orden de las cuerdas, inventando lugares para que sonara como él pretendía que sonara, y después, con la composición. Lo clásico existía para marcar caminos, y luego, trascenderlos. Por eso cincuenta guitarras eran lluvia aquella noche en Barcelona. Y eran juego, pues él siempre se definió como un hombre de juego y de juegos. Y eran aguacero y eran música y eran Brouwer.

 

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