Medio siglo de “Cien años de soledad”

El libro que nos devolvió la felicidad del relato y de la imaginación

El autor de “El viaje a la semilla”, la biografía de García Márquez que más le gustó al propio Nobel, revisa la obra cumbre del realismo mágico.

Dasso Saldívar y García Márquez en el estudio del Nobel en Ciudad de México. / Cortesía Édgar Montiel

Ítalo Calvino dijo que un clásico es un libro que nunca termina de decir todo lo que tiene que decir. Y parece obvio que, para alcanzar esa categoría, el libro debe trascender su género y su tiempo a través de los tiempos. De ahí que Emerson escribiera que los libros representativos de los hombres y de las naciones “no se deben considerar como páginas meramente escritas, sino como caracteres vivos que se pueden traducir a toda clase de lenguas y de formas de vida.”

Son los libros en los que nos zambullimos “con el rostro encendido y el corazón emocionado”, y que luego leemos en la realidad de los hombres, en el acervo de sus vicisitudes, en los relatos de los mayores, en la mirada de los niños y en la risa de las muchachas, en los árboles y en las piedras, en las nubes y en las olas del mar, en el crepúsculo que anuncia y sucede al día, y en la noche que nos diluye bajo las estrellas. En definitiva, un clásico es un ancho y generoso camino que nos instala en el libro abierto del universo, del que ya forma parte como una cosa más entre sus muchas cosas significativas.

Ciertamente aún no se ha inventado un método que nos permita establecer en qué medida una obra literaria, o de arte en general, afecta a los hombres, a su historia y a su cultura, pero, durante estos primeros cincuenta años, en los que parece que Cien años de soledad ha cumplido ya quinientos (pues desde el primer momento, lo percibimos como un libro que nos llegaba desde el alba de los tiempos), sus millones de lectores de todo el mundo sabemos o sentimos que la obra magna de García Márquez se ha vertido en nuestras vidas como un haz de luces (o de claroscuros), enriqueciendo nuestras emociones, nuestra manera de mirar y de concebir las cosas, y hasta nuestra manera de cantar, de llorar y de reír, así como la forma de escrudiñar la historia que nos ha aherroja durante siglos. El que menos, ha experimentado un cierto cambio de piel. Pero a los más ardidos por su lectura nos ha pasado, además, como al lector hedónico de Proust, que, al volver a las páginas de un libro amado, podía revivir hasta el grado de intensidad con que la luz de la tarde le permitió gozar de su lectura por primera vez.

En los últimos cuatro años, he tenido la ocasión de visitar unos 18 países y unas 25 ciudades, donde he participado en conferencias, coloquios y mesas redondas sobre la vida y la obra del escritor, y he podido apreciar tres constantes entre sus lectores de diferentes edades, lenguas y culturas: que la mayoría de ellos conserva nítido el momento en que la lectura de alguno de sus libros (casi siempre Cien años de soledad) entró en sus vidas como un chorro de iluminación y de belleza; que los libros del creador de Macondo se trasmiten en las familias de bisabuelos y abuelos a nietos y bisnietos, como esas imágenes y sentencias recurrentes de los Buendía, y que todos los públicos de los diversos idiomas conservan una curiosidad insaciable, acaso una necesidad, de que alguien les hable de la vida y de la obra de Gabriel García Márquez.

Cuando vuelvo a sus páginas o pienso en ese libro inagotable, multifacético en sus luces y en sus sombras, y siempre deslumbrante en su invención incesante y en su poesía vital, yo también, como tantos lectores del planeta, puedo recordar el entorno que me asistía mientras me fascinaba su comienzo, me creía la ascensión al cielo de Remedios la bella o me entristecía su final. Fue una tarde de verano cuando compré mi primer ejemplar en la librería de Alberto Aguirre, cercana al Hotel Nutibara de Medellín. Era la omnipresente edición de Sudamericana, con la sobria y bella ilustración del pintor Vicente Rojo, y la empecé a leer en el autobús del barrio Belén donde vivía: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. Este párrafo me envolvió en una atmósfera de nostalgia y deslumbramiento, pero éste se impuso en el siguiente, donde se cuenta que “Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”. La fluidez, la prosa encantadora, la secuencia de hechos maravillosos, el humor fantástico, no se detenían: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Aquella primera página no tenía desperdicio. Pronto apareció un gitano llamado Melquíades, “corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión”, arrastrando por las calles de Macondo dos lingotes imantados y pregonando: “Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”.

En esta frase estaba una de mis grandes revelaciones como lector, aunque apenas la percibiera entonces. Sentí que en la prosa poética, musical y visual de este libro (que fluía con la misma gracia transparente de las aguas cristalinas del río), las palabras y las cosas, las palabras y la vida, las palabras y los hombres, con sus sueños y derrotas, eran la misma cosa, residían juntos y no separados, al contrario de como yo los había sentido desde que aprendí a leer en la escuela rural de la maestra Inés.

Por primera vez sentí, aunque todavía no pudiera razonarlo, que en este libro las palabras no eran una entelequia, una nebulosa sonora separada del mundo real, sino una realidad verbal que contenía a éste trascendido. Como había dicho Emerson, eran palabras llenas de mundo y de vida, de hombres y de mujeres, de hechos reales y fantásticos, de gestos y de miradas, de sentimientos y de emociones, de voces y de silencios. Pero de una forma tal, que también yo percibía las cosas llenas de ánima y de maravilla, como el mismo Melquíades, hasta el punto de que los personajes y las historias de la novela llegaron a parecerme más verdaderos que los del mundo que me rodeaba.

Solo el tiempo y la constancia del lector artesano nos permite abismarnos, como en toda obra clásica, en los grandes misterios de la creación que sostienen el andamiaje de Cien años de soledad. Uno, el fundamental, me ha desvelado durante años, y es cómo las distintas relaciones del niño Gabito con el abuelo Nicolás y la abuela Tranquilina, así como la visión que éstos tuvieron del mundo, determinaron, no solo el origen de la novela, sino cómo influyeron poderosamente en su concepción fantástica y mítico-legendaria, así como en su estructura espacio-temporal.

Fue la crítica húngara Katalin Kulin quien terminó de iluminarme, cuando, tras analizar la obra de los grandes maestros y colegas continentales de García Márquez (que, según ella, en sus estructuras narrativas se valen con frecuencia de los recursos de la novela americana y europea del siglo XX), puntualizó: “Aunque cada día son más los escritores que consiguen escribir de manera moderna y latinoamericana, no se puede decir que haya estructuras narrativas que tengan su origen en una vivencia latinoamericana por excelencia. A este respecto corresponde a Cien años de soledad el lugar prominente del pionero.”

Y entonces, pude abrirme paso a través de la senda enmarañada de los orígenes, para constatar que, no sólo el tono de la novela, sino su estructura espacio-temporal y su naturaleza fantástica y mítico-legendaria, se sustentan mayoritariamente en las experiencias de la infancia de García Márquez, sobre todo en su relación con la casa y los abuelos, y que, a excepción de sus primeros cuentos y en parte de su primera novela, todos, o casi todos, los libros y relatos de García Márquez hunden sus estructuras narrativas en la materia prima de la realidad que les dio su origen, confirmando la aseveración de Flaubert de que, en todo gran relato original, “la forma sale del fondo, como el calor del fuego”.

 

 

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