Viaje a Sucre

El maestro del país de las aguas

Isidro Álvarez, profesor y antropólogo de la subregión de La Mojana sucreña, es prueba de la importancia de la educación y preservación de las tradiciones orales en la Colombia profunda.

El profesor Isidro Álvarez, luchador empedernido porque no pasen al olvido las tradiciones orales en La Mojana sucreña.Marco Cortés

Desde el aeropuerto El Dorado, en Bogotá, hasta Los Garzones, en Montería, son aproximadamentes 50 minutos. De ahí a Sincelejo, entre 60 y 90 minutos más en carretera, dependiendo el ánimo del conductor de turno. Desde la capital de Sucre a Magangué (Bolívar) se recorren los casi 100 kilómetros de la depresión momposina en otra hora y media hasta llegar al puerto. Desde esa orilla del Magdalena se puede tomar una chalupa, una especie de lancha rápida que puede tardar hasta dos horas y media en llegar el municipio de Sucre-Sucre. Si no, la última flota, que es una barcaza que va recogiendo y dejando pobladores a lado y lado del río, puede tardar hasta una hora y media más que su prima la chalupa.

Sucre-Sucre es una región bañada por los valles inundados del Magdalena y el Cauca, cercado además por ciénagas y ojos de agua de todos los tamaños, desde las grandes Ciénaga Grande y Ciénaga Mogua hasta medianos y pequeños humedales y canales, algunos sin nombre, conocidos y recorridos solo por  pescadores y pobladores de la zona.

Isidro Álvarez es un sucreño, antropólogo, historiador, filósofo, profesor de la zona al que no hay que preguntarle su irrenunciable origen mojanero. Fue mi guía durante este recorrido. En Magangué lo conocen, mi compañero de puesto en la flota fue su alumno hace más de 10 años: “Claro, Isidro fue mi profesor de historia en el colegio, él nos hacía recorridos por las ciénagas contándonos historias arqueológicas sobre los pobladores precolombinos de estas zonas, y sobre algunas leyendas alrededor de estas tierras sumergidas”.

“El profe”, dice otro veterano poblador que nos escucha hablar de Isidro, y quien desciende de la “flota” a mitad de camino entre Magangué y Sucre en una pequeña isla que de seguro no tiene nombre ni pertenece a ninguna circunscripción, ha de ser su república, es un pescador. “Viven en trojas, y cuando el río se crece simplemente emigran a otra isla más alta, su vida está en las aguas”, me dice mi compañero de viaje.

A no ser porque conocí a Isidro en un evento en los Montes de María, hace un par de meses, hubiese empezado a creer que era un personaje mítico, aunque de hecho lo es. El profesor Álvarez empezó hace más de diez años una investigación de corte etnográfico por esta tierras inundadas de La Mojana, alrededor de la literatura de Gabriel García Márquez.

El “profe” ha rastreado el paso del Nobel por estas tierras, pero también ha perseguido las historias de Sucre que alimentan el mundo de Macondo. Me doy cuenta entonces de que lo mágico no hace referencia a la irrealidad, sino a la extrema materialidad de las historias.

Su formación como antropólogo e historiador le dan una visión reflexiva acerca de lo que significan las tradiciones, los mitos y las leyendas para este pueblo con algo más de 36 mil habitantes. Se considera ateo, pero esto no le exime de respetar profundamente la tradición oral de este territorio habitado por costumbres negras, indígenas y cristianas, y de contarme con total convicción, mientras recorremos uno de esos centenares ojos de agua de este Caribe de aguas dulces, sobre relatos que mezclan sincréticamente diversas creencias.

“Nosotros somos la otra orilla del Caribe, los caribeños de aguas dulces, el otro Caribe del que no se habla”, afirma el también autor del libro El país de las aguas. García Márquez en La Mojana, la otra orilla de Macondo.

