El librero es un guía espiritual

Nacido en Tarragona (España) en 1976, el escritor reflexiona sobre su obra ‘Librerías’, en la que habla de ellas como modelo de rebeldía y resistencia, así como lugares esenciales para el crecimiento de la cultura.

Jorge Carrión también ha escrito ‘Viaje contra espacio’ y ‘Teleshakespeare’. / EFE

Jorge Carrión acompañaba a su padre, agente de Círculo de Lectores, a repartir los pedidos de los clientes. Fue durante esas visitas, en las que algunos compraban hasta nueve libros, que decidió que algún día, al ser escritor, tendría una biblioteca privada y viviría entre libros. Años más tarde, después de lecturas, estudios literarios, libros escritos e innumerables viajes, publica Librerías. Nunca podrá, aunque le hubiera gustado, conocer las de Adrienne Monnier y Sylvia Beach en la Rue de l’Odéon de París, La Maison des Amis des Livres y la original Shakespeare & Company, pero sí podrá viajar, escribir ensayos, ficción, comprar y leer más libros, para seguir viviendo entre ellos.

El autor de Viaje contra espacio. Juan Goytisolo y W.G. Sebald (Iberoamericana, 2009) y Teleshakespeare (Errata Naturae, 2011), habla de las librerías como modelo de rebeldía y resistencia, lugares necesarios para crear dinámicas entre escritores, estudiantes, periodistas. También reivindica la importancia del librero en la creación del canon. El librero que “vuelve con su plumero a quitar el polvo de los libros y mientras tanto recuerda el orden en que están ubicados”. Más allá del dato enciclopédico, el autor une anécdotas personales, como su visita a Colombia, en la que siguió el rastro de la Librería Mundo, lugar de reunión de Gabriel García Márquez y el famoso Grupo de Barranquilla.

Este ensayo es un viaje personal de un lector voraz que nos acerca a esas librerías tan lejanas geográficamente: Atenas (Librairie Kauffmann), Barcelona (La Central de Mallorca), Buenos Aires (Eterna Cadencia), Estambul (Bazar de los Libros), Lisboa (Livraria Bertrand), Tánger (Librairie des Colonnes), entre muchas otras. Todas se perciben muy cerca, pues el lector llega a sentirse el acompañante de todos los viajes del narrador.

Café Demasié, Roger de Llúria 8, Barcelona, 20 de septiembre de 2013.

¿Se podría definir el ensayo como una forma ordenada de alimentar, o quizá deshacerse, de una obsesión?

Sí, yo siempre escribo sobre temas que me apasionan, intelectual y vitalmente. Cuando convierto el ensayo en un libro y lo publico, éste actúa en clave de exorcismo. Me desembarazo parcialmente de mis fantasmas. Con Librerías ha pasado lo mismo, ha sido una obsesión durante muchísimo tiempo y el libro es una forma de ordenar la obsesión, de explicarla y distanciarme de ella.

Su indagación sobre las librerías en el mundo le ha ocupado cerca de 15 años. ¿En qué momento decidió escribir este ensayo?

La investigación propiamente dicha empezó hace unos cinco o seis años. Fueron cinco años en los que empecé no sólo a coleccionar tarjetas y fotos de librerías, sino también libros sobre la historia del libro. Leí las memorias de Sylvia Beach y ahí me di cuenta de que si todo aquel magma anterior debía tener la forma de un libro, éste tendría que ser sistemático, y fue el año pasado cuando me puse muy en serio a escribir como un loco para terminar este ensayo.

¿Piensa que podría hacer otro ensayo sobre las librerías que tiene pendientes por visitar?

No lo sé. Me encantaría actualizarlo periódicamente si llega a tener varias ediciones. Ir añadiendo modificaciones, sobre todo vinculadas con librerías que abren o cierran y los libros que se publican sobre el tema.

Hace un tiempo usted dio dos ideas: una era hacer un canal serio en Youtube sobre crítica de libros, y la otra, montar una pequeña librería con sitio web y servicio a domicilio las 24 horas. ¿Quisiera en algún momento de su vida tener una?

Sí. He fantaseado mucho con tener una pequeña librería que fuera café, tienda de vinos y escuela de cocina. Me la imaginé primero cuando vivía en Rosario, Argentina, porque allí las esquinas de las calles son preciosas y me parecía que era adecuado. Ahora tengo otra idea que nunca voy a realizar: hay un pasaje cerca de este café, muy benjaminiano, subterráneo y cubierto, en donde se alquila un local, se llamaría Librería Walter Benjamin. Es el único pasaje cubierto de Barcelona. Sé que no lo voy a hacer.

