El humanoide (Cuentos de sábado en la tarde)

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Es casi inefable la experiencia que acabo de pasar. Terminé de almorzar y fui a lavar los platos. Porque, eso sí, aunque un miserable y envidioso del barrio donde vivo, diga que soy un mantenido, la verdad se equivoca de un tajo: yo soy el que mantengo a todos en casa.

Aparte de lavar los platos, cocino, lavo la ropa, bueno, la meto en la lavadora y listo. O sea, soy el que las mantengo limpias y comidas a mi esposa y a mi suegra, así que el hideputa actor de un solo filme que me ha calumniado, creyendo como el Mesías que de la calumnia algo queda, puede irse a la mierda: pues lo único que no cubro en casa es el arriendo. El que, por lo demás, pago con trabajo, juiciosamente, todos los putos, eh, benditos, días de mi vida. 

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Y así, de repente, yo que no creo en esas cosas, me acordé del humanoide que había visto en féisbuk. Cuando volteé a mirar, hacia el patio, dada la inquietud que me embargaba, vi cuando el humanoide real entró y se sentó… ¡en el aire!, a mi lado, así nomás, sin avisar. Fue tal la impresión que eso tuvo en mí que, seguramente, al ver mi cara y sentir algo parecido a lo que yo sentía, al verme congestionado, rojo, casi con taticardia, como dice mi esposa porque su hija Tatica la tiene cardiaca, el humanoide tuvo un infarto. Y ahí sí, cayó al piso, así nomás, tal vez por la gravedad: aunque la verdadera gravedad iba por dentro. No de él, sino de mí. La verdad, no podía creerlo, como seguro ahora usted, querido lector, tampoco.

O, bueno, no sé si fue un infarto, porque desconozco de qué están hechos tales espectros, cuál es la sustancia de esos bichos. El pánico fue in crescendo cuando de su forma blanca, casi transparente, huesos largos, menos vértebras que las 32 normales, fue surgiendo una figura corpórea muy parecida al hijo de puta enano energúmeno, ese mismo con muchos nombres, al que le dicen El Innombrable, El Mesías, el Paraco Mayor. Sobre todo, los que están por fuera del país, a los que les tocó salir huyendo, porque el espacio no está para refugios, para escondrijos, para guardados. No sé cómo, en medio de semejante terror, se me ocurrió escribir un cuento, este cuento, porque esto es un cuento. ¿Cómo podría esperar alguien que esto no sea un cuento? ¿Acaso alguien está dispuesto a creer lo que aquí se narra? Quizás. 

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Aunque yo sea el único dispuesto a no ponerlo en duda, tampoco puedo decir que estoy contento. En todo caso, me asiste un consuelo: de una historia solo es verdad aquello que se cree quien la escucha. Desde hace días, meses, años, ha querido ir tomando cuerpo en mí, el miedo experimentado por cada uno de los más de cuarenta millones de colombianos, porque los otros diez más son los que de manera simbólica o real aceptaron la media de aguardiente o el tamal o los veinte, treinta o cincuenta mil pesos, dependiendo de quién haya sido el oferente, aunque todos ellos vengan de una misma raíz: de la del único que se resiste a cantar en este país. A cantar, digo, antes de que lo metan a la cárcel, por todos los delitos cometidos, por las más de doscientas ochenta y siete investigaciones en su contra, por todos los crímenes de lesa humanidad que ha ocasionado, por la conformación de grupos paramilitares. 

Quizás esa sea la razón más poderosa por la que me encontré con el humanoide en la cocina, el mismo sitio en el que una escritora canadiense dice que mientras se lava platos a la vez se fragua/consuma un asesino: bueno, ahora soy un asesino más. Uno atípico, sí. Porque, vaya sabiendo, querido lector, que con el cuchillo con el que tantas veces pensé suicidarme en recuerdo de uno de los seres más queridos por mí en la vida, destacé sin reparo alguno al humanoide, se lo clavé innumerables veces, el cuchillo, sí, no vayan a creer que practico la necro/geronto//filia pero, debo decir que me costó mucho trabajo por tanto hueso: menos mal no sangró, porque hubiera arruinado su inmaculado, aunque algo deforme, rostro: en efecto, tenía la nariz en la frente, los ojos en la nariz y la boca no se le veía, quizás porque la tenía en el culo, mejor dicho, ahí la tenía y por eso es que, como si del Mesías se tratara, el mismo que no ha hecho más que cagarla, pero como es tan vivo y tan colombiano, ha engalanado la mierda, para que todo el mundo entre admirado y sorprendido diga, ¡qué lindo caga el señor!, también espantaba a todo aquel que se le acercara o que apenas lo pretendía: lo peor era que espantaba al que ni pensaba en cercanías, la mayoría porque había tenido que irse a engrosar las filas de inmigrantes, víctimas a su turno de una inconfesa xenofobia institucional. 

Al liquidarlo, maté en mi conciencia, limpia de todo delito, al enano energúmeno que, por (i)responsabilidad tíosamesca, seguía ahí, cual dinosaurio. No uno literario/monterrosiano, sino otro hasta aquí real, asqueroso, maloliente. Mañana, empieza mi juicio. Tengo la firme esperanza de que termine, como Ál Ochoíta, librándome de la cárcel, por vencimiento de términos, que no es sino dejar pasar el tiempo, jugando al póker o a las cabecitas o a hacerse el güevón, respondiendo en todo a los jueces “ay, José así no se hace, ay, José así no sé, ay, José así no, ay, José así, ay José, ayayay, ayayay, ¡cacorro!” Sin embargo, todo hay que decirlo, cuando desperté, para mi desgracia y por causa de la (in)justicia, todavía estaba ahí. Así entendí por qué todos sus áulicos, jueces y prensa corruptos, le dicen El Eterno

Pero, que no se confíe, porque de cualquier malla sale un ratón y, ya se sabe que la política está infestada de ratas, que estas son tan traicioneras como los políticos, que en ellos la traición no prospera, porque si prospera, deja de ser... En todo caso, tarde o temprano, la traición se consuma, aunque no prospere y si no que lo diga el mismo al que traicionó su mejor amigo, que no por Bruto, Marco Junio, era menos criminal que yo: aunque lo mío, y eso sí marca una diferencia con la terrible vigilia, fue en sueños. Por una buena causa, esa sí. 

* (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico literario, de cine y jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector. Colaborador de El Magazín, desde 2012, y columnista, de EE desde 2018. Corresponsal de revista Matérika, Costa Rica. Su libro Ocho minutos y otros cuentos, Colección 50 libros de Cuento Colombiano Contemporáneo, fue lanzado en la XXX FILBO (Pijao, 2017). Mención de Honor por MLK: Todo cambio personal/interior hace progresar al mundo, XV Premio Int. de Ensayo Pensar a Contracorriente, La Habana, Cuba (2018). Invitado por UFES, Vitória, Brasil, al III Congreso Int. Literatura y Revolución – El estatuto (contra)colonial de la humanidad (29-30/oct/2019). Autor, traductor y coautor, con Luis Eustáquio Soares, en portal Rebelión. E-mail: lucasmusar@yahoo.com  

 

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