El inventor del hielo

El escritor mexicano nos ofrece su versión de por qué García Márquez se convirtió en inmortal. Y su escritura, en inolvidable.

Gabriel García Márquez recibió el 21 de octubre de 1982 el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo, Suecia. / AFP

Gabriel García Márquez solía recordar que llegó a México el día de la muerte de Hemingway. Ciertos momentos se definen por lo que perdemos: el 17 de abril de 2014 falleció la única persona que hubiera escrito bien esa noticia.

Desde sus primeras crónicas, publicadas en Cartagena de Indias y Barranquilla, García Márquez decidió que la realidad es una rama de la mitología, llena de cosas tan difíciles de probar y tan inolvidables como estas: no hay nada más dramático que una negra engreída, suicidarse es una forma de ser chino y el azúcar murmura cuando sube a las naranjas.

Después del asesinato del político liberal Jorge Eliécer Gaitán, la prensa colombiana pasó por una fuerte censura. Imposibilitado para cubrir acontecimientos, el joven García Márquez narró la vida íntima de un bandoneón, los problemas de tráfico causados por los muertos y el desconcierto producido por una vaca que se creyó urbana.

Como su maestro Daniel Defoe, renovó el periodismo para renovar la literatura. El autor de Robinson Crusoe tuvo que llegar a los sesenta años para describir el desconcierto que produce una huella en la arena de una isla desierta. Nacido en Piscis —signo aliado de la fortuna—, García Márquez encontró más pronto a su náufrago. José Salgar, encargado de la cocina de El Espectador, bajó la escalera en espiral del diario y pidió al joven periodista de Aracataca (al que apodaban como Trapoloco por su fantasiosa mezcla de ropas) que escribiera el relato de un náufrago. Todo mundo conocía la noticia. García Márquez encendió un cigarrillo pensando en pretextos para negarse, pero el diálogo lo llevó a una revelación: podía escribir en primera persona, como Crusoe en su isla. Los lectores conocían la información, pero nadie, ni siquiera el náufrago, conocía la vida interior de la información.

García Márquez entendió el periodismo en clave cervantina. Los datos que el mundo pone frente al Quijote son arbitrarios, abigarrados, caóticos; se trata de “noticias”. Desde su perspectiva, la época ha enloquecido; desde la perspectiva de la época, él ha enloquecido. Gracias a este desfase, todo se comprende dos veces: con la mirada alucinada del Quijote y con la sensatez del entorno. El resultado es la literatura moderna. A los 53 años, Alonso Quijano concluye su aventura de lector absoluto, transformando la realidad en libro. A los 19 años, García Márquez inicia su aventura narrando la realidad como fábula.

En un buen reportaje los detalles son inobjetables y la trama tiene la desmesura de lo que sólo es lógico porque así sucedió y puede ser probado. Con esa estrategia, García Márquez escribió dos obras maestras de la novela breve: El coronel no tiene quien le escriba y Crónica de una muerte anunciada. El narrador actúa como reportero de investigación de sus propias creaciones. Los datos son tan exactos que no dudamos del resto.

En sus clases en la Fundación de Nuevo Periodismo, Gabo recordaba que “la ética debe acompañar al periodismo como el zumbido al moscardón”. Para el novelista, la apariencia de realidad es el zumbido del moscardón. El episodio de Cien años de soledad en que Remedios la Bella sube al cielo no es un triunfo de la exageración sino de la exactitud. La chica, de por sí etérea, sale a un patio donde las sábanas se secan como velas de navío. La escena va por buen camino pero le falta “realidad”. Un reportero que ha cubierto homicidios sabe que si la víctima lleva calcetines de distintos colores es porque se vistió en la oscuridad. Con el mismo sentido de la precisión, García Márquez buscó un dato para apuntalar su fantasía. Acercó a Remedios a una taza de chocolate; un líquido espumoso, ascendente. Buen combustible. Cuando ella lo bebió, no hubo Dios que la parara.

El cronista de la fabulación ofrecía informes únicos: el gasto militar del planeta podría usarse para perfumar de sándalo las cataratas del Niágara... La conquista de la Luna no dejó otro saldo que una bandera en una tierra sin vientos...

Hay cosas cuyo valor depende del deseo. En el primer capítulo de Cien años de soledad, García Márquez brindó una exclusiva del trópico: el hielo es el gran invento de nuestro tiempo.

Descubrir el agua tibia no tiene chiste; reinventar el hielo fue un golpe de genio, la noticia que sólo podía dar el mayor reportero de la imaginación latinoamericana.