En el interior del caleidoscopio de Bolaño

La semana pasada se abrió en Barcelona una exposición con algunas de las cartas, apuntes y fotografías de Roberto Bolaño, que explican someramente la obra del escritor chileno, fallecido en 2003.

Una de las calles que Roberto Bolaño transitó durante su paso por Barcelona, donde vivió y escribió que había perdido un país, pero ganado un sueño.   / Cortesía
Una de las calles que Roberto Bolaño transitó durante su paso por Barcelona, donde vivió y escribió que había perdido un país, pero ganado un sueño. / Cortesía

Varias veces me detuve frente al edificio donde Bolaño vivió en Barcelona como esperando algo. No sé muy bien qué, pero saber que una de esas viejas y oscuras habitaciones la ocupaba él me intrigaba. Inventaba excusas para pasar por la calle Tallers, con la misma mirada curiosa y las preguntas de siempre. ¿Habría pensado allí a Ulises Lima? ¿Vivía aquí cuando escribió Perros románticos? ¿Por qué no podía dormir?

El martes pasé por ahí, pero seguí de largo y con prisa. Llegué al Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Reconocí a sus hijos, Lautaro y Alexandra, ambos sacaron el pelo crespo y alborotado del padre. Me senté cerca. ¿Cómo serán estos chicos? ¿Qué se siente ser hijo de Bolaño? Mis pensamientos fueron interrumpidos por la voz firme de Carolina López, la viuda, quien explicó a los que estábamos allí, fervientes lectores de Bolaño en su mayoría, el trabajo que le tomó ordenar y clasificar el archivo personal del escritor, quien antes de morir lo guardó casi todo en cajas: cuadernos, manuscritos, recortes de prensa, fotografías, correspondencia, incluso servilletas viejas y rasgadas con poemas que escribía en cualquier bar.

Entré al laboratorio de Bolaño. Curiosa, expectante. Una libreta abierta llamó inmediatamente mi atención. De no estar protegida por un vidrio, sé lo que hubiera ocurrido. En letra alargada y con tinta azul, legible a cualquier ojo, había una lista de ideas para cuentos: sobre la historia que me contó Rosa; tren jazzeado y el árabe que agoniza; escribir sobre el Liceo Los Ángeles; terminar hablando de mi mamá; insertar fragmentos policiales. Junto a la libreta, un cuaderno en espiral que se titulaba Diarios de vida, me explicó a qué se debía el sueño perturbado de Bolaño: “No dormía nunca, el desprecio que sentía por la así llamada literatura oficial era enorme, aunque sólo un poco más grande que el que sentía por la literatura marginal, en la cabecera de mi cama había pegado con una chincheta un papel que decía, en polaco, Anarquía total”. Eran tres los Diarios de vida. En ellos se entrecruzaban las experiencias de Bolaño como inmigrante, las lecturas de Freud, Lacan y Cooper, su trabajo como vigilante en el camping Estrella de Mar, el descubrimiento del trovador accitano Guiraut de Borneos, el diálogo con los poetas troyanos, la influencia de Arcimboldo.

Del otro lado, unos recortes de prensa viejos y amarillentos roban mi mirada: “Un poeta chileno ha sido muerto de hambre por su mujer”, “seis niños atraviesan el desierto en busca de cariño… y de fútbol”, “una extraña criatura parecida a una vaca gigante con pico de pato ha sido vista en un lago volcánico en la frontera chino-coreana”, “un niño chino de 11 años puede ver el interior de las personas”, “un chino de 142 años pasea en bicicleta por las calles, su longevidad radica en dormir sentado”. Frente a las noticias hay un fragmento del manuscrito inédito Las alamedas luminosas: “Ahora abro la ventana, qué luna, detrás de mí, acuchillados y silenciosos, están Charles Bronson, Ernesto, Ramón y los dos pequeños”. La historia es sobre Julio Arriagada, poeta y exministro, secuestrado por su mujer, quien probablemente en algún punto de la trama se topa con un grupo de niños que escapan de un orfanato.

