El intruso (Cuentos de sábado en la tarde)

Si la memoria no me traiciona, la primera vez que supe de la existencia del intruso fue en la escuela, en tercer grado de primaria, luego de robarle la lonchera a uno de mis compañeros de curso.

Cortesía

A pesar de los años, recuerdo muy bien la sensación como de calambre o de ligero cosquilleo en algún rincón lejano y desconocido de mi cabeza; molesto aunque inofensivo y pasajero, como el sarpullido que deja el roce de una prenda demasiado ajustada. Tiempo después adiviné su presencia tras pagar para que le propinaran una golpiza a un imbécil que acaba de hacerse novio de la chica que me gustaba. En aquella ocasión me embargó la sensación de que alguien me miraba intensamente, pero desde adentro de mí mismo. Ahora que lo pienso, el intruso en mi vida ha sido el equivalente a la molesta espina que se te mete en la piel y de la cual solo ves un diminuto punto negruzco.

Siempre creí que eran impresiones mías, que pasaría con el tiempo, que era un tic nervioso de la imaginación. Pero cuando le descerrajé un balazo al más opcionado candidato para arrebatarme las elecciones a gobernador, su  presencia se hizo certeza. Lo vi recostado en un rincón de la desvencijada bodega a la que habíamos llevado al tipejo aquel para ajustarle cuentas. Espigado, nervudo, me miraba con descaro, al tiempo que fumaba un cigarrillo delgado y blanco. Alerté a mis escoltas, pero no encontraron a nadie, ni vieron nada. Cero sombras, cero sospechosos. Solo un pesado silencio y olor a pólvora y plomo.

Tiempo después habría de verlo una vez más, claro, como no, durante mi discurso de posesión como el nuevo gobernador del estado. Me observaba con detenimiento y creo que hasta sonreía burlón, camuflado entre la gente, apretujado entre los curiosos. Y luego sobrevinieron varios encuentros más, en la firma del acta que aprobó la expropiación de tierras a los campesinos para venderlas a una petrolera británica; cuando celebré mi candidatura a la presidencia, junto a una docena de parlamentarios, con una bacanal en la que participaron varias menores de edad, y cuando crucé sobre mi pecho los colores de la patria aceptando el cargo de Presidente, al que pensaba atornillarme para siempre, repartiendo dinero y propiedades a los lacayos adecuados en las Fuerzas Armadas.

Por supuesto, para alcanzar la presidencia había sido necesario que mi rival se retirara de la contienda, aduciendo ‘repentino conflicto de intereses’, pero en realidad fui yo quien lo obligó, luego de secuestrar su esposa e hija. A los pocos meses de disolver el Congreso y ordenar una purga al interior de mi gabinete y del Ejército, las apariciones del intruso se volvieron más frecuentes. De hecho, a veces, cuando me desplazaba en mi limusina por cualquier callejuela miserable, de algún punto perdido de la patria, el hombre aquel aparecía, con una cerveza en la mano o a lomo de una mula o pastoreando ganado o conduciendo un taxi destartalado… siempre mirándome, fijamente, penetrando en todos los recovecos de mi cabeza. “Allí, allí, rápido, lo quiero vivo”, gritaba a mis hombres, que aprehendían a cualquier infeliz con tal de darme gusto. Pero siempre era el equivocado. “Imbéciles, es igualito a mí, solo que más flaco y desarreglado, ¡cómo me traen a este insecto!”, los reprendía y, obvio, el insecto de turno acababa o saco de golpes de mis escoltas o pagaba por mi frustración con un balazo en la frente.

Loco o paranoico, un individuo como yo jamás deja cabos sueltos y sospecha de todo el mundo. Así que ante la imposibilidad de identificar y, menos aún, de atrapar a mi acosador, me rodeé de un fuerte anillo de seguridad, con agentes entrenados por marines gringos y los temibles kaibiles guatemaltecos. Esto, de paso, me confería un estatus de ‘intocable’, igual al de otras celebridades de la historia latinoamericana como Trujillo, Videla o Pinochet. Pero nunca nada fue suficiente. Ni el mentado e impenetrable anillo de seguridad ni que mis sentidos se aguzaran aún más ante la presencia del intruso. Ya hasta lo veía en la sala de juntas, recostado contra una pared, mientras yo departía con mi ‘gabinete ministerial’, que no era más que un atado de imbéciles funcionarios de mediopelo que hacían todo lo que yo les ordenaba, como perros falderos, atentos a cualquier migaja que les lanzara.  ¡El tipo aquel hasta se mostraba, con descaro, cuando visitaba a una de mis concubinas: en el patio de su casa, sentado en el sofá, etc! Una vez, incluso, abrí la puerta de mi baño privado y lo encontré, cagando y leyendo el periódico estatal, de cuya junta editorial era yo el presidente. Solo levantó la vista y me sonrió. Yo cerré la puerta de inmediato, corrí al armario, saqué una de mis escopetas de caza y le descargué al menos cinco plomazos a la maldita puerta.

Cuando mis escoltas llegaron, espantados por las detonaciones, abrieron la puerta y solo encontraron porcelana y concreto hechos trizas, nada más. Bueno, aparte de un enorme mojón de mierda flotando en el retrete. Por eso ahora, cuando me lo topo en mi despacho, sentado en mi escritorio como una atenta secretaria con las piernas cruzadas y silbando distraído, ni me tomo la molestia de atacarlo o de llamar a mi cuerpo de seguridad. “Entonces, hoy es el día”, le digo desafiante, cual si se tratara del encuentro final con un oscuro y abyecto espejo. “En efecto”, me responde, al tiempo que acaricia la hoja de un sable harto conocido en mi país, por haber pertenecido al caudillo, al insigne Libertador de nuestra patria y que, a propósito, debería estar en la bóveda de máxima seguridad del Museo Nacional. “Antes solo quisiera saber quién es usted, quién lo contrató”, pregunto, y suelta una carcajada. “Usted mismo, Señor Presidente. ¿Tan obtuso y embebido de sí mismo está, que no se ha dado cuenta de ello?

Soy esa piedra en el zapato que todos los humanos tenemos en mayor o menor grado. Vergüenza, pena, remordimiento, culpa, conciencia si lo quiere. Esa vocecilla que dice, no lo haga, no la cague y que, invariablemente, uno ignora”, dice, ya a tan solo unos metros de mí. Podría correr hasta la puerta o gritar, pero soy consciente de que es demasiado tarde. Nadie oiría mis gritos, no alcanzaría a moverme un metro sin que me diera alcance. No obstante, utilizo el último recurso que me queda y que, a lo largo de mi carrera política, siempre ha sido exitoso: “tengo mucho dinero, puedo hacerlo rico. Solo pídame lo que quiera…”. Pero la única respuesta que me llega es la centella plateada del sable, que se proyecta a gran velocidad hacia mi cara.

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Jimmy Arias

Cultura

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