"El que no inventa, no vive"

Destacada escritora de la posguerra, la española publicó novelas como ‘Los Abel’ y ‘Pequeño teatro’. Un recorrido por 88 años de vida.

La escritora Ana María Matute en 2010, durante la recepción del Premio Cervantes en Barcelona. / AFP

Érase una vez una niña que apenas sumaba diecinueve años y se la veía en la portería de una editorial cada tanto, digamos uno o dos días a la semana, merodeando con un cuaderno de portada de hule negro bajo el brazo y sus medias de colegiala, esperando algo, ansiando algo. Un empleado se fijó en ella: una chica de diecinueve años, medias de colegiala, con el aspecto aniñado, inocente. Entonces le consiguió una cita con el director de la editorial, Ignacio Agustí. Ana María Matute, la niña, había escrito dos años atrás una novela a mano en ese cuaderno que guardaba celosa bajo el brazo. La entregó; Agustí fue decente y cordial y jamás tuvo un dejo de burla o ironía frente a la niña que se presentaba en su oficina con su cuadernito y sus palabras apretadas y manuales. Dijo que pasarían la novela a máquina y la leerían.

Tiempo después, Matute, llena de una vago temor que sólo identificaría décadas después, recibió la noticia de que su libro sería publicado, de que vería sus letras impresas. Había que firmar contrato: su padre tuvo que hacerlo por ella, era apenas una niña. Una niña sí, pero no ingenua. En su casa había libros y lecturas, y durante los bombardeos de la Guerra Civil se permitía leer todo cuanto deseaba: cuentos de hadas, horrores entre paisajes frugales e idílicos, entre las explosiones que sonaban afuera y la oscuridad de su casa paterna.

La niña diría, con 84 años, durante la recepción del Premio Cervantes: “El tiempo en el que yo inventaba era un tiempo muy niño y muy frágil, en el que yo me sentía distinta: era tartamuda, más por miedo que por un defecto físico. La prueba de ello es que esa tartamudez desapareció durante los bombardeos. O así lo creo. Pero el caso es que, salvo excepciones, las niñas de aquel tiempo, mujeres recortadas, poco o nada tenían que ver conmigo. Y traigo esto a cuento para explicar (y quizá explicarme de algún modo) mi extrañeza, mi entrega total, absoluta, a esto que luego supe se llamaba literatura. Y que ha sido, y es, el faro salvador de muchas de mis tormentas”.

Las tormentas que fueron disgregándose, en caras ajenas y nervios ajenos, en libros como Los Abel (aquella novela bajo el brazo), Pequeño teatro, Olvidado rey Gudú, Los hijos muertos, Paraíso inhabitado y Primera memoria. Ella decía que no había en sus novelas nada autobiográfico, pero decía también que quien no inventa, no vive. De modo que su creación era su propia biografía: ella se inventó en párrafos. Y decía además que había creado un mundo de naturalezas y personajes que ella misma creía que existían, y que otros creyeron buscar y jamás encontrar; ese era su mundo y esa era ella, siempre y hasta el último día de su vida la niña con la novela bajo el brazo engalanada con tímidas medias de colegiala.

Era ella quien imaginaba que, en medio de la noche, salía una chispa azul de un terrón de azúcar; era ella quien le contaba las historias a su muñeco Gorogó y después las pasaba al papel; era ella quien tenía la certeza de que los hombres todos tienen miedo a la palabra felicidad y quien editaba y escribía una revista que repartía entre sus cercanos. Fue ella quien se casó, sufrió, se separó y, en una España del siglo pasado que parecía del antepasado, tuvo que ceder la custodia de su hijo. Fue ella quien dijo: “Si en algún momento tropiezan con una historia, o con alguna de las criaturas que transmiten mis libros, por favor créanselas. Créanselas porque me las he inventado”.

 

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@acayaqui

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