En el oriente sale el sol

Crónica sobre la vida de William Usuriaga, un empresario de restaurantes que imparte charlas de emprendimiento para estudiantes de escuelas en la zona donde nació.

William Usuriaga en el puesto de jugos y ensaladas de frutas de su padre, Jesús Marino Usuriaga. / Claudia Rocha

Jesús Marino Usuriaga, oriundo de Guachené, una población en el norte del Cauca, y Esperanza Díaz, del corregimiento de Robles, en el sur del municipio de Jamundí, se trataron por primera vez en una fiesta de negros. Un año después, construyeron una casa en esterillas de guadua en un terreno cenagoso atravesado por caños portadores de aguas negras venidas de la ciudad. Un lugar al oriente de Cali, refugio entre 1950 y 1970 de centenares de pobladores afrocolombianos y mestizos provenientes de Chocó, Nariño, Valle, Cauca y Tolima.

Una tierra sin ley en donde las calles permanecían atestadas de juventudes sin futuro. Las alternativas de ingresos para las mujeres eran empleos de servidoras domésticas, meseras, empacadoras y vendedoras en almacenes de ropa y calzado. Otras pocas con mayor nivel educativo encontraban vacante como profesoras en colegios parroquiales. Algunas solo tenían el camino de la prostitución.

Esperanza tuvo la suerte de trabajar en casa de una familia de clase alta donde siempre recibió buen trato.

La mayoría de los hombres se dedicaban a la venta de frutas y verduras de forma ambulante en el centro y barrios populares de la “otra ciudad”, o estacionaban sus puestos alrededor de las galerías. Jesús Marino no se quedó atrás. Montó una venta de jugos y ensalada de frutas en la intersección de la calle cuarta con novena, pleno corazón de Cali, llamada “El Borojó de Usuriaga”, donde todavía permanece.

Fue el primero en ofrecer mezclas de jugos de distintos néctares. Comerciante, rumbero, le gustaban los juegos de azar, creyendo que de esta forma podía cambiar su condición económica. Cada vez que ganaba con las apuestas, compraba carne de res para festejar. El bistec ofrendado continúa perenne en la memoria gustativa de sus hijos.

William, el mayor de los descendientes de Jesús Marino, se convirtió junto a su madre Esperanza en un aliado de la refresquería. Sin embargo, molesto por los desacuerdos familiares, con dos mil pesos en el bolsillo, instaló la competencia diagonal a la chaza de su padre.

De muchas formas buscó el dinero necesario para la inversión. Bancos, amigos, familia, no lo respaldaron. Finalmente recurrió a los “gota a gota” o aquellas personas que prestan plata cobrada día a día con intereses. Los pagó puntualmente con el fin de no tener que soportar la conduerma de despiadados recaudadores.

Aguablanca, ese distrito por donde sale el sol, de cuarteles pandilleros juveniles que durante años sembraron el pavor en las calles de Cali, fue testigo de las puerilidades de William. Uno joven que, a pesar de experimentar en el “rebusque ilícito”, se graduó de administrador de empresas en la Universidad Santiago de Cali.

El asesinato vil de tres de sus amigos en la esquina donde a diario se reunían a escuchar música y adular a cuanta muchacha nalgona y tetona pasara por el frente, le hizo pensar sobre lo que sería de su vida. A los diecisiete años se mudó del barrio Los Comuneros al de su abuela. Uno menos peligroso, habitado por gente con más proyecciones.

Humilde, generoso, vanidoso, apasionado, justo, aprendió a cocinar en un puesto de comidas frente a la galería La Alameda, sin conocer platos tradicionales de sus ancestros. En su casa, los ingresos no alcanzaban para comprar coco, pescados, mariscos, hierbas de azotea, animales de monte ahumados, ingredientes básicos de la comida afro del Pacífico. Lo alimentaron a base de frijoles, lentejas y arroz.

“Oficinas de cobro” o microextorsionistas lo asaltaron cuando su negocio comenzó a florecer. Hoy Wills, después de varias “estortilladas” como dice, es un empresario de restaurantes en asocio con sus hermanos. Imparte charlas de emprendimiento para estudiantes de escuelas en la zona donde nació.

A William Usuriaga Díaz lo conocí una tarde de brisa fresca perfumada de aromas pachangueros. Me lo presentó mi buen amigo Carlos Yanguas en el momento en que sus enormes y hechiceras manos azabaches se extendían para ofrecer degustaciones de arroz atollao con toyo ahumado a los transeúntes de una feria gastronómica.

“Changuas”, como llamaba a Yanguas en tono mordaz el escocés venido a Colombia con la misión de revalidar nuestra cocina local, Kendon Macdonald, se acercó a darme un bocado. Sus gestos expresaban sorpresa. “¡Este es el mejor atollao de toyo que he comido!”, me dijo metiendo un pedazo en mi boca.

Siempre he compartido con Carlos buenos convites.

Mis ojos buscaron a Wills. Tenía la certeza de que me estaba observando. Ese fue el momento en que sucedió nuestro “empauto”. Ambos nos hicimos cómplices sin presumir las razones del ensalmo.

Su restaurante, Las Delicias del Wills, lleva diecisiete años es un hermoso local renovado a pocos pasos del Teatro Municipal, en el barrio histórico y cultural. La primera vez que lo visité, comí sancocho de pescado, langostinos en salsa de jaiba y una deliciosa empanada de piangua, que elevaron mi paladar hasta las puertas de la sucursal del cielo.

Cada vez que regrese a Capital de la Salsa, será un sacrilegio no ir a saborear su glorioso atollao.

 

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