El silencio de las giras

El “Jet lag” de Ray Loriga

Harto de que lo llamen rebelde o el ícono de una generación en la que, cabe decir, nunca creyó, el autor español recorre el mundo presentando “Rendición”, el libro que le dio este año el Premio Alfaguara de Novela.

Ray Loriga nació en Madrid, España, el 5 de marzo de 1967. / JEOSM

“La voluntad está sobrevalorada”. Ray Loriga ríe. El sonido se ahoga cuando pone el cigarro de nuevo a su boca. “Como muchas otras causas, la voluntad está sobrevalorada. Nos gusta a todos, y de hecho buscamos usarla a diario. Nuestra forma de contar y hablar. Lo que le dijo uno al jefe, por ejemplo. Nos gusta aceptarnos valientes cuando tú mismo sabes que eso no es verdad: que eso no es cierto. No fue eso lo que le dijiste, pero tú quieres que así sea. A todos nos gusta reivindicar esos espacios heroicos, normalmente inventados. Como describe Céline la heroicidad del soldado en Viaje hacia el fin de la noche: ‘Una especie de magnificación, para que un pobre hombre termine matando por una causa que no entiende o muriendo por algo que se le escapa’”.

Loriga acaba de llegar a Bogotá. Está en medio de una gira monstruosa que lo lleva por más de una decena de países presentando su novela Rendición, que este año fue la galardonada con el Premio de Novela Alfaguara. Como siempre, como en todas las entrevistas, Loriga trae unas gafas oscuras. Está desconcentrado y lejano. Y con esa voz de cigarro parece aullar: “El viajar y ser un rockstar no tiene nada que ver con el trabajo de ser escritor, que es soledad y silencio. Sin embargo, un premio como este te ayuda a hacer un alto en el camino, salir y visitar otros lugares. Pero va... visitar más de doce países en una carrera como esta no sé qué tan divertido sea. Si me pusieran a elegir entre el escritorio y las giras, creo que me quedaría con el escritorio”.

En Rendición todo ocurre en un mismo registro. Doscientas páginas que Ray Loriga empuja, a solas, sin trastabillar. ¿Quién es el protagonista de Rendición? Un hombre sin atributos ni estudios que debe hacer frente a una guerra. Mejor dicho, a dos: la que ocurre en el exterior y la que lleva dentro de sí. De quien narra no sabemos su nombre, tampoco su edad. Es un campesino, un ser rudo que contrajo matrimonio con la dueña de las tierras en las que hasta hace unos años servía como capataz.

Tanto él como ella han traído al mundo dos hijos. Pero se han marchado a pelear en un combate del que nada saben ellos ni el lector. Ignoramos siquiera si regresarán vivos.

“El protagonista no soy yo. No, no. El protagonista es miserable, ridículo e idiota. Yo soy miserable, ridículo e idiota. Bueno, creo que ahí pude prestarle mis muletas. A veces lo doto con una cobardía enorme para sentirme mucho más valiente de lo que soy”.

Se quita las gafas. Se queda mirando la calle cuando los carros rompen el silencio. Loriga lleva 25 años escribiendo. Su primera novela la publicó cuando atravesaba los 25: Lo peor de todo. Luego todo fue una bola de nieve: un libro tras otro, los adjetivos: rebelde, el ilustre enfant terrible. Vinieron las películas, las fiestas y los conciertos.

“Estoy un poco cansado de que me llamen rebelde. Esa palabra tan manoseada por los avisos publicitarios: ‘Saca el rebelde que queda en ti’. ‘Conviértete en un rebelde’. Qué mierda. Qué ridiculez. Creo que cuando empiezas en esto tienes muchísima energía, tanta que hasta podrías romper las paredes a cabezazos. Luego el tanque se va quedando vacío. Tienes que guardar la energía que te queda para cosas muy concretas. Ya no puedes dispararle a todo. La ira es como matar moscas a cañonazos. Estás enfadado con el mundo, sí, pero el mundo es demasiado grande y al final tienes que afinar la puntería”.

Está cansado, pero no protesta. Loriga está acostumbrado a mantener un micrófono colgado en la solapa. Recuerda casi la mayoría de entrevistas que le han hecho en este último año: más de 50. Recuerda las copas que ha ganado el Real Madrid —la única cosa en el mundo que lo aleja de la escritura—; recuerda las derrotas de ese equipo. Y recuerda su primer libro, el primero que leyó. “En la biblioteca familiar, que es donde también empecé. Pero debo decir que comencé leyendo en el colegio. Era muy buen programa. Leías al Arcipreste de Hita, que me hacía mucha gracia, me tronchaba; el Lazarillo de Tormes; fray Luis de León… Aparte de los libros del colegio, porque yo era uno de los pocos tontos que se divertían leyendo eso. El libro voluntario que recuerdo nació de una cosa muy simple. En la librería de mis padres había muchos libros. Pero me fui directo a uno: Sexus, de Henry Miller. Lo hice por el título. ¿Esto qué es?, dije. Así empecé a leer a Miller”. Se levanta de la mesa. “Me está matando el jet lag”.