En el nombre de Fosse

La puesta en escena, dirigida por Ricardo Camacho, cuenta la historia de una joven que vuelve a casa de sus padres a tener un hijo.

Alejandra Guarín encarna a la madre de Érika. / Cortesía Teatro Libre
Alejandra Guarín encarna a la madre de Érika. / Cortesía Teatro Libre

El nombre. Así se llama la obra dirigida por Ricardo Camacho que se estrenó ayer en la sede centro del Teatro Libre de Bogotá. Es de un autor noruego, Jon Fosse, al que alguna vez el diario Le Monde llamó, el “Beckett del siglo XXI”. Viene de esa tradición, la de Beckett, la de Pinter, la de Chéjov, la de Ibsen. Tiene ese tinte. Con pausas, silencios y “no acción”: nada pasa, aparentemente. Lo dijo el mismo Camacho para una entrevista en la revista Artificio: “Es una obra de cámara, con sólo seis actores. Muy extraña, muy rara, donde no pasa nada. Es un problema de gente que no puede expresarse, que habla con monosílabos, pausas y puntos suspensivos, y la acción exterior es casi nula: una familia que no se comunica”.

La puesta en escena, diseñada por Pilar Caballero, es de colores neutros, claros. Tres sofás, una mesa de centro, otra mesa atrás con portarretratos familiares. Todo ubicado sobre un rectángulo en madera, que es el espacio de la sala. Lo demás es negro. Dos marcos. Uno con una puerta que lleva a una cocina —que no vemos— y otro que lleva a unas escaleras, que tampoco vemos pero que suenan. “Tienen que sonar las escaleras”, le dice Camacho a los actores cuando atraviesan ese espacio: “Siempre tienen que sonar”. Hay una ventana, también, a través de la que se ve la lluvia. Suena el viento cuando la abren. Así es ese lugar.

Cuando el espectador entra a la sala ve a una joven embarazada, sentada —casi recostada— en el sofá del medio. Tiene una taza de café en la mano y lleva mucho tiempo esperando. Es “una chica mala” aún: colores oscuros en su ropa, mallas, botas y tatuajes. Irreverente. Es evidente el contraste con el espacio que la rodea. Un muchacho llega después, compartiendo su misma estética. Desde ahí nos comenzamos a dar cuenta de la historia, que se cuenta de inmediato: una muchacha vuelve a la casa de sus padres, con su novio, y está a punto de dar a luz. No tiene dónde quedarse y tampoco tiene dinero.

Eso es lo que se conoce, luego no hay nada nuevo que se pueda saber con certeza. Lo demás se enuncia o se provoca. Están los silencios y las repeticiones que hacen que las conversaciones no fluyan, que la información no se entregue completa y que se regrese a puntos irreconciliables. El espectador tiene que estar ahí, presente, porque la obra pide constantemente que se llenen esos vacíos. Y no se llenan nunca. Esa es la idea. El objetivo, si se quiere. No hay necesidad de explicación: la clave es el silencio por el silencio, la pausa por la pausa, la interrupción por la interrupción. Sin buscar esclarecimientos superficiales. Lo que sí permiten estos recursos, sin embargo, es conocer la complejidad de los personajes que se están tratando y entender que, por lo bajo, “en una acción interior”, algo ocurre. No lo entendemos del todo, pero ocurre. Lo diría el mismo Fosse sobre su escritura: “Lo que el lenguaje dice no es más que una parte muy pequeña de lo que es (…). Y mis obras, creo, dicen de alguna manera eso: que lo más importante es imposible decirlo en el lenguaje de las palabras. Y si logro escribir bien, puedo decir lo que no es posible decir con palabras; está dicho en los silencios, las pausas, los quiebres”.

El nombre. ¿El nombre de quién? De nadie. El título tal vez haga referencia a la discusión que tienen los protagonistas sobre cómo se llamará el bebé. O, también, podría aludir al hecho de que nunca se menciona el nombre de ciertos personajes. Por lo demás, no explica nada, no amplía nada, no despeja las dudas, no crea expectativa. Como la obra misma.

Esto es algo muy distinto a lo que venía haciendo el Libre en los últimos años. “Es un cambio brutal: yo siempre intento hacer cosas diferentes a lo que se hizo anteriormente”, le dijo Ricardo Camacho unos meses atrás a la Artificio. “Me tiene aterrorizado, porque uno más o menos sabe cómo se hace Marat/Sade; en cambio, esta obra no. Puede ser un latazo, tremendamente aburrida, porque no hay acción, no se insultan, no hay muertos... no hay nada de eso. De hecho, no hay nada”. La última obra que presentó el Libre dirigida por Camacho fue Marat/Sade, de Peter Weiss, y anteriormente habían estado en temporada, dirigidas por él también, La boda de los pequeños burgueses, de Bertolt Brecht, y las cuatro adaptaciones que se hicieron de las novelas de Dostoievsky: Crimen y castigo, El idiota, Los hermanos Karamasov y Los demonios. Aunque diferentes, todas contaban con algo en común: tenían acción.

Dos cosas quedan claras con esta nueva apuesta del Teatro Libre. La primera es que continúa con la idea inicial, de la que partió, la de hacer teatro de autor. Esta vez con un escritor contemporáneo que, aunque viene de una tradición, tiene un estilo plenamente independiente. La segunda es que la escuela está funcionando como un medio para renovar al grupo profesional, cada vez con más fuerza. Se ven caras de recién egresados, ideas frescas y nuevas posibilidades. La ventana está abierta, entonces, en el Teatro Libre, para lo joven, para lo nuevo. Esto sin olvidar nunca que son los clásicos, como bien lo dice Camacho cuando se le pregunta, los mejores maestros.

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@adrianamarinu

 

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