¿Por qué no?

¿Cómo decirlo? Yo soy de proyectos abstractos e inmateriales. No soy alguien con espíritu de negocio, entonces no creo que sea capaz de comprometerme con un horario fijo, etc. Si alguien lee esto y se ofrece como socio y librero, lo hablamos (risas).

¿Y qué clase de librero sería?

Un mal librero. Sería bueno una hora al día, cuando me apeteciera hablar, recomendar libros y me entusiasmara con el cliente. El resto de las horas estaría queriendo escribir o leer, sería antipático y no podría dedicarme. Yo creo que un librero debe acostumbrarse a gestionar las emociones que van fluyendo por la librería, saber cuándo un cliente quiere hablar y cuándo no, o cuándo puede hacer una recomendación. Eso reclama mucha atención. Walter Benjamin, justamente, decía que la atención es la oración natural del alma, y de algún modo el librero tiene que estar atento para captar la energía, digamos espiritual, del feligrés que llega a la iglesia.

¿Hay algún librero que lo haya marcado en sus viajes?

Los libreros de los que soy amigo, por ejemplo, Damián Gallardo, aquí en Laie; Natu Poblet en Buenos Aires, o Ulises Milla en Caracas. Quizás los que más me han impresionado han sido los libreros que han convertido su vida en un libro. Los cuatro grandes libros que detallo en mi ensayo son las memorias de Adrienne Monnier (La Maison des Amis des Livres), Silvia Beach (Shakespeare & Company), Héctor Yánover (Librería Norte de Buenos Aires) y las de Frances Steloff del Gotham Book Mart en Nueva York. Los libreros deberían siempre publicar sus memorias, sobre todo cuando se trata de una librería por donde ha pasado la intelectualidad de su época.

Esa es la diferencia entre bibliotecas y librerías, según usted: esta última selecciona y se adapta al presente, en cambio la biblioteca lo recuerda todo.

La librería cambia constantemente, no está protegida por los gobiernos, de modo que puede desaparecer en cualquier momento. Y hubo librerías muy importantes que desaparecieron y de las que no sabemos nada. Sólo si los libreros narraran podríamos acceder a ese conocimiento.

Cuando llega por primera vez a una librería, ¿qué busca?

Practico una especie de periodismo relajado. Investigo, pero sin presionarme demasiado. Miro la web y si ahí está la historia no pregunto, si veo que no y la librería es muy importante, tomo apuntes e intento irme con algún mail o número de teléfono. El otro día en Mallorca, Agustín Fernández Mallo me recordaba que yo siempre digo “ya vengo, voy a ir a una librería”, y él se sorprendía, no entendía por qué estábamos en Nueva York y me iba toda la tarde a cumplir con mis visitas.

¿Cuál tendría que ser la relación de las librerías para acercar a los compradores?

Una de las estrategias sería poner artículos relacionados con esa librería en una cartelera. Descubrí por ejemplo que Roberto Calasso habla de La Central en sus libros. Esto lo deberían hacer las librerías y no por exhibicionismo, sino por informar al lector sobre el lugar donde está. Las webs de las librerías norteamericanas dan mucho protagonismo a las presentaciones de libros, son como clubes de lectura. Este es el tipo de elementos que puedes encontrar en las librerías físicas y no en las virtuales. Una vez Eloy Fernández Porta me trajo de Estados Unidos un libro de Derek Walcott, y mientras el autor lo firmaba se le cayó una pestaña. Eloy me pegó la pestaña en la dedicatoria. Esto es fetichismo y también es darle un valor agregado a un objeto que no lo puede dar una librería virtual.

En su ensayo habla sobre el destino de la biblioteca de David Markson y su dispersión en el mundo a través de la librería Strand. ¿Ha pensado en el futuro de su biblioteca personal?

No lo he pensado, soy muy joven todavía (risas). Por otra parte, lo de David Markson es muy interesante. Lo normal con la biblioteca de un escritor es que cuando muere no haya ningún interés por parte de las universidades en quedarse con los libros, porque la mayor parte mueren anónimos. Los herederos se los pueden repartir, pero gran parte es el alimento de las librerías de viejo. Ha pasado millones de veces. En la Guerra Civil española desaparecieron y se saquearon muchas bibliotecas personales, la de Juan Ramón Jiménez, la de Bergamín y otros escritores republicanos. Pero lo de Markson es un performance. Él hubiera podido dar, o vender su biblioteca a Columbia o Harvard o Cornell, en cambio prefirió el gesto romántico de vender sus libros a una librería y reintegrarlos al mercado.

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Isabel-Cristina Arenas/ Barcelona

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