Seguramente cuando el profesor Álvarez habla de “El país de las aguas” se está refiriendo a su territorio, a La Mojana. Lo evidenció cuando el domingo, en mi último recorrido a las 6 de la mañana, partimos en una canoa por un estrecho canal rodeado de una frondosa vegetación que demarca el camino hacia una ciénaga, la del Totumo; no aparece su nombre en los mapas, como muchos otros de estos ojos de agua. 

Mientras nos adentramos en estas sombrías y sosegadas aguas, Álvarez empieza a contarme la historia de La Marquesita de la Sierpe, la misma de la que Gabo, o Gabito, como conocieron al puberto hijo del telegrafista y frustrado médico de Aracataca, conoció la historia y que recopiló en sus crónicas y reportajes.

Unos cuantos pescadores diseminados por estos canales y ciénagas que recorremos saludan a Isidro. “¡Profe!”, le dicen todos cuando lo ven o lo escuchan reseñar las leyendas alrededor de estos apacibles afluentes.

“Nosotros somos personas pacíficas, como ves estas aguas. Nuestra única arma ha sido la palabra”, me afirma el "profe” Álvarez. Aunque este municipio no ha sido afectado por la guerra como lo fueron El Salado, Ovejas, Macayepo o Chengue, quizá por su dificultad de acceso, esto no los ha eximido de ser una población vulnerable al tránsito de los actores armados.

“Los pescadores y habitantes de esta zona viven de la pesca y la caza, algunos cargan una escopeta para estos fines. Hace cerca de 3 años, los policías cogieron a uno de estos pescadores y lo llevaron a la estación del pueblo. Lo querían presentar como un falso positivo, como un delincuente, como un guerrillero. La gente se rebotó, hasta en la iglesia tocaron las campanas por este hecho. Esto evitó que se lo llevaran y fuera presentado como un resultado”, me cuenta Álvarez en presencia del pescador protagonista de este hecho, que en nuestra excursión de hoy hace las veces de patrón, es quien rema y nos va moviendo por la ciénaga.

La organización civil aquí ha sido fuerte, gracias a ello han exigido y conseguido la construcción del jarillón del río, de la escuela, la pavimentación de muchas de las calles del casco urbano “hasta entrados los años 90, cuando la guerra nos alcanzó, la intimidación que utilizaron los paramilitares en pueblos vecinos, el miedo a través de la matanza de líderes sociales, mermó la acción colectiva”, afirma el antropólogo.

La resistencia en estas tierras ha estado arraigada desde tiempos en que los hispanos invadieron estas costas, “los indígenas incluso usaban el suicidio como una última forma de resistencia ante el dominio español y ante las degradantes condiciones de vida que les imponían. El suicidio entonces fue una forma de escape”, me cuenta el profesor mientras caminamos hacia el cementerio del pueblo.

Isidro me narra una docena de historias con nombres, apellidos y hasta su ubicación exacta de ocurrencia, muchas de ellas alucinantes. Una familia prestante del pueblo, que tenía un niño al que bañaba en leche recién ordeñada todas las mañanas; su último descendiente murió en medio de la miseria, pidiendo por las calles algo de leche para sobrevivir. O la historia de un tipo forajido del pueblo que tenía por mascota a un jaguar, que terminó muerto, mal herido por una bala en la plaza del pueblo, frente al puerto y la iglesia.

O la historia de Orfelina Segunda Gutierrez, la primer puta del pueblo, de la que se dice, fue quien desvirgó a Gabito, a Gabo, al Nobel, y quien al parecer el mismo escritor nunca olvidaría, no dejaría que muriera al inmortalizarla en el personaje de La cándida eréndira y su abuela desalmada o en la piel de Pilar Ternera en Cien años de soledad, o en Rosa Cabarcas, la meretriz de Memoria de mis putas tristes.

