El otro Holocausto

Gitanos, homosexuales y personas de origen africano fueron perseguidos por los nazis y encerrados en campos de concentración. El número exacto de muertos es desconocido, aunque se calcula en millones.

Un grupo de personas es trasladado en el ghetto de Varsovia, donde también fueron recluidos numerosos gitanos, en 1943.

No sólo los judíos fueron perseguidos de manera sistemática por el régimen nazi. Los campos de concentración albergaron, desde su creación en 1933 —justo cuando Hitler es nombrado canciller de Alemania y toma el poder con todo su partido—, a personas de origen africano, gitanos y homosexuales. Además de estos tres grupos sociales, los nazis prestaron singular y violenta atención a sus opositores políticos, a los pueblos eslavos y orientales y a los enfermos y las personas en condición de discapacidad. En últimas, todo aquello que produjera una deformación de la raza aria y pura, todo aquello que produjera la degeneración de la raza alemana en sentido político, moral o racial, era tomado como enemigo y debía ser eliminado.

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En el caso de los africanos, el rechazo venía de más atrás. Cuando Alemania tenía colonias, por ejemplo, en la actual Namibia, ocurrieron miles de deportaciones a campos de concentración —por ese entonces, a principios del siglo XX, ya los alemanes habían creado estos campos—, ejecuciones y encarcelamientos por la mera razón de su color de piel. El número de muertos es desconocido: para Europa, África era un mundo desconocido. En breve, un mundo inexistente. Alemania fue el gran perdedor de la Primera guerra mundial, y el Tratado de Versalles, que lo privó de estas colonias, dejó al país en la quiebra moral y económica. Las tropas coloniales francesas, con el poder que les otorgó el tratado, ingresaron a Renania —las tierras que rodean el Rin—. Ese ingreso significó, entre otras cosas, el establecimiento de argelinos y marroquíes dentro de Alemania: tuvieron hijos con mujeres alemanas, que fueron denominados por los Nazis como los bastardos de Renania.

Estos “bastardos”, con el paso del tiempo, tendrían los mismos derechos que los alemanes blancos. Podrían entrar al servicio militar, a cargos públicos, tener los mismos derechos de tránsito y movilización entre África y Alemania. En el período de entreguerras, esa generación creció y se reprodujo sin advertir que, detrás de la escena, el movimiento nazi crecía gracias a golpes anárquicos y a la terquedad de su líder mayor, Adolf Hitler. Entonces, tras el ascenso del partido nazi, llegó el golpe mayor: en 1935, fueron establecidas las leyes de Nuremberg que dejaron a los alemanes de origen africano —y a los judíos y a los gitanos— sin nacionalidad y les prohibieron la unión matrimonial con alemanes de raza blanca. Una suerte de anticipación al apartheid. Los hijos de aquellas relaciones en Renania, de repente, se convirtieron en apátridas. Seres sin derechos. Con ellos se podía hacer, entonces, cualquier cosa.

Y eso fue todo cuanto hicieron, en efecto, las unidades de apoyo del nazismo. Las cifras no son certeras. Pudieron ser 10.000, pudieron ser 200.000, pudo ser un millón. El número de negros llevados a campos de concentración es incierto; de cualquier modo, hubo cientos de casos registrados. Los de origen afro eran separados de los blancos, humillados en público. Los así llamados bastardos fueron esterilizados con su consentimiento: un consentimiento obtenido con una pistola en la cabeza de los padres. En Alemania, en aquella época, había entre 20.000 y 25.000 personas de origen africano. En el campo de batalla, capturaban a las tropas francesas —muchas de ellas conformadas por individuos de origen africano—, los hacían correr por el campo y hacían correr, también, las balas de las ametralladoras. Con igual ahínco eran atacados y torturados los estadounidenses de origen africano. “Mal alimentados con un tazón de mala sopa y un trozo de pan duro cada día —escribe Serge Bilé en Negros en los campos nazis—, sufriendo malos tratos de todo tipo que iban desde palizas hasta el ahorcamiento, los deportados dormían en viejos campamentos de barracas de madera, sobre simples armazones de cama superpuestos cuando no era simplemente sobre el suelo. Doscientas o trescientas personas podían así pudrirse en una habitación de ciento veinte metros cuadrados”.

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En los campos de concentración de Dachau, Buchenwald, Auschwitz, Ravensbrück, Drancy, Terezín y otros tantos que los nazis levantaron en Europa, también estuvieron los gitanos. Las razones eran simples: como nómadas, los gitanos no podían traer sino desgracia y corrupción en la sangre por haberse combinado con otras razas. Eran de origen ario, pero su vagar les había alejado de toda pureza. La persecución de este pueblo, como suele suceder, no fue sólo una cuestión de propósito. Desde principios del siglo pasado, los gitanos eran rechazados en varias zonas de Europa por prejuicios. Se vivía entonces la era de la industrialización y la producción en masa; los gitanos, en cambio, eran en su mayoría artesanos y orfebres de muy menor escalas. No se ajustaron a las lógicas de la nueva Europa. Antes de la era nazi, en la República de Weimar (Alemania) se crearon instituciones dedicadas al rastreo de los gitanos. Se los identificaba con tarjetas especiales y se los vigilaba de manera constante. No podían entrar a piscinas ni a parques, y en general los lugares públicos les eran vedados. Una ley específica, dedicada a los “gitanos, vagos y perezosos”, indicaba que no podían viajar por el país, que ya ningún gitano podría entrar y que aquellos que se quedaran deberían ser cautos.

