Escritura Indígena

El nacimiento de la plata nueva

Un día de 1958 nació el primogénito Manibinigdiginya (Abadio Green), de la nación Kuna Tule, en el Urabá antioqueño, límite con Panamá. Se ha dedicado a reescribir la historia de las indígenas en homenaje a todas las tribus de Colombia.

Los saberes de sus abuelos, y de los abuelos de sus abuelos, se le fueron metiendo en la sangre desde que nació. Y con ellos jugó y luchó y perdió y ganó y soñó, y se fue haciendo joven, y luego hombre. Y con sus saberes rompió tizas y tableros de escuelas clásicas, occidentales, e incluso uno que otro libro, pues desde Occidente pretendían decirle qué era la vida, cómo era el mundo, cómo debía vivir, pensar, actuar, a qué dioses debía adorar, y a cuáles temer, y todo eso ya él lo había empezado a saber en su lengua y con los conocimientos de quienes hablaban su lengua.

Por sus saberes indagó en más saberes ancestrales, en los de su gente y en los de otras gentes, otras tribus indígenas, y un libro, una frase, alguna página, lo fueron llevando a otros libros, y con esos otros libros se fue despojando de algunos dogmas, y empezó a comprender que en Occidente también había conocimiento, que el conocimiento no tenía patria, o mejor, que el conocimiento era una misma patria con mil y una lenguas y con miles de millones de conocedores. A fin de cuentas, a él lo habían bautizado Manipiniktikiya sus padres de la tribu tule (kuna), y su nombre significaba “El nacimiento de la plata nueva”.

Él era y debía ser el nacimiento de la plata nueva, que era aprender otros saberes, ponerlos en contradicción, romperlos y volver a armar sus saberes. Como plata nueva, para Occidente se llamó Abadio Green, y su necesario registro civil decía que había nacido en la comarca de Kuna Yala, Panamá, el 30 de junio de 1957. Luego aumentaría, se convertiría en una hoja de vida, y unos renglones abajo señalaría que se graduó de filosofía y teología en la Universidad Bolivariana de Medellín, que hizo un magíster en etnolingüística en los Andes, de Bogotá, y que fue presidente de la Organización Indígena de Antioquia.

“Ser doctor es importante dentro de la academia, sí lo he sentido; pero cuando llego a mi pueblo, eso no es importante. Cuando llego a mi pueblo, cojo un hacha y siembro la tierra. He pensado que las generaciones que vienen, mis hijos, no pueden sufrir ante la agresividad intelectual de Occidente. Fuera del conocimiento que traen de Europa, los pueblos originarios tenemos un pensamiento, una manera de pensar, pedagogías que también vale la pena aprender”, decía a comienzos de 2017 en una entrevista para el diario El Tiempo. Green seguía siendo Manipiniktikiya, más allá de los elogios y los títulos.

Como antes, como desde niño, seguía creyendo en el poder de la palabra, porque la palabra era dignidad y resistencia. Y seguía escribiendo para dejar plasmados su vivir, su pensar, su sentir, y para no olvidar jamás ni su tierra ni sus costumbres ni sus luchas ni a sus abuelos. Lo que era pequeño para algunos, como una tinaja, era infinito para él. “Cuentan mis abuelos / que la tinaja tiene vida / que la tinaja representa / la resistencia de nuestro pueblo. Tinaja e Ipelele / son de la misma sangre / por eso el Tule bebe / esa caña fermentada hasta la saciedad / porque beber es recordar el camino de los mayores / es embriagarnos con nuestra historia”.

Él fue y siguió siendo y haciendo esa historia. “No basta reconocer al otro en aquella dimensión que nos interesa o parece correcto o urgente o parecido, en tal caso, nos estaríamos viendo y proyectando a nosotros mismos en el otro, pero no viendo el otro como alguien diferente”, escribió alguna vez. Él era el otro y el otro era él. Él era y fue por momentos la víctima de un sistema que jamás lo reconoció como pueblo independiente y autocrático, y también era y fue quien peleó por esa autonomía, por reconstruir su propio gobierno, su propia justicia, su propio modo de vivir. Era y fue protagonista, y hacedor de memoria.

Habló de la locura del dinero y de la locura del poder. Dijo que los billetes habían puesto el mundo al revés, y se indignó millares de veces porque el hombre de Occidente y el mestizo, el empresario, el gerente y sus abogados, habían empezado a buscar en las tierras que antes habían ignorado su riqueza, y que la riqueza, o lo que ellos llamaron siempre riqueza, había hecho que despreciaran el vuelo de las tijeretas y el andar de los armadillos. “Ahora ellos ven dinero: petróleo, carbón, oro, uranio, dinero. Dinero que no sirve para comer ni para ser felices, dinero para que haya más pobreza como la que viven nuestros compañeros sikuanis de Saravena. De la noche a la mañana los indios, llenos de pobreza, nos convertimos en indios llenos de ‘riqueza’. Riqueza para ellos, porque para los pueblos indígenas la explotación del petróleo es la muerte”.