El lector de cuentos

Motivar a los niños para que lean depende de un sinfín de circunstancias, pero en general, es fundamental que sus padres o sus mayores les lean. Luego empiezan a recorrer su propio camino.

Marcial Lafuente Estefanía, autor de cientos de historias del lejano oeste, un autor fundamental para las generaciones de los años 50 y 60 del siglo pasado. Cortesía

Hace muchos años, muchos, visité semanalmente un colegio de niños en las afueras de Medellín. La idea era leer con ellos literatura infantil. Recuerdo que al comenzar la hora leíamos poesía. Me impresionaba ver el gusto con que la oían. Versos como La princesa está triste, qué tendrá la princesa /  La princesa no ríe, la princesa no siente La princesa persigue por el cielo de oriente /  La libélula vaga de una vaga ilusión, los leímos muchas veces.

Pienso que ese gusto de los niños por la poesía se debe tal vez a que para ellos el lenguaje no es todavía la gastada herramienta con la que engañan a los demás y se engañan a sí mismos. Jamás sentí que la poesía fuera para ellos extraña ni difícil; cuando leímos Arbolé, arbolé / seco y verdé / nunca me preguntaron qué quería decir arbolé, pues ellos mejor que nadie saben que arbolé sólo quiere decir arbolé, y si algo más, seco y verdé. Leímos pues a Rubén Darío y a Silva, a Pombo, a García Lorca y a Martí, a Gabriela Mistral.

Otras veces, si por casualidad entraba un pájaro al salón de clase o uno cantaba en el jardín vecino, leíamos hasta aprender de memoria  Cantadora sencilla de una gran pesadumbre /  Que entre ocultos follajes la paloma torcaz /  Acongoja la selva con su blanda quejumbre /  Picoteando arrayanes y pepitas de agraz. 

Los niños oyen en los poemas palabras que están muy escondidas en su corazón. Esas palabras, inexpresables para ellos y para nosotros, el poeta las dice, las combina en imágenes conocidas, con ritmos y rimas que nacen de su inspiración. Tal vez, el recuerdo de esas palabras, de ese sentimiento de belleza, hoy lejana, pero que en algún momento de su niñez estuvo cerca, tiene mucho que ver con la afición a la poesía del lector adulto.

Naturalmente, también leímos cuentos. Algunos muy famosos, otros menos. Si el día era gris y  oscuro, y estaba lloviendo, y la noche anterior había sido luna llena, leíamos cuentos de horror. El que más pánico nos produjo fue El Rey de los Topos y su hija, de Alejandro Dumas. Recuerdo también que cuando leímos el Gigante Egoísta, los niños lloraron de tristeza al ver los clavos en las manos del niño y en sus piececitos, y luego lloraron de alegría cuando el niño invitó a su amigo el gigante a jugar con él en el paraíso.

Y después quisieron saber quién era Alejandro Dumas y quién Oscar Wilde, y dónde quedaba París y dónde Dublín. Les gustó saber que Oscar Wilde era un niño triste como algunos de ellos, que en los recreos no le gustaba jugar fútbol; que se quedaba leyendo y mirando sus libros. Cuando les conté que debido a su talento tuvo muchos enemigos, y hasta muchos amigos que lo traicionaron y dijeron de él mentiras y fueron los culpables de que hubiera estado en la cárcel, sintieron lástima y solidaridad. Tanta, que cuando se referían a él no le decían Oscar Wilde, sino Oscar, como a un amigo.

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Hay quienes aconsejan que a los niños hay que darles algo más que libros de Hadas o libros de aventuras, algo más formativo. Olvidan quienes así opinan que cada vez que se abre un libro de cuentos de hadas se abre una puerta al otro mundo: al mundo interior.  Que allí viven los deseos y los miedos, las emociones y  los impulsos, las ideas sobre lo que es y lo que no es la vida. (Estas ideas que siguen sobre los cuentos de hadas y los de tradición oral, se las oí repetir muchas, tantas veces a mi amiga, a mi profesora Natalia Pikouch). 

