El laberinto de una generación sin nombre

Han pasado 50 años desde la publicación de "El laberinto" (1968), poema con el que José Luis Díaz-Granados entró a formar parte de la denominada Generación sin nombre, de la poesía colombiana, y con el que se dio inicio a una época convulsa de la literatura nacional.

José Luis Díaz-Granados, poeta colombiano y autor de obras como "El Laberinto", "Cantoral" y "Poesía dispersa".Archivo El Espectador

En la década de los 60, la literatura colombiana experimentaba una especie de adormecimiento mordaz que se precipitaba con las noticias de la violencia, las dictaduras, los cantos de revolución en Cuba y el auge y dominio del Boom latinoamericano, influenciado, en su mayoría, por las obras de los escritores norteamericanos de entonces. El país, que aún se recuperaba de las secuelas de El Bogotazo, se rendía ante el legado naciente de Andrés Caicedo, las maravillosas historias de Gabriel García Márquez y su cada vez más tangible Premio Nobel, las pinturas de Fernando Botero y Alejandro Obregón, la exaltación de las literaturas afro por parte de Manuel Zapata Olivella, los versos de Álvaro Mutis y la poesía extravagante de los nadaístas, liderados por Gonzalo Arango. Los nuestros se cobijaban bajo ideas de cambio radical que no lograron consolidarse por la vía correcta y terminaron por alterar el pensamiento de muchos. En Colombia, lejos de ser color de rosa, la vida se daba con prudente distancia de la situación política porque al que hablara por aquellos tiempos, al que pensara distinto, muy parecido a como ocurre ahora, se le silenciaba sin previo aviso.

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A finales de 1966 comenzaron a surgir aisladamente un buen número de voces que se atrevían a encontrar en la poesía una razón lo suficientemente importante como para pensar en dejarlo todo y dedicarse de lleno a las letras, sin importar el costo, sin considerarlo siquiera. En aquellos días, al interior de la sala de redacción de Letras Nacionales, en el octavo piso de un edificio situado en la carrera séptima con calle 20, se hablaba de poesía, de cuento y de novela, como si no hubiera un mañana. Los jóvenes, dirigidos por Zapata Olivella, se reunían a pensar el país desde y para la literatura. ¿Se parecían en algo, literariamente hablando? ¿Bebían la misma marca de cerveza o de aguardiente? ¿Leían a los mismos poetas? Nunca transitaron por el mismo verso, nunca pensaron las mismas metáforas. ¿Por qué entonces aquello de la “generación sin nombre”? Quizás porque alguna vez, como recuerda Álvaro Miranda, por albur, necesidad o voluntad, se encontraron los unos a los otros, de cuerpo entero, sin identidad, en el mismo pavimento de Bogotá, la ciudad que los acogió.

De izquierda a derecha: Darío Jaramillo Agudelo, David Bonells Rovira, José Luis Díaz-Granados, Juan Gustavo Cobo Borda, Henry Luque Muñoz, Álvaro Miranda y Augusto Pinilla… La generación sin nombre./Cortesía de los archivos del Festival de Poesía de Medellín.

El primer punto de referencia común de estos poetas recae en el hecho de haber sido, por aquel entonces, un grupo de bien nacidos en la clase media que se propuso, como un imprevisto más, decir que había necesidad de “referirse a esa traición que es el poema, aplazamiento donde buscamos diluir el profundo desprecio por quien escribe”. Al final, menciona Miranda, todo poeta descubre que la poesía no es salvación, sino al contrario, vacío total donde cada uno decide a su manera precipitarse al abismo.

Así pues, una tarde del año 68, en el patio de la casa de Cobo Borda, un fotógrafo que prestaba sus servicios a la revista Lámpara, hizo posar a los siete jóvenes con el fin de retratarlos para la posteridad. En la fotografía aparecen altivos los poetas, ignorantes ante el futuro, pero deseosos, al fin y al cabo, por tomar las riendas de la vida y hacerla suya. 

