El monstruo en el hueco (III)

Presentamos la tercera de 20 crónicas escritas a modo de correspondencia por Ángel Blas Rodríguez y Alfonso Rubio, que fueron compiladas en el libro "El monstruo en el hueco: crónicas de México D.F. y Medellín". Estos textos serán publicados por El Espectador.

Vista a Medellín nocturna desde la Comuna 13, descrita en el libro de correspondencia entre Ángel Blas Rodríguez y Alfonso RubioCortesía

Querido Alfonso

¡Cómo creo entender desde aquí las zozobras de tu estreno en la inquieta Medellín! Si esa crónica de la llegada la hubiese recibido en España, tus sentimientos habrían vagado a flor de piel, sin embargo, en este momento parece que viviéramos en distintos barrios de una misma e imaginaria ciudad latinoamericana, por eso los tengo alojados en mis entrañas. Mientras te leía has hecho que comparta contigo un “Café del Quindío” y mi presión arterial alterada ha acabado por poner rostros y colores a las geografías del miedo colombiano. Supongo, Alfonso, que después de este tiempo ya habrás encontrado brújula y guías para orientarte por las veredas más seguras de tu nuevo valle.

He de confesarte que también a mi me recibió el temor con carteles modestos y casi imperceptibles. Y no me refiero al temor de los prejuicios, de las imágenes forjadas en el fuego periodístico, sino al que te infunde el contacto con la Ciudad de México. Todavía tengo el recuerdo epidérmico del aire húmedo de las seis de la mañana en mi primer paseo por los alrededores del hotel. Aunque llegué a él muy entrada la noche desde el aeropuerto, el cambio horario y la ansiedad por la tierra nueva me lanzaron a la calle sin más rumbo que la intuición. Quería que mis piernas se desentumecieran de tan largo viaje, que mis pulmones se acostumbraran a los 2.300 metros de altitud y que mis ojos cazaran los detalles más vivos de aquél organismo urbano que comenzaba a agitarse con el alba.

Descubrí las avenidas llenas de escarabajos verdes y amarillos, esos románticos coches Volkswagen que tanto nos gustan a los europeos por su simpática forma y que tan difíciles son ya de ver en nuestras ciudades españolas. Me penetraron los olores de carruajes de madera transformados en puestos callejeros efímeros donde, bajo bombillas de alto voltaje que los destacaba como apariciones en la penumbra de la madrugada, se preparaban para dar de desayunar a quién se lo propusiera. Me topé, para mi sorpresa, con un camión de la basura en cuya parte trasera exhibía un cartel muy visible que proclamaba CON AMOR, y que estaba organizado a la manera de un retablo de los Santos Desperdicios: grandes alforjas añadidas a sus lados y un contenedor artesanal en su techo donde los operarios, repartidos por todos los niveles del camión, separaban incansables y a una velocidad de vértigo los materiales de la noche: vidrio, latas, cartón, papel y otros tesoros inesperados que luego venderían por su cuenta. Contemplé comercios que en vez de rótulos luminosos apuestan por el marketing local de los rótulos pictóricos -es habitual que las tiendas de barrio no tengan escaparates-, murales menores de fuertes colores mexicanos y claras palabras. Tropecé con árboles tropicales que revientan las aceras con sus raíces como queriéndose marchar de allí y a los que nadie parece atreverse a cortar… Un paseo agradable y amable hasta que volví al hotel, cuando, al pedir un plano de la ciudad, me regalaron, además, una cartografía del desasosiego: la próxima vez “ándele con cuidado, nomás, es peligroso”.

Si le interesa saber más sobre El Emonstruo en el hueco, puede leer: Galaxia Distrito Federal ¡Bienvenidos!