Claro, esta puerta también existe en cualquier obra literaria, en cualquier obra de arte, pero es particularmente amplia en los cuentos infantiles. Sobre todo en los cuentos mágicos de tradición popular, que tienen miles de años. Estos cuentos describen de manera imperceptible, y por eso más poderosa, las leyes según las cuales funcionan el mundo de adentro y el de afuera. Cómo vive el amor en el corazón y cómo se consigue el cariño de la persona que se quiere, cómo  vencer el miedo y al enemigo, y cómo se obtiene el tesoro.  Cuándo hay que callar y cuándo hablar, cuándo rebelarse y cuándo someterse, cuándo actuar y cuándo esperar. 

Toda esta sabiduría la transmiten los cuentos y el niño la aprende de manera natural, sin darse cuenta. Se transmite de forma sutil y divertida, involucra todo el ser del niño y llega directamente a su corazón. Sin darse cuenta, el niño aprende lo esencial de las relaciones humanas, de la interacción entre el hombre y la naturaleza, entre el destino y la acción de cada instante.

En estos cuentos, los sentimientos y los valores no están contaminados: el bien y el mal se distinguen con claridad y son completos hasta el final; las acciones y sus consecuencias tienen una lógica perfecta. Cuando el mundo que rodea al niño es confuso y contradictorio, el cuento mágico tradicional le da la seguridad de lo correcto.

Los cuentos mágicos se basan en los valores que permitieron sobrevivir a la humanidad hasta hoy, y son indispensables para la conservación de la especie humana y del planeta. Son valores sociales y ecológicos, éticos y estéticos. Los cuentos aseguran que si se siguen estos valores, si uno se guía por el corazón, aparece la magia  y suceden cosas maravillosas, se cumplen los deseos más altos y la felicidad se instala en la vida para siempre. De hecho, todas las religiones y filosofías dicen lo mismo, sólo que los cuentos son más divertidos y convincentes.

Nuestra desconfianza hacia los cuentos se basa, en primer lugar, en que desconfiamos de todo lo fácil y divertido. Creemos que los mejores trabajos son los difíciles, las mejores medicinas las que saben mal, los mejores estudios los desagradables. Pero no es así.  En realidad, el mejor aire es el que se respira fácil, la mejor comida la que sabe bien, la mejor compañía la del ser amado, el mejor aprendizaje el que obtenemos sin darnos cuenta: sólo con divertirnos, sólo pasándola bien, sólo jugando.

Como obras literarias de exquisita calidad, los cuentos infantiles clásicos desarrollan además el lenguaje y por ello la inteligencia, propician la formación de la lógica, refinan el gusto literario y estético, ofrecen información valiosa sobre el mundo y tienen un sinnúmero de otras bondades.  

Así que cuando un niño lee o escucha un cuento  mágico, un cuento de hadas, lejos de perder el tiempo estará realizando un gigantesco trabajo de auto-conocimiento y auto-educación. Y mientras más gusto reciba de ello, más poderosos y benéficos serán los resultados.

A veces me pregunto cómo llega alguien a convertirse en un buen lector, qué circunstancias debieron rodear su vida de niño o adolescente para que, pasados los años, busque en los libros sosiego y contento. A pesar de que trato de responder a esta pregunta tomando como ejemplo mi experiencia, no logro darme una respuesta satisfactoria. Cuando indago a otros, lo más frecuente es oírles decir que se hicieron lectores gracias a que tuvieron la suerte de escuchar, de niños, la voz de su abuela contándole historias. Hay quienes aseguran que en su casa había una biblioteca a la que entraban si estaban aburridos durante el día, o en las primeras horas de la noche, cuando a pesar de que llamaban el sueño, el sueño no llegaba.

No me cabe duda de que el recuerdo y la impresión de esa voz que oye el niño antes de dormir, que lo tranquiliza y le hace pensar que a la mañana siguiente logrará despertar y sobreponerse a los monstruos y peligros que lo acecharán en la noche, tiene algo que ver con la afición a la lectura del hombre adulto.

Debo confesar que no tuve una abuela que me contara cuentos, ni tampoco una habitación cálida, fresca y luminosa en la que pudiera matar mis horas de aburrimiento. Sin embargo, debo decir que mi gusto por las palabras es heredado: mi mamá las trataba con cuidado y delicadeza.

