El mar que se escapó de mis sueños

Una niña de 14 años de edad, alumna de la Institución Educativa Aguas Negras, fue la ganadora del concurso PRENSA ESCUELA, patrocinado por Andiarios.

“Lo que inspiró mi crónica fue mi frustración de no conocer el mar. Pese a que estoy a menos de dos horas de él, el día que lo iba a hacer realidad habían cerrado las playas”, cuenta Stefanía. / Cristian Garavito

El miércoles 27 de agosto se me escapó el sueño de por fin conocer el mar. Mientras que para algunos de mis compañeros el ir a playa es como ir a la esquina, y para muchos paisas y rolos pasar temporadas completas en zonas costeras es el plan vacacional de por lo menos una vez al año, yo que he vivido toda mi vida relativamente cerca de él, paradójicamente no lo conozco.

El sábado 23 de agosto las oraciones de mi abuela fueron interrumpidas ante el vibrar incesante del celular en el bolsillo de su vestido. Mi abuela libera una de sus manos de una especie de nudo que su vieja camándula hace entre sus muñecas y mira la pantalla medio borrosa a causa de los rayones y las caídas, se acerca el celular a la cara frunciendo el ceño, tratando inevitablemente de enfocar la vista; el celular vibra incesante en su mano derecha. Desde mi mecedora escucho el zumbido del celular hasta que se silencia entre las manos agrietadas de la abuela, ella vuelve a meter el móvil en su bolsillo y continúa con sus plegarias.

De un momento a otro percibo el zumbido ahogado en su bolsillo, ella no interrumpe esta vez y continúa ferviente sus letanías. Allí seguía, frente a la imagen desgastada de la Virgen del Carmen, con su mirada perdida y balanceada, como queriendo revivir todos sus muertos.

Pero nuevamente el zumbido regresa como mosquito trasnochador y me dice: “contesta tú”, yo tomo el celular y escucho la voz de mi tío Alberto, quien me dice: ¡hola mija!, y yo grito ¡tíooo!

El corazón se me quería salir de la emoción. Mi abuela escucha el nombre de mi tío y me quita el celular, y con una voz ahogada entre la desesperación y la melancolía le dice mijito ¿cómo estas?, ya te habías olvidado de esta vieja.

El tío Alberto se había ido a vivir a Bogotá hacía 15 años, es hijo de crianza de mi abuela, pero ella lo ama como si lo hubiera parido, y había sido más apegado a ella que sus propios hijos.

Mi abuela se fue a lo último del patio a hablar con él; al colgar me dijo: preparemos la casa, que el martes llega tu tío Alberto con los niños, que quieren conocer el mar.

La felicidad de volver a ver a mi tío se eclipsó ante la posibilidad de por fin tener la oportunidad de conocer el mar.

El martes a las 6:30 de la tarde llegaron mi tío y mis primos, mi abuela estaba contenta con la visita, estaba toda vuelta una loca, no sabía dónde ponerlos. Mi tío me trajo un reloj y una pijama, y me preguntó: ¿y tú estudias mañana?, yo le respondí: sí tío, mañana tengo clases.

—Ummm, ¿cómo así?, ¿o sea que no te irás con nosotros para Tolú?

Él se pone las manos en la cabeza, y dice: ¿y si mandamos una excusa y nos acompañas?, los niños quieren que tú nos acompañes. Por mi mente pasó todo el horario del día siguiente y me imaginé las caras de los profesores pasando lista, la seño Nora, la seño Rosa y el profe Sánchez.

Yo buscaba una solución y como quien no quiere la cosa digo: bueno, a la seño Nora le envío el taller de matemáticas que dejó; con el profesor Sánchez no tengo problemas, pero la seño Rosa, ¡uy, Rosa! para colmo es la directora de grupo. Ummm… seguro me regaña, pero… ¡ay, qué importa, aguanto el regaño, yo me voy con ustedes tío.

Ya todo estaba listo para mi gran encuentro con el mar, esa noche no pude dormir imaginando mas allá de lo que conocía solo en fotos y en televisión, ¿qué se sentirá estar dentro del mar?, ¿será tan salado como dicen? Y entre preguntas sin respuestas me quedé dormida.

Al día siguiente me levanté muy temprano, salimos de Las Babillas a las 6:30 de la mañana, llegando al puente de Aguas Negras paramos a comprar unos mecatos, pero mi abuela dijo: no, Albertico, aquí no, mejor en Lorica compramos todo. Recuerdo que también había un señor vendiendo El Meridiano de Córdoba. Mi tío le respondió a mi abuela: sí, mamá, pero deja y compro el periódico.

Mi abuela le respondió: no, mejor compramos todo en Lorica; además, vas manejando y no lo puedes leer. La verdad, yo tampoco quería que mi tío parara, pues entre más demorara en llegar, más tardaría yo en cumplir mi sueño; pero si mi abuela no se hubiera opuesto a que mi tío comprara el periódico, mis ilusiones no hubieran crecido tanto, mi mente no habría volado tanto y el estrellón no me hubiera dolido tanto como me duele ahora.

