El poeta nació el 28 de julio de 1883

El Influjo de Barranquilla sobre Porfirio Barba-Jacob

“Las cosas son la espuma del tiempo en nuestras manos”. Canta un hombre que intentó estudiar Derecho y terminó como rapsoda trashumante del Caribe y quien fue abandonado en casa de doña Benedicta Parra de Osorio, su abuela materna, a tres meses de haber nacido, el 29 de julio de 1883.

Porfirio Barba Jacob, quien fue director de las páginas culturales de El Espectador, escribió poco antes de morir: “He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos y voy al olvido”.Cortesía

Quizá por esa “espuma del tiempo”, del desatino y del fracaso heroico que aún hoy aúllan y relampaguean en “Un hombre”, Miguel Ángel Osorio Benítez (Barba-Jacob) decide arrojarse lejos de Santa Rosa de Osos ―su Antioquia israelita― para ser el judío errante que recorre, vago, triste y sensual los contornos de nuestra América.

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Inicialmente parte hacia Bogotá en busca del amor de sus padres con la misma ilusión que una oportunidad de ingreso en la Universidad. Desea dejar lejos la falta de periódicos, conciertos, bandas y libros que hay en su pueblo natal, pero lo que halló en su viaje no fue sino el rechazo familiar y una Guerra de mil días que le hizo emboscada y lo enlistó en el bando conservador para ponerlo “a mil leguas del mundo académico”. 

Al término de la guerra (1899-1902), y después de librarse del apodo de “teniente líchigos” por ser quien llevara a caballo los bultos con las provisiones de campaña, procura alguna estabilidad y recogimiento al verse de vuelta en su terruño. Sin embargo, un nuevo revés se ríe de sus inocentes pretensiones y en “La divina tragedia”, prólogo del volumen Rosas negras, el poeta escribe: 

Después de la guerra fui maestro de escuela en Angostura [Antioquia], tuve amores con Teresa (¡se abre en mi corazón una violeta lúgubre!), y perdí a mi madre abuela Benedicta. Un lampo de claridad divina me iluminó sobre sus despojos inanimados, y no sentí dolor: ¡ni una lágrima! Comprendí mi epopeya… 

En 1905 y con algunos versos de Guillermo Valencia, Luis G. Urbina y Asunción Silva revolviéndole las entrañas y el corazón, se ve de un momento a otro sin el amor de Benedicta Parra ni el consuelo candoroso de Teresita Jaramillo Medina. Miguel Ángel Osorio Benítez, “un hombre en quien el infortunio era el reverso obligado del talento”, se dispone a abandonar definitivamente su nativa Antioquia cuya “civilización es dulzura sin inventos, castidad sin cinematógrafo”. 

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Emprende su epopeya y no desea ser más un alma rural y consciente de que consigo “traía también una incultura que resplandecía: ¡una ignorancia enciclopédica!”. Se sacude de tanta montaña y adopta la nueva brújula pasional de su vida: “¡Vivir es esforzarse!”. Ahí es cuando se le revela cómo a lo lejos “arrastra el Magdalena su caudal de estrellas amantes, como invitando a los Diálogos de Platón”. Leva anclas y enciende un periplo existencial a bordo de su nave lírica que ni el más emputado de los vientos hizo zozobrar. Solo el tiempo, “sepulturero ecuánime”, apagó su vacilante llamita el frío amanecer del 14 de enero de 1942, en un hospital mexicano, apartado de su patria y sus más entrañables amigos. 

Germán Arciniegas, un cachaco con los ojos y el alma sumergidos en este mar de las Antillas, teje en su Biografía del Caribe un relato en el que “Cervantes meditaba a un mismo tiempo escribir el Quijote, o en venirse al Caribe: a Cartagena, a Guatemala, al nuevo Reino de Granada” ese refugio “de pícaros y ladrones”. Y ahí mismo, como si pusiera delante de sus pesados anteojos el catalejo esclarecedor de la historia,  augura que “Quien dibuje el mapa literario del Caribe, encontrará en él todos los nombres de los poetas, los novelistas, los dramaturgos, como si hubiera sido un sueño para ellos armar su república de las letras donde tenían sus tiendas los bucaneros o encendían los bandidos su fogatas”. 

Algo de este Caribe literario y poético intuyó Miguel Ángel Osorio el día que dijo “la montaña era para mí la vida” y añade esperanzado: “tal vez bajo otro cielo la gloria nos sonríe”. Y así, abocado por algún hechizo vitalista, desciende de los nublados cerros hacia la amplia claridad de los tajamares de Bocas de Ceniza, al encuentro de una ciudad portuaria que lo recibió vibrante y convulsa, crispada por una incesante actividad fenicia.

Gilberto Loaiza Cano en Voces de Vanguardia, discurre sobre la adelantada vieja Barranquilla de finales del XIX y comienzos del XX que atrajo la atención del poeta antioqueño: 

Lo extranjero podía establecerse allí para contribuir a conformar una sociedad abigarrada en gustos y costumbres. A ese puerto llegaron a comienzos de este siglo marineros anarquistas y socialistas; banqueros ingleses, franceses y alemanes; comerciantes italianos y catalanes; allí se concentraron lectores de Nietzsche, traductores de Kant y Apollinaire. El extranjero y el nativo dieron lugar a una cultura cosmopolita […] los jóvenes barranquilleros, a su vez, disfrutaban de un aire cosmopolita que no se podía respirar ni en Bogotá ni en tierras antioqueñas.