En fin, el primer libro que leí, o que hojeé, fue uno grande, tan grande que casi no podía con él. No sé cómo llegó a mis manos. De lo único que estoy seguro es de que era mío, es decir que podía, en cualquier momento, hacer prevalecer mi derecho sobre él frente a mis hermanos. Las primeras lecturas (las llamo lecturas aunque no eran eso exactamente) las hice tirado en el piso de mi cuarto, bocabajo. El libro tenía pocas palabras, y, en cambio, sí muchos dibujos. Los protagonistas de la historia eran una mamá elefanta y su hijito. A pesar de que me esfuerzo, no logro recordar por qué ni quién quería separarlos. De cualquier modo, sé que la mamá elefanta, mediante el amor y el tesón lograba vencer los obstáculos y conservar al elefantico a su lado. En este momento sin embargo me parece que no era a ella sino a él a quien se debía que todo terminara bien; de cualquier modo, eran el amor y el tesón de los dos héroes lo que hacía que los malvados fueran derrotados y el bien triunfara. Ese libro lo leí muchas veces.

No creo haber llorado nunca mientras lo leía, pero la tristeza que me inspiraban los sufrimientos de los protagonistas era muy grande y me gustaba mucho. Al levantarme del suelo después de varias lecturas me sentía más seguro, y con la sensación de que también yo había contribuido a que las cosas se resolvieran bien.

No sé qué pasó con ese libro. Seguramente en uno de los muchos trasteos de esa época (parecíamos una familia de gitanos) se perdió. Sé que entonces no lo eché de menos. Ahora, en cambio, me gustaría tenerlo. A veces, cuando visito una librería de viejo, una de las anticuarias de Medellín, y mientras miro los títulos, de pronto lo recuerdo: por un instante creo que voy a toparme con él; un momento después sé que no es posible, y entonces temo que toda esa historia de los elefantes no sea más que un invento mío, que el libro no existió nunca.

De esa primera época no recuerdo otros libros. Tengo sin embargo un recuerdo que sé que tiene mucho que ver con ese gusto. Siendo muy niño, una noche en que estaba enfermo y me había subido una fiebre altísima, tuve una visión que aún ahora no deja de atormentarme. Si estoy en la cama y miro hacia una ventana pequeña, temo que allí, de un momento a otro, aparezca una bruja. La de esa noche tenía la cara envejecida, y como las brujas de los cuentos iba montada en una escoba. Era bizca, con ojos que parecían mirarse el uno al otro; presa del terror me levanté y corrí a la ventana; al llegar ya no había nadie. Volví a la cama esforzándome por no creer en lo que había visto, pero al mirar de nuevo ella estaba allí. Se reía a carcajadas, con una risa muda. Además me hacía muecas, muecas obscenas. A partir de ese día y por mucho tiempo, seguí viéndola cada noche cuando estaba a punto de dormirme.

Luego, adolescente, vinieron las lecturas del colegio, las obligadas lecturas del colegio: El Lazarillo de Tormes, El Diablo Cojuelo. De éstas, creo que muy pocos estudiantes recuerdan nada grato. El joven de doce años no tiene (salvo muy notables excepciones) una idea del lenguaje que le permita disfrutar los giros, las sutilezas y gracias de esos libros. Ellos conmueven al lector, no al muchacho que busca en los libros respuesta a los interrogantes y angustias que la vida le plantea cada día.

En Ibagué, el pueblo de mi infancia, no había bibliotecas; tampoco en el colegio. Cerca a mi casa, sin embargo, había un garaje muy curioso en el que alquilaban bicicletas, revistas porno y libros viejos. Algún día acompañé a un amigo a alquilar una bicicleta; recuerdo que mientras él cerraba el trato, me senté a hojear las revistas. De pronto el dueño se me acercó y me preguntó qué edad tenía. Le respondí que 12 años. Me dijo que yo no podía mirarlas, pues se exponía a que lo multaran. En cambio podía alquilarme un libro. Acepté sus razones. Salí pues del garaje con un libro entre mis manos. Como debía devolverlo pronto, lo llevé al colegio y en una de las clases comencé a leerlo. Media hora más tarde ya no me interesaba nada de lo que sucedía en el colegio; sólo quería saber qué suerte habían corrido esos personajes recién llegados a mi vida. Al día siguiente devolví el libro y alquilé otro. A partir de entonces comencé a leer libros de una manera en que no lo he vuelto a hacer jamás.