Al sacar la cámara para tomar fotografías de las cartas, un guardia me hizo saber que estaba prohibido. Resignada, anoté fragmentos de algunas muy buenas. En una de ellas, preguntaba a su amigo Waldo sobre las clases de poesía latinoamericana del siglo XX que se impartía en aquel entonces en las universidades mexicanas, “¿empiezan con Darío o con Macedonio Fernández? ¿Con Huidobro o con López Velarde? José Emilio Pacheco decía que si Darío hubiera vivido más y si Huidobro hubiera sido su secretario, otro gallo nos cantaría”. Cuestiones que le ayudarían en la escritura de su novela Los sinsabores de un verdadero policía. En otras le contaba a su editor, Jorge Herralde, los cambios que a última hora tuvo Estrella Distante: “Un amigo que había leído la Literatura nazi leyó Estrella distante y me hizo notar la serie de párrafos repetidos entre el último capítulo de aquella y varios, si no todos los capítulos de ésta. Por supuesto, yo ya lo sabía, pero consideraba (y sigo considerando) que una cosa es una historia de 20 páginas en donde se esboza una carnicería (moral) y otra muy distinta una novela de 104 páginas en donde lo que pretendí fue contar una historia generacional, es decir, no los crímenes de Wieder, sino aquel apocalipsis de la poética y del sentido del ridículo (pero también de la generosidad) que fueron las décadas del 70 y 80 en América. ¿Por qué utilicé los mismos párrafos? La razón es tan sencilla que parece idiota, porque si ya estaban bien así, y se trataba de la misma historia, por qué cambiarlos. En fin, la conversación con este amigo supongo que me pilló en uno de los momentos de bajada de mi bipolaridad, por lo que tras pasar un par de noches dándole vueltas al asunto a la tercera me puse manos a la obra… el resultado fue que algunos párrafos cambiaron, pero sobre todo que la novela creció… Es necesario que hable contigo, aunque sólo sea para jurar de rodillas y con los brazos en cruz (en el derecho el Diccionario de la Real Academia, en el izquierdo el Código Penal) que nada más lejos de mi intención que hacerte pasar gato por liebre o capítulo por novela… Por descontado, si a la vista de estos datos no te convence la historia rompemos el contrato y ya no hay problema”.

Un tiempo más tarde, mientras se encontraba cocinando Los detectives salvajes, le escribió otra carta: “Creo que no podré llegar con mi novela a la fecha magnética del 15 de julio. Estoy en ello, pero el texto resiste como el conejo de Duracel y por cada página que destruyo salen dos… quería que no tuviera más de 500 páginas y ahora sé que no tendrá menos de 600. Y, por supuesto, tiro muchas páginas, borro mucho, destruyo mucho, pero sigue creciendo. La mortalidad es elevada. Casi todo el mundo se enferma. Tienen accidentes automovilísticos. Los matan los balazos. Se suicidan. Pero ni por esas… estoy cansado de tanto escribir. Añoro los cuentos y las novelas de 120 páginas. El novelón me tiene colgado del cuello y lo único que puedo hacer es tener paciencia. Y repetirme, eso sí, que nunca más haré nada tan extenso. Por supuesto eso no evita las pesadillas”.

De las paredes colgaban fotomatones y polaroids. Con cerveza en mano y tabaco de liar en la otra, Bolaño aparecía sonriente, acompañado de otros reconocidos escritores que por el paso de los años me costó identificar: Nicanor Parra, Javier Cercas, Celina Manzoni, Enrique Villa Matas, Rodrigo Fresán, Ignacio Echavarría, Jorge Franco, Santiago Gamboa, Mario Mendoza, Iván Thais y Jorge Volpi eran apenas unos de ellos.

Llegué al final del pabellón, de una lado estaba la imagen de un mexicano desde arriba, del otro un cuaderno que decía: “Estoy condenado, afortunadamente, a tener pocos lectores, pero fieles. Son lectores interesados en entrar en el juego de lo metaliterario y en el juego de toda mi obra, porque si alguien lee un libro mío no está mal, pero para entenderlo hay que leerlos todos, porque todos se refieren a todos. Y ahí está el problema”.

Al salir doblé por la calle Tallers. Miré las ventanas. Sabía que dentro de una de ellas, en una habitación de madera, en penumbras, habría escrito que en aquel tiempo tenía veinte años y estaba loco, “había perdido un país, pero había ganado un sueño. Y si tenía ese sueño lo demás no importaba. Ni trabajar, ni rezar ni estudiar en la madrugada junto a los perros románticos”.