De 1906 a 1907 Barba-Jacob vive y lee todo lo que puede en la ciudad de ambiente cosmopolita y recuerda: “Fui a dar a Barranquilla, pero con tan mala fortuna que al llegar se me perdió uno de mis zapatos […] pues a caminar descalzo en la ígnea arena de la costa”. No solo fue ese zapato lo que dejó tirado en el camino, sino que el nombre con el que había llegado, Miguel Ángel Osorio Benítez, también quedó extraviado en estos arenales y con ello, toda su antigua vida bucólica y pastoril. Aquí nació el poeta, al nivel del mar fabricó su mitomanía vanidosa y a 38°C un hombre trocó su existencia y lo que aún le restaba de destino. A sus veintitrés años aparece en escena Ricardo Arenales y con él, sus primeras grandes creaciones juveniles.

Aquí, alojado en sus noches en casa de un leproso que bien podría haber sido el poeta del cementerio, Gabriel Escorcia Gravini, nació el poeta Ricardo Arenales y murió para siempre Miguel Ángel Osorio “el teniente líchigos”.  

Algo más de un año (1906- 1907) en Barranquilla le bastó al poeta antioqueño para comprender que su vocación lo esperaba en la amplia cuenca del Caribe. Llegado en tiempos de los editoriales literarios del diario El Rigoletto, en donde se exhortaba que todo avance no puede ser exclusivamente industrial y comercial, sino además cultural y espiritual, sus fundadores Julio H. Palacio y Eduardo Ortega daban las primeras pistas de la cara alejandrina que posee esta ciudad dual (fluvio-marítima/Cartago-fenicia). 

En medio del estupor económico de la fiebre del tanto por tanto, de la algarabía del comercio de mercaderías, del abarrotamiento de cónsules en los clubes sociales y las coreografías francesas e italianas en los teatros, es donde Porfirio Barba-Jacob, cuyo seudónimo es otra de las tantas huellas que esta ciudad deja en la vida del bardo, pulsa su lira y engendra “La parábola del retorno”, “Domador, triunfador”, “Carmen”, “Crepúsculos”, “Árbol viejo”, “Oh noche”, “Desamparos de los crepúsculos”, “Campaña florida” y “La tristeza del camino”. Este último, fue bien comentado por un “modernista a la fuerza”, Abraham Zacarías López-Penha en el periódico de su propiedad El Siglo e igual recibimiento obtuvo en diario El Promotor

Prueba de su formación en la arenosa queda detallada en el extenso estudio crítico titulado Porfirio Barba-Jacob y Su lamento poético, publicado por el Instituto Caro y Cuervo, en donde el escritor y académico Eduardo Santa sostiene que: “en la ciudad de Barranquilla, Barba-Jacob inicia pues, una intensa y fructífera vida literaria” y agrega:  

Por las declaraciones de barba-Jacob a Pardo García, se llega a la conclusión de que aquel empezó a escribir estando ya en Barranquilla. A esta ciudad llegó justamente en 1906, cuando abandonó sus campos nativos de Antioquia, después de la muerte de su abuela Benedicta (diciembre 2 de 1905), y después de haber sido rechazado por los padres de su novia Teresita. 

Instalado y acogido en las tertulias literarias en las que Miguel Rasch Isla trabó duelo poético con José Eustaquio Rivera, y cuya bohemia resplandeciente era nutrida por La Dama de los Cabellos Ardientes y otros poetas como Lino Torregrosa y el mismo Abraham Zacarías, en ella también hacía presencia su gran amigo y mentor Leopoldo de la Rosa (El caballero de la rosa), aunque este par luego se hubiera distanciado diametralmente por distintas razones en las que se incluyen rumores de plagios y robos de amantes. 

De su tiempo en la arenosa, a la que dedica “Canto a Barranquilla”, nos dice el propio Barba-Jacob con su voz cavernosa de delirios: 

En aquel grupo leía yo Darío y a Valencia, a Darío y Emerson […] a Renán y a Carlos Marx y a Edgar Quinet… mis demonios terroríficos parecían sujetos con blandas cadenas […] yo bebía de los efluvios de los jardines antiguos, de los jardines de Italia, de Francia, de España… efluvios de rosas de filosofía, de pintura, de astronomía…

Barba-Jacob que también se hacía llamar Maín Ximénez, Juan sin Tierra, Raimundo Gray, Juan Azteca, Augusto Paniagua y Ricardo Arenales “cuando se le gastaba el nombre por las deudas o los vales”, salió de Barranquilla transformado en el Ashaverus de América; un errabundo solitario y poderoso, doliente y desdeñoso que oprime con negligencia su propia vida. 

Barba-Jacob abandona la ciudad fenicia y se va a fundar periódicos y cultivar marihuana en Cuba, militante del partido comunista en Centroamérica funda al lado del premio Nobel de Literatura Miguel Ángel Asturias y otros intelectuales la Universidad Popular de Guatemala. Habitante de las cantinas y bajos fondos, un día pernocta entre los miserables y al otro dicta conferencias sobre hispanoamericanismos en la misma ruta de la Raza Cósmica de José Vasconcelos, después de sobrevivirle al terremoto de San Salvador con una breve novela y de cometer periodismo para sobrevivirse a sí mismo de tanta penuria y flagelos dionisíacos. 

En el país estuvo durante un breve periodo y a la ciudad arrimó una vez, y fue solo para asistir a la coronación de Julio Flórez como poeta nacional en el municipio de Usiacurí, como lo manifiesta Ramón Illán Bacca en Escribir en Barranquilla. El regreso definitivo a Colombia lo haría dentro de una urna de plata que contenía sus cenizas después de dejar rodando por todo el Mar de las Antillas, su tortuosa estrategia literaria cuyo eco retumba en este encolerizado verso suyo: “He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos y voy al olvido”.

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Leydon Contreras Villadiego

Cultura

El Influjo de Barranquilla sobre Porfirio Barba-Jacob

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