El jefe: un homenaje al Gaitán triunfante

Lejos del asesinato y el pánico desatado que se dio el 9 de abril de 1948, la novela de Luis González, elegida como una de las finalistas del Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana 2019, busca exaltar la grandeza de Jorge Eliecer Gaitán desde la cotidianidad de la década de 1940.

El jefe, novela que fue lanzada en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2018, muestra el lado humano y cotidiano del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. Cortesía

La novela El Jefe (Random House) de Luis González trae de nuevo a Gaitán como el personaje soñador que revolucionaba al país desde la calle, desde aquellos cafés o teatros donde los bogotanos se reunían en 1940 a hablar de política, de poesía, de la Segunda Guerra Mundial y de la fuerza de una política bipartidista en Colombia.

A diferencia de centrarse en el sensacionalismo que ha despertado el instante en que le disparan a Gaitán en la Carrera Séptima con Avenida Jiménez, González busca recurrir a un Gaitán que era tan humano como cualquiera. La figura del caudillo liberal se enaltece por su capacidad oratoria como reflejo de una inteligencia excepcional. Esa oratoria se ve reflejada en los constantes diálogos que contiene la novela no solo como una herramienta de situar la ficción en escenarios cotidianos o comunes, sino también se ve como una especialidad del autor, pues su experiencia como guionista en el cine y la televisión le permite adquirir una narrativa que se desenvuelve y se hace más intensa a través de la polifonía:

“Soy  un escritor impaciente y que me canso con rapidez de tener una sola perspectiva. Por eso nunca he escrito un thriller clásico y creo que jamás lo haré.  Creo que la realidad funciona por agregación y no por síntesis. La síntesis es un proceso racional que intenta  reducir lo real a la medida de nuestra estupidez, pero es un proceso que siempre fracasa porque la realidad no se deja reducir. Al contrario,  es esencialmente diversa y caótica”.

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Sigfried Klauss, Alejandro Brennen, ‘El Mono’ Holguín, Victoriano y Matías Duque  son algunos de los personajes que entablan una serie de diálogos en diversos escenarios con Jorge Eliécer Gaitán. Los negocios ilícitos, el contrabando, la corrupción, el poder de ciudadanos alemanes en el país con grandes industrias y el declive de una nación que disminuye su intención de democracia a dos posibilidades (imposiciones) para obtener el poder son algunos de los tópicos que tejen las voces de la novela y que sitúan al lector en la Bogotá de 1940.

La perseverancia, Teusaquillo y La Candelaria son barrios que están en la mente de los bogotanos por los lugares que alberga y la historia que guardan. Transitar por sus calles resulta ser un ejercicio de memoria, pues en estas zonas se escribieron y se tomaron decisiones que determinaron a toda una nación. Son precisamente esos barrios los lugares frecuentes en El Jefe. Esa centralización de la política nacional y la forma en que todos los personajes se escabullen entre un sitio y otro ilustra la historia de sectores que han sido emblemáticos en la historia de Bogotá y, en general, del país al hablarse entre pasillos y cafés de decisiones que trascienden al poder estatal y que configuraron por años destinos trágicos y lamentables para los colombianos.

La construcción de Gaitán en la narrativa de Luis González es el reflejo de un hombre virtuoso, capaz de pertenecer a la esfera pública sin necesidad de recurrir al clientelismo y a la corrupción que entorpece toda ética y toda correspondencia con el pueblo que lo avala. Hablar o relatar la vida de un personaje que le estaba dando al país la esperanza que nunca había (ha) tenido, no solo requiere coraje sino también valor por parte del autor, ya que más allá de recurrir al Gaitán que es un símbolo de lo que siempre hemos necesitado y nunca se dio, se trata de reconstruir a un ser humano desde su esencia, desde su rutina y sus comportamientos citadinos y cotidianos que entraban en consonancia con su vida política.

Usted mencionaba en la Feria del Libro que quería demostrar al Gaitán humano, a la figura de un Gaitán que pasaba como un ciudadano de a pie que sobresalía por su seguridad y su carácter triunfante. ¿Cree que en la actualidad haya algún personaje similar?

Sí. Tanto Uribe como Petro comparten actitudes que recuerdan a Gaitán. Ambos son iluminados, tercos, caudilllos, con un proyecto de país  definido y un conocimiento muy agudo de lo que son los colombianos. Pero creo que a ambos les falta pelo pal moño. Ninguno tiene la generosidad  de Gaitán, ni su capacidad oratoria, ni su terco (y tal vez, ingenuo) empeño en mejorar las condiciones de los pobres dentro de las condiciones del trabajo capitalista. Tanto Petro como Uribe se han conformado con ser caudillos a palo seco y como en este charco no hay campo para dos cocodrilos, se han ido orillando en los extremos del espectro, para gritarse desde ahí,  hasta que consiguieron desgarrar el país, cancelar cualquier posibilidad de un entendimiento pacífico y lograr que los colombianos nos odiemos más de lo que nos odiábamos antes. Esto es lamentable y debería servir para preguntarnos: ¿qué tan conveniente es para la salud política y mental del país la existencia de un caudillo?  ¿No va siendo hora de abandonar la huella de Gaitán, que estuvo bien para su época, y madurar y asumir una posición más racional y responsable?

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¿Por qué los colombianos no hemos sido capaces de solventar las diferencias a través del diálogo? ¿Cómo la literatura o el arte pueden ayudar a disminuir la incapacidad de aceptar la diferencia?

Sospecho que la intolerancia de los colombianos tiene que ver con su poca autoestima y con la falta de un proyecto histórico común. Para un colombiano es difícil encontrar un motivo que le permita estar orgulloso de su país porque el pasado es un desierto sin figuras y sin grandes realizaciones. Huérfanos de padre, atosigados por una madre que nos dice que todo está permitido, terminamos encomendando a los caudillos que nos salven para  podamos seguir el país más feliz del mundo, un atajo de inconscientes que giran alrededor de  las gestas deportivas y el baile. Para completar, aquí las guerras las ganaron los conservadores (las siguen ganando los conservadores) y eso se ha traducido en una sociedad con  poca movilidad, muy vertical, muy jerarquizada y muy violenta a la hora de resolver sus conflictos sociales. El problema de tener una minoría en el poder es que la estabilidad política pasa por la tiranía. El problema de tener una concentración de la riqueza tan desmesurada es que las elites son muy paranoicas, porque solo ven a su alrededor muertos de hambre que les quieren quitar al plato de sus banquetes. El problema de la marginalización de los pobres es la atomización de sus voluntades.  Y sin voluntad, ya se sabe, nada camina. En esas condiciones tan patéticas, todos los proyectos naufragan y aparece el "sálvese quien pueda" como leitmotiv del comportamiento. Todo esto conduce a la desconfianza, a la baja empatía, a un individualismo rabioso donde todos nos sentimos solos de una manera malsana y le tenemos mucha piedra a los demás porque  vemos en ellos competidores. Estos sentimientos de temor y menosprecio por lo propio y lo ajeno, enrarecen cualquier diálogo y conducen a la violencia.

La respuesta, si la hay,  está más abajo, en la educación. En la humilde educación que se da en los colegios y que hasta ahora hemos sido incapaces de garantizar. 

¿Qué representa Gaitán para la historia de Colombia? 

Eso depende de quién lo juzgue, claro. Pero para mí es alguien que se atrevió a soñar y que logró mucho. Una figura que debería ser inspiradora y recordarse con una sonrisa.

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