El palacio de flores y fuego

Jade abrió sus ojos, retiró el cabello de su cara y pasó sus manos por sus senos. Supo de inmediato que no tenía ni idea de dónde estaba ni por qué estaba allí, así que era una mañana igual que las demás; el dolor de cabeza acompañándola, tan intacto y puntual como siempre.

Gova
Gova
…Ella quiso saberlo todo de mí,
Pero no hubo palabras...
Jade abrió sus ojos, retiró el cabello de su cara y pasó sus manos por sus senos. Supo de inmediato que no tenía ni idea de dónde estaba ni por qué estaba allí, así que era una mañana igual que las demás; el dolor de cabeza acompañándola, tan intacto y puntual como siempre. Nada había cambiado aún, la sensación de estar completamente extraviada en la vida seguía presente, y aquello que le era ajeno, también le era íntimo y, de forma extraña, acogedor.
 
Salió de la habitación y empezó a caminar. Se dio cuenta de que estaba en un palacio hecho de flores, las más hermosas que pudiera haber visto en toda su vida. Reconoció algunas de ellas, las que le habían sido obsequiadas en sus mejores días. Y lo que más le gustó fue que todas las flores parecían eternas, cada una de ellas lucía como si jamás fueran a marchitarse, jamás perderían su divinidad, jamás permitirían ser deshojadas, lo que despertó su envidia, ya que ella era una florecita marchita que había permitido eso con su cuerpo y sus sentimientos. El sol irradiaba calidez y alegría por todo el lugar, hacía fotosíntesis en cada rincón de su exquisita piel. Miró al cielo con una sonrisa infantil y no encontró ni una sola nube, todo era azul, todo era luz, todo era perfume floral. Pensó que quizás el palacio estaba construido sobre una nube, una nube con forma de oveja posada en lo alto de la inmensidad del mar.
 
Siguió caminando hasta llegar al jardín y quedó maravillada al ver una estatua de Kali, su madre. Contempló estupefacta todas las joyas que adornaban su celestial figura y luego entendió de dónde había heredado esa implacable belleza que era parte de los ingredientes de su propia receta, de un perfecto desastre. Se sentó a conversar con ella, le preguntó si la muerte era el sentido de la vida o si la vida era el sentido de la muerte, si la muerte era lo mismo que el final despiadado del amor, si la muerte era el fin o tan solo el inicio. También le dijo que tenía el corazón roto y que tal vez ese era el primer síntoma de la muerte o de la vida. Se quedó un rato mirando los ojos de su madre y pensó que probablemente ella había vivido lo mismo en algún punto de su vida, por eso ahora era fuerte y soportaba su vida, y todo lo que allí se escondía, con más ímpetu que nunca. Después se levantó y le dio un beso en la mejilla, tomó el collar de jade con forma de calavera que colgaba en su cuello. Lo puso en el suyo y le agradeció a su madre por su trabajo; gracias a ella los humanos tendrían que aprender a adorar la vida antes que a la muerte. También comprendió que destruir es un paso ineludible para crear. Es un ciclo, la metamorfosis incesante de nuestra existencia. Es por ello que cuando nos destruyen por dentro, algo también allí germina, aunque no sepamos con claridad qué es.
 
Se despidió de su madre y escuchó el sonido del agua proveniente de una fuente. Se acercó con el fin de ver su rostro reflejado en el agua, mas solo vio trozos de cartas y fotografías, botellas vacías y colillas de cigarrillos. Al estar ahí, percibió un olor nauseabundo que penetraba sus vísceras. Observó detenidamente y notó que en el fondo del agua verdosa se encontraban dos cabezas con marcas de besos hechos con labial negro, estaban siendo devoradas por gusanos. Aguantó las ganas de vomitar e introdujo sus manitos en la fuente. Al sacarlas, tenía en su mano derecha la cabeza de Lobo, en la izquierda, su propia cabeza. Arrojó su cabeza de nuevo a la fuente y miró la cabeza de Lobo. Admiró sus ojos, sus labios, la barba que tanto le gustaba, el tatuaje de una pequeña catrina que tenía detrás de su oreja izquierda. Aún estaba perdidamente enamorada de él. Sin pensarlo dos veces lo besó igual que la primera vez y le dijo: —tengo los sesos deliberadamente perturbados por tus falsas palabras —. Lanzó con rabia la cabeza de Lobo a la fuente con la esperanza de que así pudiese estar junto a la suya por toda la eternidad, o por toda la fugacidad que el amor implica. Metió la mano en su bolsillo y halló un par de billetes arrugados. Entonces decidió salir de aquel lugar en busca de una cerveza negra y helada, no sin antes prenderle fuego a todo el palacio para no volver a toparse con él otra mañana incierta y secreta, porque cada encuentro canino le dejaba una marca imborrable en lo profundo de su alma, en la levedad de su ser.
 
…Y le dije buena suerte y hasta luego,
Y nunca más la volveré a ver, o tal vez sea en algún tiempo.