A estos muchachos se les juntarían otros, la crítica impondría nuevos nombres y la prensa haría ruido con sus publicaciones: Jota Mario Arbeláez, William Agudelo, Eduardo Escobar, Giovanni Quessep, María Mercedes Carranza, Miguel Méndez Camacho, Elkin Restrepo, Fernando Garavito, José Manuel Arango y Jaime García Maffla, los novísimos poetas colombianos que habían nacido entre 1938 y 1948.

Al terminar la década de los 60, Jaime Ferran incluye solo algunos de estos nombres en su Antología de una generación sin nombre, dejando por fuera a Díaz-Granados, uno de los integrantes del grupo inicial, remplazado en el libro por Elkin Restrepo. Tenían las mismas distracciones, el mismo deseo de un no sé qué por la literatura y en particular por la poesía. ¿Qué era eso que los motivaba a transitar por un camino empedrado? “Nadie –como señala Juan Gustavo Cobo Borda en uno de sus primeros poemas–  ha tenido la adolescencia deseada. / Animales jóvenes midiendo sus fuerzas, ensayando astucias que los representen, / el mundo, a pesar suyo, seguía allí”.

La poesía es, ha dicho Roberto Juarroz. Y para ellos lo era todo, lo sigue siendo. Pareciera que han querido sumergirse en las mismas aguas de José Asunción Silva, naufragar en el mismo mar, “en ese mar donde brillan los ojos de los escualos y la soledad de quien escribe se hace mucho más infinita”. Pareciera, en fin, que han querido perderse todos juntos en el mismo laberinto.

José Luis Díaz-Granados (Santa Marta, 1946), una de las voces más particulares y sugestivas de esta generación, escribió, precisamente, El laberinto (1968). Se trata de un poema en el que da a conocer la gran movilidad estilística que se desarrollará a lo largo de su obra. “Su poesía está en la palabra que oculta”, resalta Jorge Cadavid. “José Luis tiene algo que decir y sabe decirlo. Tiene una verdad que lo arrastra hasta el final del lenguaje: la palabra errante. Por ello, el poema es un continuo levantamiento de los sentidos. No hay certidumbre alguna en el mundo: “Todo lo que yo miro, / toco y palpo / es eterno, / si quiero”. Pocos poetas en Colombia consiguen ser tan versátiles y profundos al mismo tiempo. “Ha hecho de él un personaje de su propia obra”, afirma Cobo Borda. No es para menos. Díaz-Granados es, sin dudarlo, uno de los poetas más grandes que ha dado la literatura nacional. Sus lecturas y vivencias han hecho de él lo que es ahora. “(…) abarca, en su poesía, todos los temas de la condición humana. Sus poemas acompañan y consuelan al lector. Explora todas las posibilidades del lenguaje. Y, por sobre todas las cosas, persiste en ser un testigo de su tiempo”, señala Álvaro Castillo Granada.

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“Yo pensé que no iba a escribir más. El laberinto, punto de partida / intermedio, asueto y soledad / este libro me dio celebridad / intermedio, temor y recaída / es la única cosa en esta vida / que me depara alguna vanidad / El laberinto, mínima verdad / serenata platónica y dormida / Alguna noche, entre tabaco y tinto / me salió de un tirón El laberinto / con amores inútiles y extraños / Me corté desde entonces la coleta / y al mismo tiempo que moría el poeta / moría de amor a los veintidós años”.

50 años han hecho del poeta toda su poesía, y hay que oírlo a José Luis recitar para entender el lirismo, el paso del tiempo, la vida entera, esa vida suya que ha sabido muy bien cómo erigirse entre páginas polvorientas con olor a viejo y recorrer el inmenso laberinto de las letras. “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”, dice Pablo Neruda, y cuán cierto es para cualquiera. “Cerca de cincuenta años caminando contigo, Poesía. / Al principio me enredabas los pies / y caía de bruces sobre la tierra oscura / o enterraba los ojos en la charca / para ver las estrellas. / Más tarde te ceñiste a mí / con los dos brazos de la amante / y subiste en mi sangre / como una enredadera”.

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Santiago Díaz Benavides

Cultura

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