El cementerio tiene además unas tumbas calcinadas y destrozadas, ¿qué pasó aquí?: “Una de las tantas lluvias de meteoritos que han caído en Sucre”, me responde el maestro. En el mismo camposanto alcanzo a contar al menos una decena de tumbas que no tienen cruces cristianas, sino unas estructuras piramidales: son de gitanos. La presencia profana de estos pobladores no fue nada incipiente y desconocida para los sucreños, todo lo contrario, alimentó las historias y cotidianidad de estas tierras sumergidas.

Cuando salimos de la necrópolis siguen los saludos al “profe”. Empiezo a creer que estoy acompañado de un gran personaje. De hecho, cuando miro al profesor Isidro lo veo más imponente, no solo por sus casi metro ochenta de estatura, sino por su prometeica tarea de pedagogo que he evidenciado en todo su conocimiento y amor por La Mojana.

Pienso en la labor del maestro en la Colombia profunda, en La Mojana, en este país de las aguas, tierra de todos y de nadie. Isidro me enseñó, sin que lo supiera, que la figura del maestro es esencial para enseñar a las personas a convivir en su territorio, con los otros, con nosotros.

Me pregunto por el sentido de educar hoy en Colombia, de cómo muchos niños y jóvenes que crecieron en la escuela del municipio escuchando las clases de historia local del profesor Álvarez han arraigado sus afectos a esta tierra, pero les ha sido negada la posibilidad de quedarse, en tiempos donde la educación parece enfocarse en utilidades y ganancias que responden solo a un modelo económico alejado de la realidad territorial y cultural, lo que ha obligado a muchos a salir a buscar oportunidades fuera de este Caribe de aguas morenas.

Y aunque el Ministerio de Educación exalta la labor docente como una insigne tarea que no se cansan de elogiar, se les olvida darle la importancia y atención que la profesión merece. Pues los maestros, nuestras primeras figuras de autoridad, se encargan no solo de la transmisión de conocimiento sino además de formar los valores de nuestra comunidad.

Antes de montarme en la chalupa de regreso, sentados en una amena charla en el billar del pueblo, el Club Sucre, escenario de otra historia de García Márquez, “En este pueblo no hay ladrones”, se nos unen más contertulios, atraídos por el frescor del lugar, o quizá por el visitante cachaco, o solo porque está el “Profe”. Esta última es la razón más plausible.

“De seguro desde que llegaste se está hablando de ti, este pueblo vive así, entre el chisme. El chisme nos ha salvado del olvido, el chisme nos ha mantenido como pueblo, ha organizado a la sociedad civil”, me afirma el “profe”. Oralitura, eufemísticamente, con una patosa altivez académica, trato de categorizar algo que aquí no se reflexiona, sino que se vive.

Me cuenta sobre el problema de tierras del cual tampoco ha escapado Sucre, otrora tierra de cañaduzales. De hecho, se habla del doble significado del nombre del pueblo, Sucre. Por un lado atribuido al Mariscal, del cual hay un busto en la plaza central, al lado de una virgen protegida por un cristal, pero puede que su nombre también se deba a la palabra francesa para el azúcar, “sucre”.

Sucre es un pueblo de contrastes (nada raro en un país como el nuestro), de encuentros entre un pasado refulgente, por allá en la década de los 40 del siglo pasado, cuando los pueblos ribereños del gran raudal del Magdalena concentraban una diversa actividad cultural y económica de la que hoy solo queda el vestigio arquitectónico de dos teatros antiguos, roídos por el paso del tiempo. Y por otro lado, el olvido evidenciado en las que  fueron las tres casas en donde vivió la familia García Márquez en su paso por este municipio. Muestra de ello es “El Castillo”, la última casa de la familia del Nobel, que el abandono la ha hecho parecer todo menos una mansión.

La realidad de eso abstracto que llamamos “país”, “pueblo”, “comunidad” se hace carne en estas microhistorias que reflejan las contradicciones del sistema, las tradiciones, las costumbres, las resistencias, los puntos de fuga que escapan al cálculo político descontextualizado desde el que se debate “el progreso” en la capital. “País jodido”, me dice el profe Isidro.

 

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