Como tú dices, tantos años viviendo en paz y de repente una bofetada de otra realidad: la tensión social producida por un sistema de delincuencia que se adhiere a la ciudad como su propia contaminación; es tan común que no se ve, pero se siente. Existe un relato oral de los acontecimientos dolorosos que circula como la pólvora y del que todo el mundo participa a la manera de voceador de productos en los semáforos. No es difícil conocer a alguien que ya ha sido víctima de la violencia de la ciudad y, por supuesto, los periódicos están jalonados a diario de muerte a cuchillo, balaceras, secuestros exprés, violaciones, rapto de niños, robos en bancos, comercios y casas, discusiones de tráfico sangrientas, asaltos armados al autobús… tan común es que las noticias sobre ellos son de formato pequeño, el segundo plano de una realidad social que tiene tres dimensiones: la de los políticos, la de los medios de comunicación y la de los demás. Sin embargo, Alfonso, nado desorientado en la paradoja: esa bofetada de temor me hace sentir más vivo que nunca. Y no hablo de la adrenalina de un deporte de riesgo. La tensión de la alerta permanente, de la conciencia de mi debilidad, me lleva a disfrutar más de lo cotidiano y comienzo a relativizar y a valorar las cosas que me rodean de otra manera. Y es entonces cuando creo comprender mejor la filosofía vital de los mexicanos enfrentados, en su historia y en su día a día, a la vulnerabilidad de su economía, de su salud y de su propia existencia. Un medio ambiente social de decadencia perenne que los hace hijos de lo barroco. ¡Excesivos! Excesivos en su disfrute de la vida cotidiana: les gusta el espacio público, los escenarios donde interactuar -te palpan con la mirada, te abrazan con las manos, te agasajan con la palabra-, donde compartir la plática amable, seria o jocosa, la “chanza” de hacer dramaturgia de cada momento sin importar el qué venga después, y conocer gente, compartir cerveza y tequila para convocar placeres fugaces e inventar albures para espantar los males de la vida cotidiana. Pero también excesivos en su honor, en su temor y en su necesidad, hasta el punto de matar o morir por ellos.

El propio tamaño inhumano de la ciudad promueve el fenómeno permanente de la violencia. Tantas gentes conviviendo juntas, tantas generaciones sintiendo el mismo temor que la inseguridad ciudadana se ha fosilizado en Distrito Federal, por eso la sensación de ella es tan real como los propios hechos que la definen. ¿Crees que se podría explicar así en Medellín? Esa sensación de miedo llevadero se ha convertido en el verdadero monstruo de las mentes: la imaginación colectiva ha dado cuerpo a un ente que encarna toda la violencia posible. Un ente que acecha de día y sobre todo de noche. Muchos saben ya cómo es y a los que no, se lo cuentan. Es un monstruo polimórfico, multicolor, escurridizo pero rapaz, que aparece de la nada y se le puede encontrar en todos los lugares. Su cuerpo está hecho de tarjetas Visa, carteras de cuero, billetes de colores, relojes de hora en punto, oro y plata fina, chamarras de marca; transporta armas de fuego y armas blancas, huele a pólvora, sangre oxigenada y fluidos genitales; conduce coche sin matrícula y escucha música de lloros y sirenas.

Esta cultura de la violencia viene de muy atrás, hasta el punto de que tiene una dimensión religiosa. Me tiene fascinado una tipología de exvotos populares pictóricos llamados comúnmente retablitos o milagritos, de los que estoy convirtiéndome en un pequeño coleccionista, nada original por otra parte. Consisten en planchas de latón, pintadas por artistas locales de estilo propio, con la representación casi periodística de un milagro que la gente común agradece a una Virgen, Cristo o Santo, y cuyos hechos se detallan con palabras al pie de la escena. Se pueden encontrar a cientos colgando todavía sus historias de muchas iglesias y santuarios mexicanos desde hace más de dos siglos. Son escenas de alto contenido dramático que reproducen los problemas más habituales de la vida cotidiana de los mexicanos y que no han dejado de repetirse en el tiempo: enfermedades, accidentes, falta de trabajo, guerra, emigraciones…y también un género con entidad propia, el de la violencia social. Los más de ellos son de personas que dan gracias por salvarse de un asalto a punta de pistola o cuchillo, como estos tres ejemplos literales, muy distantes entre sí en el tiempo, que hablan por sí mismos:

En el mes de abril de 1860 habiendo sido sorprendido en la calle a las 11 de la noche Ambrosio Gonzalez por los ladrones uno le dio un garrotazo en el brazo, otro le dio una cuchillada en la cabeza, amas de 3 piquetes en el mismo punto, y su esposa lo encomendó al Sr. De la Misericordia, de la que tuvo suerte de quedar bueno.