Debo decir que el autor de los libros a que me refiero es Marcial Lafuente Estefanía. Todavía hoy me pregunto cómo pude leer tantos libros del mismo autor, sobre todo si se tiene en cuenta que difieren muy poco unos de otros. Hace poco vi en una librería una edición reciente de varias obras de este autor reunidas en un solo volumen. Sin dudarlo lo compré, lo llevé a mi casa, y se lo regalé a mi hijo. Me cuidé de no hacer las alabanzas que a mi juicio el libro merecía, a sabiendas de que éstas despertarían en él naturales suspicacias. Dejé pasar varios días, al cabo de los cuales le pregunté cómo iba con su lectura. Me respondió, sin más, que no le había interesado. Le dije entonces que dejara pasar un tiempo y volviera a intentarlo. Sé que lo hizo, y que el resultado fue aún peor. Intrigado, me decidí a leerlo yo de nuevo, con la expectativa de que esa lectura me ayudaría a comprender las diferencias entre mi hijo y el niño que yo fui. Sin embargo, al cabo de unas cuantas páginas, sentí que el libro se me caía de las manos, que me dormía. 

En realidad, no quiero decir que Marcial Lafuente Estefanía sea un mal escritor, simplemente digo que no es un clásico. ¿Qué hay en él que me gustaba tanto?  Ante todo, aventura. Poco después, siendo ya lector, leí algunos clásicos de la literatura juvenil (Stevenson, Verne, Salgari). A algunos los he vuelto a leer en la edad madura, y esa lectura, a diferencia de lo que sucedió con Marcial Lafuente, ha constituido para mí un placer extraordinario. La juventud, como cualquier otra edad, comunica a lo leído un sabor particular. La madurez permite comprender en esos mismos libros asuntos, detalles, niveles de significación que pasaron para el joven desapercibidos. No me refiero en este caso a ninguna bibliografía crítica, ni a los comentarios, explicaciones o interpretaciones que generalmente acompañan los libros clásicos en las ediciones escolares. Los profesores no deberían cansarse de repetir a sus alumnos que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión. Por una inversión de valores muy difundida en el sistema escolar, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo que esconde lo que el texto tiene que decir y que sólo lo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios. La escuela debe permitir al estudiante conocer un buen número de clásicos juveniles e infantiles, de modo que él, ya no en la escuela sino por su propia cuenta, en una lectura desinteresada, haga la elección de los clásicos que mejor se acomodan a su personalidad y a sus intereses.

Y a la pregunta de por qué leer clásicos en vez de concentrarse en lecturas que nos hagan comprender más a fondo nuestro tiempo, debo responder que un libro clásico es un reflejo de nuestra sensibilidad moderna. La aparente paradoja tiene una explicación: un clásico no será nada, es decir no será clásico, si no refleja nuestra sensibilidad. Como dijera Azorín, nos vemos en los clásicos a nosotros mismos. 

Por lo demás, la formación en los clásicos quizá nos permita juzgar de modo más confiable qué libros, entre el alud de los de actualidad, vale la pena leer. Tal vez esta sea una de las pocas utilidades de la lectura de los clásicos. En realidad, leer los clásicos no sirve para mucho. ¿Por qué pues leerlos? Italo Calvino responde: “La única razón que se puede aducir es que leer los clásicos es mejor que no leer los clásicos”.

Y si alguien me pregunta si aprendí muchas cosas leyendo a Stevenson, a Salgari o a Marcial Lafuente, debo responder que muy poco; o, por lo menos, que si algo aprendí, afortunadamente no me di cuenta de que lo estaba haciendo. 

Ahora, en cuanto a si existe una literatura escrita exclusivamente para niños, creo (para decirlo de manera bien sencilla) que sólo existe una literatura que gusta también a los lectores niños y a los lectores jóvenes. En este tipo de literatura es necesario que exista la noción de aventura. Sin aventura, es decir sin riesgo, sin misterio, sin viaje, no hay literatura propia para jóvenes, sino únicamente cursilería y adoctrinamiento.

En fin, creo sinceramente que la buena literatura, llámese literatura infantil, juvenil o adulta, cumple un papel fundamental, pues es ante todo cultura: ella nos hace más humanos. 

 

 

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