Con las leyes de Nuremberg, perdieron la nacionalidad y desde 1936 comenzaron a ser trasladados a campos de concentración. No podían casarse con alemanes ni votar en ninguna suerte de elección. Entre 500.000 y un millón y medio fallecieron en condiciones paupérrimas, ejecutados o hambrientos. Los científicos de entonces habían determinado que los gitanos eran de origen ario y, por lo tanto, eran parte del pueblo alemán. Sin embargo, el partido nazi consideraba que su condición de nómadas le restaba pureza a su raza. Por eso, uno de los comandantes nazis propuso que fueran salvados sólo los de sangre pura. Heinrich Himmler, mano derecha de Hitler, propuso una solución más radical: crear una “reserva remota” —un ghetto— y llevarlos allí a todos. “La serie de medidas que debe tomar el Estado —dijo Himmler— para defender la homogeneidad y a la nación alemana debe comenzar por la separación física de la gitanería de la nación alemana, la prevención del mestizaje, y por último la regulación de la vida de quienes tienen parte de herencia gitana y de los sangre pura”.

Más de 15.000 gitanos fueron deportados desde Rusia y Francia a los campos de concentración. En 1942, Himmler dio la orden de llevarlos a Auschwitz, donde miles de ellos fallecieron. Sólo en Francia, cerca de 18.000 fueron ejecutados. Casi el 50% de los gitanos que vivían en Rumania —cerca de 11.000— fueron asesinados. Entre 28.000 y 30.000 fueron deportados desde Hungría, también bajo el poder nazi. 90.000 más fallecieron en Yugoslavia. Los números siguen: 8.200 en Austria, 500 en Bélgica, 15.000 en Alemania, 35.000 en Holanda, 10.000 en Eslovaquia, 35.000 en Polonia (donde fueron incluso apartados dentro del ghetto de Varsovia). Josef Mengele, uno de los médicos del ejército nazi y quien realizaba numerosos experimentos con el objeto de “mejorar la raza”, tuvo a dos niños gitanos en su poder. Los cosió, espalda con espalda, para crear una suerte de siameses. Los devolvió a su celda. Sus padres, al verlos sufrir, consiguieron un poco de morfina y los mataron.

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En la Maassentrasse 7, en Berlín, está el Café Berio. El local, con un amplio comedor sobre la calle, es atendido por homosexuales y está ubicado justo en el corazón de Schöneberg, un distrito conocido por su actividad gay alrededor de Nollendorfplatz. El café luce una bandera gay en la cornisa y hoy, cuando Berlín recuerda la época nazi como un sueño pervertido y las placas de enviados a los campos de concentración se multiplican en las aceras, familias con niños en brazos van allí y beben mientras observan a los viandantes, leen el diario. A comienzos de los años 30, la perspectiva era por completo opuesta: el club Eldorado, reconocido como un centro de reunión gay de esta zona, fue cerrado por el régimen nazi. No era sólo una advertencia sino uno de los primeros pasos en una extensa persecución a la población homosexual de Alemania, por una razón que ya parece lugar común: las relaciones entre hombres eran la semilla de la degeneración moral de la raza aria.

La Gestapo, la policía secreta alemana, enlistaba a aquellos sospechosos de actividad homosexual. Revistas y diarios de esa comunidad fueron clausurados. En 1936, Himmler creó una oficina dedicada a combatir el aborto y la homosexualidad. Un homosexual era capturado, no se le realizaba ningún juicio. Si era liberado, era muy posible que fuera enviado después a un campo de concentración porque podría recaer en sus “actividades inmorales”. Sus actos eran visto como parte de la decadencia que los nazis pretendían combatir: una decadencia económica, moral y racial. Los homosexuales eran inútiles para todos los objetivos de los nazis. El objetivo era llenar los campos, y en ocasiones las unidades nazis catalogaban como homosexuales a opositores políticos. En la solapa de sus camisas, como hicieron con la estrella de David a los judíos, les ponían una bandera rosada. Era necesario identificar la carne de cañón.

Entre hombres era imposible, por supuesto, la reproducción, de modo que así fuera ario, un homosexual no podía contribuir a la ampliación de la raza. Eran llevados, como otros grupos, a los campos de concentración. Tenían una opción para reducir o tal vez purgar su pena: la castración. Como el centro de la tentación era el órgano mismo —eso pensaba la ciencia nazi—, su eliminación era la solución más práctica. En los campos eran apartados del resto del grupo, pues su orientación sexual era considerada una enfermedad. No se permitía, entonces, el contagio. Había otra opción para salvarse: si era homosexual y no tenía pareja, podía ingresar a las filas nazis y comprometerse a cambiar su mentalidad. El compromiso, en ocasiones, pasaba por la experimentación médica: si era una enfermedad, entonces podía ser curada. Cientos fueron mutilados, enfermaron en el proceso y fallecieron. Muchos fueron encarcelados por una mera sospecha —la sospecha es prueba fiel en toda dictadura— y obligados a trabajar más duro que el resto para ser convertidos, así, en hombres. Entre 5.000 y 10.000 terminaron en los campos. No existen cifras de muertos.