En la ciudad de Sn Fran co del Rcon, el 19 de Dbre de 1905. Don Atilano Reyes sufrió un balazo en el brazo derecho hiriendole el costado superficialmente, y el agresor quería descargarle más tiros, más, el, invocó sin cesar A Mª Santisima de San Juan y lo dejó libre y al poco tiempo sanó. Y en prueba de su eterna gratitud le dedicó este retablo.

Milagrosa Virgencita de Talpa, te doy infinitas gracias por haberme librado de morir a balazos. MILAGRO PATENTE. Mª Dolores Brenes. Mayo 08 1964.

El resultado de tan añeja tradición de crueldad en esta sociedad, Alfonso, es que los ciudadanos han perdido la calle. La calle se ha convertido en un gran hueco. Y cuantos más huecos tiene la ciudad menos pertenece a sus habitantes. Un hueco es aquél espacio imprevisto, fuera de control, que sólo lo posee quien consigue ocuparlo. Y ¿quién los ha ocupado en esta ciudad y en todo México? La corrupción, amigo, la corrupción y la desigualdad social, las pandemias que alimentan al monstruo. Las dos grandes lacras de América Latina. Dos venenos que gangrenan la convivencia social, dos excavadoras sucias y altamente contaminantes que han abierto grandes zanjas que inmovilizan el desarrollo económico del país y sus familias, la educación, la justicia, la igualdad de oportunidades… No pierdo la esperanza de que algún día sabrán acabar con ellas.

En el caso de Distrito Federal, sus gentes, llamados comúnmente defeños, han tenido que ceder grandes huecos a este monstruo y ya no saben cómo recuperarlos, aunque lo están intentando con movilizaciones sociales. De día, los huecos se reducen al mínimo: todo se mueve sin cesar y en el movimiento está la confianza. Las calles del Distrito Federal son como un mural al natural: cuando conoces la deslumbrante pintura muralista de Diego Rivera, el artista más defeño, descubres que no tiene huecos, los personajes son el escenario y nadie es banal en la historia que el autor nos relata. De noche, sin embargo, los personajes de esta megalópolis la abandonan, los huecos de la ciudad y de la imaginación se expanden y el monstruo del temor campa a sus anchas.

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Los mexicanos hacen una transfusión de color a todas las cosas de su vida y existe, para este caso, un color arrancado de los murales con el que se trata de cubrir los huecos: el azul vigilante de los guardas de seguridad y de los policías. Y digo se trata porque los ciudadanos ven a veces en él la propia encarnación del monstruo. Un azul vigilante con arma en ristre, estatuas disuasorias de fuego metálico. Este color es omnipresente. No se camina más de cien metros sin cruzarse con discretas pero evidentes pistolas y rifles. ¿Cuántas más estarán escondidas a la vista? Esta gama de azul produce la contradicción paradójica de la protección y el recuerdo de aquello que acecha. Otros lugares presentan una cara más amable, con camisas blancas, impecables, anunciando paraísos en el interior exentos de peligros. Jugadores de guerra preventiva, al fin y al cabo, como los demás.

Si sobre el mapa de la ciudad se marcasen de manera estrellada todos los lugares donde hay un punto estable de vigilancia, parecería que el firmamento cayó sobre la tierra. El conjunto de estrellas armadas aportadas por comercios, bancos, instituciones, viviendas, forman una constelación, la del monstruo: un oculto signo del zodiaco bajo cuya influencia han nacido todos los capitalinos. Un símbolo zodiacal, Alfonso, que al parecer acompañará inevitablemente a nuestros destinos en este lado del Atlántico.

Un fuerte abrazo y cuídate

Blas

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Ángel Blas Rodríguez /Alfonso Rubio

Cultura

El monstruo en el hueco (III)

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