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El nuevo color de la violencia

Presentamos un ensayo sobre cómo se ha transformado la violencia en Colombia, qué hemos hecho para dejar de convivir con ella y cuáles son las formas en las que desde un computador somos parte del problema bajo las banderas de la opinión y la inscripción a una corriente política.

Actualmente se comparten noticias falsas con mayor facilidad porque apelan a este sentido intrínseco de ali-nearnos con contenido que nos da la razón y descalifica la oposición, sin importar su procedencia.Cortesía

Es una afirmación lamentable decir que la violencia constituye una característica indeleble, e incluso decisiva, de la historia colombiana. El primer siglo de existencia de nuestro país se vio plagado de sangrientas guerras civiles entre dos fuerzas políticas que luchaban por control del territorio y las instituciones del Estado. Cuando la alternancia del poder que se estableció con el Frente Nacional logró poner relativo fin a la violencia bipartidista que venía incrementando en los años cuarenta y cincuenta, llegó para reemplazarla la oscura época que hoy conocemos como el conflicto armado. La constitución de guerrillas rurales y urbanas inspiradas por las revoluciones comunistas del mundo, la explosión del negocio del narcotráfico y su implacable modus operandi, y la creación de grupos paramilitares que nacieron, en parte, como respuesta a esta misma violencia que terminaron por recrudecer, generaron una dolorosa y dramática situación que hizo de las últimas décadas del Siglo XX un cruento suplicio para la nación.

En todas las ocasiones, la violencia in crescendo ha dado paso a una breve temporada de paz parcial (el periodo posterior a la Guerra de los Mil Días, la dictadura del General Rojas Pinilla, el Proceso de Paz), pero de alguna manera, esta siempre logra resurgir transfigurada en algo más. Si bien la segunda década del Siglo XXI ha presentado una considerable reducción en las muertes producto del conflicto armado gracias a una disminuida influencia de las fuerzas guerrilleras, paramilitares y los carteles del narcotráfico, y a una actitud más conciliadora por parte del gobierno nacional, el furor que alimenta esta violencia la ha transformado una vez más.

El haber optado siempre por una herramienta tan macabra para acabar con la oposición a los ideales es lo que ha enraizado la violencia en la mentalidad colombiana. El intento de resolver toda discrepancia a través de la aniquilación absoluta del lado opuesto ha hecho virtualmente imposible el ejercicio del diálogo y el intercambio de ideas en el país, efectivamente volviéndonos incapaces de lidiar con perspectivas distintas a la propia sin recurrir a medidas radicales y a una actitud bélica.

Este problema no se limita a temas de política, sino que se esparce a todo ámbito con un espectro de opinión. De ninguna manera busco dar a entender que todo colombiano que se cruce con alguien opuesto a sus ideales recurrirá a la violencia física, pero sí quiero decir que nuestras reacciones suelen alinearse más con el deseo de negar o borrar esta disensión a como dé lugar, que con el de siquiera reconocer la existencia de un punto de vista opuesto y respetuosamente estar en desacuerdo. Cuando hablo de una nueva manifestación de la violencia, me refiero a que, inclusive luchando por defender posiciones “pacíficas”, la gente tiende a recaer en una actitud defensiva y radical, a apegarse a discursos basados en odio y resentimiento, y a justificarse a través del ataque al opositor, trayendo a colación un ensayado listado de sus defectos y desaciertos. Básicamente terminamos por brutalizar con palabras y escondernos en un caparazón de réplicas.

El Internet y las redes sociales son el nuevo campo de batalla donde se da rienda suelta a esta barbarie. Hemos logrado convertir lo que idealmente se pensó como un lugar para conectar y compartir información, conocimiento, ideas y experiencias en un baldío inhóspito donde se vierten las más nefastas manifestaciones de odio y resentimiento. En este vórtice de discordia, la gente aprovecha el anonimato y la falta de presencia física para desenfundar con mayor sevicia todas sus críticas e insultos; se comparten noticias falsas con mayor facilidad porque apelan a este sentido intrínseco de alinearnos con contenido que nos da la razón y descalifica la oposición, sin importar su procedencia. Y aunque esta situación es una problemática global que no se limita de ninguna manera a la población colombiana, bajo nuestro contexto y complicada herencia, tiene el potencial de ser muchísimo más nociva.

Nuestra unidad nacional y nuestro ya frágil sentido de pertenencia y amor patrio son los elementos que se ven más perjudicados por este espacio de malquerencia que, en lugar de frenar, potencia la inercia del odio, e incentiva la polarización. Seguramente leyendo este texto a muchos se le habrán venido a la cabeza las fallas “inadmisibles” de la oposición que suelen atacar, antes que aquellas propias a las que acostumbran replicar con vehemencia; y muchos me habrán tildado ya de apologético, o peor aún: de tibio. Porque para el colombiano belicoso, intransigente y drástico no hay nada peor que eso. No hay mayor sinónimo de una falta de carácter, de debilidad y de idiotez que una mente abierta, porque generación tras generación se ha encargado de convencerse que la razón la tiene el que menos oye y más duro habla, y que el silencio de la oposición es la victoria.

Me alegra más que a cualquiera saber que en Colombia puede haber menos muertos, tanto como me aterra la posibilidad de que haya más. Apoyo la paz para nuestro pueblo de manera incondicional, pero me preocupa ver que la guerra sigue corriendo por nuestras venas en el día a día al seguir resistiéndonos al debate y a dialogar. A muchos puede parecerles que necesitamos que la gente defienda con pasión sus ideales y luche fuertemente contra la injusticia en lugar de buscar puntos medios y apaciguar. Yo por mi lado, creo que a un país que no ha hecho sino matarse por más de doscientos años, le hace más bien falta.

 

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