Ya casi llegando a la carretera principal, el tío Alberto le dice a mi abuela: Mami, me dijeron unos amigos que vinieron hace poco que la carretera hacia Arboletes esta muy buena, que el alcalde la dejó como una mesa de billar. ¿Qué tal si vamos mejor a Arboletes? Mi abuela hace un gesto de desagrado y responde: no, mijito, dejemos las cosas como la habíamos planeado, nosotros salimos para Tolú y vamos para Tolú; además, ya usted reservó la cabaña.

Mi tío no hizo más comentarios y continuó manejando, al mismo tiempo que iba admirando el paisaje colorido de la tierra que hacía 15 años no había visto.

Llegamos a Lorica, paramos en la Olímpica y compramos mecato, cremas para el cuerpo, champú, entre otras cosas. Cuando ya habíamos comprado todo, mi tío dijo: ahora sí voy por el periódico, pero mi abuela le dijo: espérate, mira, en la otra esquina venden las arepas de huevo que tanto te gustan, y señala hacia un puesto de fritos que tenía una señora bajita, morena y gorda. Las arepas se veían deliciosas, tenían una textura esponjosa y un color amarillo brillante. El olor característico de los fritos de la costa hizo olvidar a mi tío del periódico, eran las 8:45 de la mañana y el día pronosticaba un sol de esos que te tuestan la piel, yo me imaginaba bronceándome en la playa, mientras que un par de negritas me hacían trencitas.

El desayuno a punta de arepa de huevo y avena cocida hizo definitivamente olvidar a mi tío del periódico; nuevamente emprendimos el viaje rumbo a Tolú, todos íbamos contentos, felices y cantando, yo no podía creer que ya pronto estaría de frente a la inmensidad del mar, cosa que no había hecho antes porque cuando en la cuadra organizaban algún paseo a playa, mi abuela nunca me dejaba ir, según ella porque yo no sabía nadar y temía que me fuera a ahogar, pero en el fondo yo sabía que era por plata.

Al llegar al primer puesto de control de San Antero, los militares de la base naval le hicieron seña a mi tío que orillara el carro, mientras que otro le pidió que se bajara.

Retenes de rutina, pensé yo; mi tío se bajó, sacó sus papeles y se los enseñó al militar, de pronto noté que mi tío discutía y manoteaba con el militar. Después de unos minutos mi tío se acerca con cara de decepción. Le dije a mi abuela que a mi tío como que le faltaba algún documento. Mi abuela expresó: ¡erdaaaa!

Yo le respondí: pues así sea en un bus o a pie llegamos porque llegamos, no sé de dónde sacó mi tío un periódico, precisamente de El Meridiano de Córdoba, que mi abuela en varias ocasiones había evitado que comprara, y al llegar al carro le dijo a mi abuela: mira, mamá, las playas están cerradas, y le muestra una noticia del periódico. Las playas las habían cerrado debido a que en días anteriores había caído agua de lastre contaminada al mar, proveniente de un buquetanque. Yo sentí un baldado de agua fría bajando por todo mi cuerpo, en ese momento se me escapó el sueño de conocer el mar, sentí una gran decepción que aún no supero, pero después me puse a pensar que no fui la única en vivir esta tragedia, pensé en las personas que como yo se habrían quedado sin conocer esa maravilla natural.

Mi tío cogió una rabia y empezó a maldecir, mientras mi abuela lo reprendía diciéndole: ¡no, señor!, no ofendas a Dios, por algo pasó esto, él es tan misericordioso que quién sabe de qué nos estará librando. Mientras, yo pensaba cómo podrían estar esas playas solitarias y cuánta pérdida podrían tener todas aquellas personas que viven del turismo.

Pudimos haber buscado otros balnearios, pero mi abuela se opuso. Para ella era claro que esa era una señal del destino. “Y a las cosas del Señor no se le buscan peros”, dijo mientras agradecía a la Virgen del Carmen de cualquier peligro que esta nos hubiera librado, mientras yo en mi asiento rezaba a Dios para que mi tío se decidiera a ir a otra playa.

Al regresar a Las Babillas mi abuela mató una gallina e hizo un delicioso sancocho; el tío Alberto saboreaba su plato y se quedaba pensando, supongo que lo que él quería comer ese día era pescado de mar, y yo disfrutar de la inmensidad del mar, oportunidad que se me había escapado por un problema ambiental.

Estoy segura de que si hubiéramos visto la noticia en el periódico al salir de Las Babillas, quizá mi tío hubiera convencido a la abuela de ir a Arboletes y aparte de conocer el mar hubiera podido conocer también el volcán.

Y mientras, mi abuela continúa agradeciendo a Dios y a la Virgen del Carmen el supuesto de habernos librado de algún peligro, yo sigo rezándole a Dios, a la Virgen y a todos los santos que se me dé la oportunidad de conocer el mar.

 

 

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